Huracanes y neonazis en Estados Unidos

Por Renán Vega Cantor

Ondear símbolos nazis es un derecho amparado por la Primera Enmienda de la Constitución de EE.UU. Foto: Getty Images

El 25 y 26 de septiembre, un huracán de categoría 4 al que los meteorólogos bautizaron con el nombre de Helene, arrasó varios Estados de la Unión Americana. Los estragos se vivieron principalmente en Carolina del Norte, y tuvo efectos materiales en otros 15 estados, dejando a su paso 227 muertos, 600 desaparecidos, miles de damnificados y a dos millones de personas sin electricidad. Destruyó infraestructura urbana, autopistas y automóviles. Unos días después, otro Huracán, al que le pusieron el nombre de Milton, llegó a la Florida, causando 16 muertos y mucha destrucción.

Estos huracanes tienen el sello del caos climático que ha generado el capitalismo fósil y son resultado directo del aumento de las temperaturas a nivel planetario, pero especialmente del incremento de la temperatura de la superficie del mar por encima de los 26 °C. En los últimos años, se han registrado aumentos en la temperatura del mar Caribe, en el Golfo de México, por encima de 3°C. Peor aún, la franja en donde se generan los huracanes, que cubre el Atlántico tropical desde América Central hasta África, ha experimentado un aumento de la temperatura marina por encima de 5°C. Debe tenerse en cuenta que la energía de un huracán la proporciona el calor superficial del océano, junto con un aire cargado de humedad y calor. A medida que aumenta la temperatura, se incrementa la energía que alimenta los huracanes. Y lo que eleva la temperatura del mar y del planeta, es el uso de combustibles fósiles, quemado en autos, aviones, para la construcción de grandes edificios y avenidas, para las guerras y la digitalización de la sociedad.

Ahora los huracanes empiezan más temprano. Ya hubo uno en mayo de este año. Son más frecuentes, tienen mayor intensidad (más velocidad del viento y lluvias más copiosas), y han cobrado tal fuerza que está rebasando la clasificación existente (de 1 a 5), la cual se basa en la intensidad del viento que generan: ya se habla de huracanes de sexta categoría. Existían los de categoría 1 (vientos de entre 119 y 153 k/h), categoría 2 (154–177 k/h), categoría 3 (178–209), categoría 4 (210–250) y categoría 5 (más de 251 k/h), pero ya existen huracanes y ciclones que han superado estas cifras, tal como el Patricia (México), que alcanzó en 2015 vientos de 346 k/h. Milton llegó a 290 k/h, siendo el tercer huracán más rápido desde que se tienen registros.

Los perdedores

La destrucción que generan los huracanes afecta en forma desigual a la población en concordancia con su pertenencia de clase. En Estados Unidos, los ricos huyen en sus autos veloces (algo desastroso porque así producen más CO2, que aumenta la temperatura y en el futuro generará huracanes más destructivos) hacia sitios seguros, mientras que los pobres quedan abandonados a su propia suerte.

En el estado de La Florida, la emergencia reciente evidenció que las comunidades marginadas, entre las que sobresalen los trabajadores agrícolas y los prisioneros, son las que más sufren el cambio climático en la vida cotidiana. Los presos fueron abandonados en las cárceles, no se les evacuó, se les dejó sin agua potable y sin electricidad y se vieron obligados a depositar sus desechos orgánicos en bolsas de plástico, mientras que el personal penitenciario fue evacuado a lugares seguros.

Por su parte, los trabajadores agrícolas, en su gran mayoría migrantes, sufren directamente el embate de los huracanes al no tener vivienda adecuada, ni seguridad médica, ni cobertura sanitaria, y por trabajar a la intemperie y soportar en forma directa el impacto del calentamiento global.

Están también las personas que no evacúan sus viviendas porque no tienen a donde ir y no poseen dinero para el combustible de los automóviles que les permitan huir de los huracanes. Millones de personas en Florida, para completar, no tienen seguro y deberán reconstruir sus viviendas y barrios a costos astronómicos, lo cual quiere decir que vivirán en medio de los destrozos por años o décadas.

Los neonazis y el caos climático

A raíz de la destrucción causada por Helene y Milton, empezaron a circular videos en las redes antisociales en los cuales se aprecia a hombres jóvenes, vestidos con atuendos nazis, que acuden en ayuda de las víctimas de los huracanes. Ante las cámaras aparecen hombres que manifiestan su interés en ayudar para que las comunidades afectadas vuelvan a la normalidad. Esos personajes pertenecen a El Frente Patriota, un partido neonazi de los Estados Unidos. Afirman que ellos ayudan porque quieren que Carolina del Norte y los Estados Unidos siempre estén en primer lugar. Así replican America First, el eslogan del expresidente y candidato presidencial Donald Trump.

Estos neonazis aparecen reconstruyendo casas o limpiando carreteras y recogiendo escombros, lo cual parecería contradictorio si recordamos que los neonazis son una fuente de odio racista que se distingue por golpear, torturar y matar a los que considera enemigos -por definición, seres humanos racialmente inferiores-. Ahora no aparecen con porras, cuchillos o armas de fuego, sino con instrumentos de trabajo para dar la impresión de que tienen un proyecto social en beneficio de la comunidad; eso sí, de comunidades blancas. Porque ni los negros ni los migrantes caben en su repertorio interesado y discriminatorio de ayuda humanitaria. Los neonazis buscan que la gente les pierda el miedo y los reconozca como individuos que pueden ser solidarios y colaboradores en tiempos de crisis. En tales momentos, nadie rechaza la ayuda ni pregunta de dónde viene. Los neonazis quieren emular a sus maestros de Italia y Alemania que, en la década de 1930, pretendían combinar el odio con una supuesta ayuda social.

La extrema derecha de Estados Unidos, que está a la cabeza del negacionismo climático, sostiene que el calentamiento global es una mentira urdida por ecologistas y comunistas para poner en cuestión el modelo de vida americano y permitir el ingreso de inmigrantes indeseables que van a acabar con la raza blanca. En esta dirección, la acción solidaria del Frente Patriótico hace suyas las consignas mentirosas, pero efectivas, de Donald Trump, quien asegura, a través de las redes digitales, que los dineros del gobierno federal no están destinados a ayudar a los damnificados blancos sino a los inmigrantes ilegales. Por eso, el Frente Patriótico dice que solo ayuda a los “verdaderos estadounidenses”, esto es, los que son blancos y tienen familia patriarcal.

Este episodio es un anticipo de lo que viene en términos políticos con respecto al caos climático. La extrema derecha, que lo niega, va a actuar en una perspectiva ecofascista, que mantenga el consumo de combustibles fósiles, apoye el modo de vida derrochador de los “blancos puros”, prohíba el ingreso de extranjeros indeseables, persiga a las “razas inferiores” dentro del país y reduzca, aún más, el círculo de privilegiados que pueden disfrutar de la quema de petróleo, encerrados en sus condominios de lujo, mientras se mantiene a los pobres en la miseria absoluta, lejos de la vista y sometidos a una brutal represión y al control militar y paramilitar.

En suma, es el renacimiento del proyecto de Hitler en tiempos de caos climático. Esta es la enseñanza que nos han dejado Helene y Milton, los huracanes que han arrasado en Estados Unidos, un país que se creía libre de los impactos negativos del calentamiento global, pero que lo vive en carne propia, a pesar de las afirmaciones de los negacionistas de la extrema derecha.

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