Editorial No 102: La paz con la naturaleza o el fin del capitalismo

Portada: «Afecto del niño por el mundo» – Ida Ratna Ningrum

El ruido mediático, esta vez en la misma dirección del ruido del gobierno, frente a la Cop 16, que se acaba de realizar en Cali no puede llevarnos a desconocer lo evidente: que no existe voluntad política por parte de los poderosos para enfrentar un fenómeno como el del cambio climático y la crisis ambiental que pone en riesgo la existencia en el futuro inmediato no solo de la vida humana sino la de un sinnúmero de especies. Que los medios y el gobierno insistan en que en dicho encuentro se alcanzaron acuerdos históricos, no puede cegarnos los ojos ante la cruel realidad: que esta cumbre fue un fracaso en lo fundamental, el compromiso para revertir decididamente la crisis, igual que fracasaron las anteriores y fracasarán las futuras, mientras no se den cambios estructurales en las dirigencias de los países, producidos por un empoderamiento contundente de los pueblos, que tomen en sus manos su propio destino.

Entre los logros históricos que destacan el gobierno y los medios está, entre otros, el mayor protagonismo de las comunidades nativas (por ejemplo, afros e indígenas) en la protección de la biodiversidad en sus territorios. Pero este protagonismo lo han tenido históricamente dichas comunidades en sus prácticas culturales y productivas, sin necesidad de que lo dictaminen los acuerdos de una cumbre de esta talla. Si de lo que se trata es de garantizar los recursos financieros para que dichas comunidades puedan ejercer una acción efectiva de protección del territorio y reversión de la crisis climática, es claro que en este aspecto la Cop 16 ha sido un profundo fracaso.

En ese sentido, resaltan los medios un acuerdo que, supuestamente, es el legado de la ministra colombiana del Medio Ambiente, Susana Muhamad: el fondo Cali. Este es un mecanismo que intenta que las empresas que se benefician con la “riqueza genética” de animales y plantas, devuelvan una parte de sus beneficios a las comunidades de origen para que estas puedan asumir con eficacia la protección de sus territorios; se trataría de un 1% de los beneficios de la empresa o el 0.2% de las ventas, que se destinarían prioritariamente (50%) a comunidades indígenas y comunidades locales.

De entrada, este parece un mecanismo paradójico, que reconoce el derecho de las multinacionales a explotar los recursos genéticos de los territorios y compensarlo luego con una especie de subsidio. Pero lo peor del asunto es que, según el acuerdo, los aportes de las empresas a los países de donde explotan el potencial genético no es obligatorio, sino voluntario. Por lo demás, las negociaciones para acordar un fondo más amplio que garantice el cumplimiento de los objetivos de protección y restauración del medio ambiente fueron suspendidas por falta de consensos, sobre todo del lado de los países desarrollados, principales responsables de la crisis.

Como si fuera poco, la propuesta del presidente Gustavo Petro para intercambiar deuda externa por servicios ambientales ni siquiera tuvo su oportunidad. Esta buscaba que los países desarrollados, que han impulsado a nivel mundial una estructura económica que condena a los países pobres a fincar su desarrollo en la explotación desmedida, para la exportación, de sus recursos naturales, compensaran en algo el daño aflojando la tenaza de la deuda para que estos países “subdesarrollados” puedan destinar más recursos a superar la inequidad social y económica en sus territorios y disminuir así la ampliación de las fronteras agrícolas (y cocaleras) a costa de la biodiversidad y el clima. Eso muestra claramente que el compromiso de dichos países con el propósito de revertir el cambio climático y proteger la biodiversidad, de lo que no se sienten responsables, es pura farsa.

Aunque suene muy fuerte, puede decirse que la Cumbre por la Diversidad y el Cambio Climático fue una farsa, o a lo sumo una puesta en escena, como han sido farsas las anteriores cumbres. Nadie medianamente sobrio podría poner serias esperanzas en los resultados de este encuentro que se ha convertido en un ritual recurrente organizado por la ONU, a donde llegan dirigentes muy importantes con discursos muy elocuentes y sin voluntad política para abordar estrategias contundentes contra la crisis. Entre otras cosas, este es otro de los escenarios en donde se evidencia la decadencia e inutilidad de ese órgano de papel que es la ONU, erigido supuestamente para garantizar la paz en el mundo, pero controlado por aquellos que viven de la guerra.

La paz con la naturaleza, que era el propósito de esta cumbre climática y las anteriores, no es posible sin la paz entre los seres humanos, porque la dominación de la naturaleza a manos de los hombres no es más que la otra cara de la dominación del hombre sobre el hombre. De hecho, es el dominio del hombre sobre la naturaleza el que le permite dominar a otros hombres y este es realmente el propósito. Por lo demás, la devastación de la naturaleza, exacerbada por el capitalismo, responde a la misma lógica que impera en la explotación del trabajo: trabajo y naturaleza son solamente fuentes de acumulación de capital (que no es lo mismo que riqueza) y, por tanto, convertidos en mercancías.

Los acuerdos que se intentó negociar en la Cop 16 siguen concibiendo a la naturaleza como recursos al servicio de los seres humanos y, por tanto, como mercancías; por eso parece tan natural el lenguaje que pretende vender servicios ambientales o recibir compensación por las actividades que se realizan en pro de la conservación de la biodiversidad. Al mismo tiempo, estas cumbres han tratado los problemas del cambio climático como si fueran independientes de las estructuras sociales y económicas que se sustentan en la dominación y explotación de unos grupos sociales sobre otros y de unos pueblos poderosos sobre otros a los que han reducido a la impotencia. Por eso a la cumbre le fue indiferente problemas como la guerra de Israel contra el pueblo de Gaza y el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba, Venezuela y otros tantos países. Si esta guerra, justificada en términos raciales y religiosos a veces, y estos bloqueos, justificados en divergencias políticas, no se integran en el análisis de la lucha por la biodiversidad, dicho término de biodiversidad termina siendo vacío e instrumental.

No puede esperarse que de cumbres que aíslan el problema ambiental de los problemas estructurales en la dimensión social y económica salgan soluciones reales. El principal enemigo contra la naturaleza es el hombre mismo. Pero no el hombre en general sino el individuo formado por la lógica capitalista; no puede ser de este individuo de donde provenga una relación distinta con la naturaleza. Por tanto, la superación de la crisis climática demanda la transformación de las estructuras sociales y subjetivas en las que se sustenta la lógica de la dominación y el propósito del enriquecimiento particular. De ahí que podamos decir que el futuro de la humanidad depende del éxito de las luchas populares emprendidas por los diversos sectores sociales oprimidos y explotados dentro de sus propios territorios, en su capacidad de articulación global y en su eficacia para transformar las estructuras sociales y económicas, mientras al mismo tiempo se transforman a sí mismos como como sujetos colectivos e individuales, que empiezan a encarnar una lógica centrada en la vida digna y diversa y el derecho a la existencia digna de lo radicalmente Otro, la naturaleza.

Contraportada: «Juanito Laguna» – Antonio Berni

2 comentarios en “Editorial No 102: La paz con la naturaleza o el fin del capitalismo

  1. Aquí en Cali el evento parecía una feria o una fiesta , y asi lo asilaron muchos. Lo del medio ambiente . la biodiversidad mas parecía temática de moda, sin subestimar a personas, grupos u organizaciones consientes y activos. Pero si al fondo vamos, eso de hablar de servicios ambientales, ya nos coloca en la concepción mercantil del medio ambiente. Oh, que lamentable eso de intercambiar deuda externa por servicios ambientales. Entonces en que estamos? de cual cambio hablamos?

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