Recuperación de la memoria, reconocimiento de la dignidad

Por Álvaro Lopera

Ofrenda
Foto: Álvaro Lopera

El sábado 23 de abril, día del idioma, la Asociación de Víctimas del Nordeste Antioqueño (ASOVISNA) conmemoró en la Casa de la Memoria de Medellín los  hechos violentos ocurridos en el Nordeste, concretamente en los municipios de Amalfi, Segovia, Remedios, y la región del Nus, en el municipio de San Roque, desde hace más de 30 años. Se recordó que el 22 de abril de 1996, en la región de Tigrito-Segovia, se dio una de tantas masacres: fueron asesinados 14 pobladores, estudiantes y mineros, tres de ellos menores de edad; hubo también 12 heridos y 2 desaparecidos. Otra masacre que se sumaba a la larga cadena de asesinatos que en la década de los años 70 ya empezaba a despuntar, y que después fue continuada con el paramilitarismo, encabezado por los hermanos Fidel y Carlos Castaño, oriundos de dicha región. Además, en 1997 exterminaron a los integrantes del Comité de Derechos Humanos de Segovia.

Ante el collage de nombres, fotos y arco iris de flores que estaba en la entrada del auditorio, la profesora Dilia Ortiz afirmaba, muy lacónicamente, que en este solo había 60 nombres, pero que eran muchos más. Adentro se contó la historia no oficial de las víctimas, se narró la forma como los victimarios se apoyaron en los cuerpos armados del país, Ejército y Policía, para cometer sus fechorías. Cómo estos cuerpos armados, supuestos protectores de la población, habían sido ángeles guardianes de los asesinos.

Cartel conmemoración víctimas nordesteTambién se contó cómo eran perseguidos los activistas y organizadores de grupos de derechos humanos de la región del Nordeste, y de la impunidad reinante hasta el día de hoy. Sin dejar de denunciar que la región sigue siendo azotada por el vendaval de la violencia que aún sostienen sin parar los neoparamilitares, rebautizados por el régimen como Bacrim.

La sala, con la presencia casi sola de las víctimas, mostraba, a decir del cantautor Leonardo Rúa, la ausencia de memoria: “la poca concurrencia muestra a las claras la escasa memoria histórica en nuestro país”, fueron sus palabras antes de entonar las canciones en homenaje a las víctimas que para los registros oficiales son apenas estadísticas.

La conmemoración hizo gala de una gran sencillez, tal como lo son las víctimas campesinas y mineras. Se celebró una eucaristía distinta, pues en el altar de los mártires hubo pan, vino, agua, y compañeras que dejaron en este su dolor innumerable y sus invocaciones a la paz, justicia, reparación y garantías de no repetición.

El cura Ancízar Cadavid, “sacerdote de la periferia, y en la periferia de las religiones”, como él se identifica, integrante de la Mesa Ecuménica Nacional, gran conocedor de las desventuras de nuestros campesinos, y representante nato de la Teología de la Liberación, llamó a la comunión de intereses de todo el pueblo y a seguir la huella del padre Camilo Torres -ojalá acercándonos al ideario del Frente Unido-, y se declaró enemigo acérrimo de esa otra iglesia que cobra aún por las misas, la misma que se llenó de riquezas y de enemistades con el verdadero “pueblo de Dios”. Se refirió a la memoria desde la misma religión, pues “lo único que les dijo Cristo a sus seguidores era que no olvidaran por qué moría, y quién lo asesinaba”. Recordó que el pan eucarístico es de todos, y que la misa de Jesús era subversiva en tanto llamaba a la comunión y a no olvidar su mensaje de libertad, y a preservar la memoria.

En el altar se hizo presente un anciano del grupo de víctimas y lanzó al aire esta ofrenda u oración contra el olvido: “Bateas y herramientas de trabajo. Hoy sos obrero, campesino y trabajador que caminas entre nosotros, que nos acompañas desde la mañana hasta el caer de la tarde en nuestras tierras buscando el sustento para nuestros hogares. Ayúdanos a rebelarnos contra el dominio explotador e interesado. Te  pedimos que no nos dejes caer en la tentación de resignarnos y que nos sigas dando la fuerza para combatir todo gesto de esclavitud y vulneración”.

De parte de Reiniciar Antioquia, la compañera se pronunció así: “Hago presencia del pan y el vino. Presentamos en la mesa de la unidad y la inclusión este pan que es alimento, del que muchos no son partícipes por la inequidad y la desigualdad. Este vino que simboliza la sangre derramada por nuestras víctimas en la lucha incansable por la igualdad. De igual manera ponemos en estas ofrendas a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que hacen comunión con Jesús en la búsqueda de la paz”.

Al final del acto, tras dos horas de hablar, lagrimear y denunciar tantos atropellos, se presentaron los artistas del pueblo, Norberto Vélez, recalcando que estamos en el país del Ubérrimo, el innombrable, el que todo lo copa en nuestro país; el grupo de teatro Arlequín y los Juglares, infaltable en este tipo de eventos en donde la Memoria es el actor principal, y, por último, la poeta amalfitana Beatriz Ibarbo, quien recitó no solo letras de su autoría, sino también las del poeta nuestro-americano, César Vallejo. “La Masa” fue el poema, en donde el cadáver, después de muchos ruegos de sus hermanos, decidió levantarse y caminar.

Arlequín en acciónQuedaron pues en el recinto esas innumerables palabras derramadas desde lo más profundo del dolor de las víctimas de nuestro país. A la salida de La Casa, doña Carmelina Zapata, con los ojos aún enrojecidos, y con la mirada más profunda que he visto en mi vida, me reiteró, después de mi ingenua pregunta que buscaba encontrar una historia ya pasada por los años: “no señor, no solo me mataron hace muchos años a mi esposo, dos hijos, mi nuera y mi nieto, sino que hace 7 meses me mataron, en Segovia, al penúltimo de mis hijos. Ahora vivo con el último de mis críos, en Bello”. Al despedirse entendí que el dolor era su caparazón y la razón de su mirada inquietante.

Salimos a la luz de ese parque Bicentenario, en donde se halla La Casa de la Memoria, que se hizo, a su vez, con el dolor de otras víctimas del desplazamiento urbano: las del barrio La Toma, sacadas a sangre y fuego por el ESMAD, en años anteriores, pues necesitaban sus viejas casas de habitación para darle paso a la modernidad urbana.

Luz y sombra de un país que sigue ocultando la verdadera razón de los grandes desplazamientos y masacres que se han dado y se seguirán dando por la necesidad del sistema económico y político imperante aun en este siglo XXI.

Las víctimas salieron de la Casa de la Memoria, pero la verdad aún no sale a la palestra de la historia.

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