Cine comunitario en Moravia: Un acto de memoria y resistencia

Por Alejandro Roque

Foto: cortesía de Tricilab

Proteger el territorio ha sido una de las banderas más significativas en el barrio Moravia, porque proteger el territorio significa proteger la vida. Con esta convicción se realizó el pasado noviembre, entre el 19 y el 24, el Primer Festival Internacional de Cine Comunitario, una iniciativa que nació del amor y la conexión profunda que une a sus habitantes con Moravia. Este espacio es un reflejo de la lucha comunitaria, del trabajo colectivo y de la defensa de nuestras raíces. Moravia, construida sobre los pilares de cooperación, concertación y comunidad, ve nacer este festival bajo esos mismos principios.

Defender el territorio es reconocer su historia y su contexto social, cultural y político. Moravia ha sido escenario de tensiones y dificultades, pero también de resistencia popular y de trabajo comunitario. Gracias al esfuerzo colectivo de quienes han hecho de este barrio un símbolo de vida que se renueva constantemente, han surgido espacios transformadores que desafían las dependencias estructurales y encienden la esperanza. Moravia es fuerza, resistencia y diversidad; es un territorio lleno de oportunidades conquistadas con el sudor de sus habitantes y tejido por múltiples conexiones humanas.

Sin embargo, el modelo de desarrollo actual de la ciudad choca con nuestra visión del territorio, provocando desplazamientos, expulsiones y políticas ajenas a las necesidades y deseos de las comunidades. Esto nos obliga a cuestionarnos: ¿Desarrollo para quién? Lo que ocurre en Moravia no es un caso aislado; es un reflejo de las dinámicas que se repiten en muchas partes de la ciudad, del país y de América Latina.

Ante el temor, elegimos aferrarnos a la resistencia comunitaria. Por eso, esta edición del festival busca exaltar la fortaleza de las comunidades organizadas, la riqueza del territorio y las luchas que lo sostienen. Defender el territorio es celebrar su diversidad, preservar su memoria, fomentar el diálogo de saberes y construir la paz. Todo con un propósito claro: garantizar un futuro donde la vida siga floreciendo.

El momento de la cosecha ha llegado, y con gran entusiasmo se anunció que Moravia sería el escenario del Primer Festival Internacional de Cine Comunitario, un sueño largamente acariciado que hoy es una realidad gracias al esfuerzo conjunto de diferentes colectivos barriales.

“Los sueños se hacen realidad cuando las voluntades se unen”, dice Miguel, uno de los jóvenes que participaron en el festival. Y agrega: “Cuando nace un pelado en el barrio popular, nace con doce mil problemas. Yo veo el amor como algo necesario. Creo en la utopía de caminar por el barrio sin pensar en tropezar con los del callejón contrario. Que hagan esto en un país donde matar vale menos que un salario me devuelve la vida”. El festival es un acto de resistencia frente a la gentrificación y un espacio donde muchos corazones se alinean para ofrecer al barrio un lugar de encuentro y transformación. Como dice Arbey, del Colectivo Tricilab, uno de sus organizadores: Este festival nace para mirar, reconocernos y ser reconocidos”.

Durante los cinco días del festival, Moravia se llenó de espacios de creación, diálogo, interacción e inmersión. Los laboratorios, organizados por colectivos como Ojo al Sancocho desde Ciudad Bolívar (Bogotá), ofrecieron proyecciones de películas, documentales y cortos en espacios públicos del barrio, con un enfoque en la defensa del territorio. “¿De dónde vienen nuestras raíces?” fue una de las preguntas clave que guio estas actividades, buscando entre todos formas de celebrar la vida y fortalecer la identidad comunitaria. Las proyecciones, descentralizadas y diversas, se convirtieron en espejos que reflejaban realidades cercanas y lejanas, permitiendo construir soberanía audiovisual y fomentar la comprensión de diferentes contextos.

Samanta Morales, otra participante, describe el cine comunitario como “luz que rompe el silencio, un haz que atraviesa la oscuridad de la indiferencia institucional. Es la voz del barrio, la memoria de las calles, el espejo de rostros que la historia quiso olvidar. En cada cuadro, una verdad silenciada; en cada escena, un grito que se niega a morir, Es resistencia hecha arte, revolución que danza entre sombras y proyecciones”. Según ella, el cine comunitario no solo se filma con cámaras, sino con corazones que laten al ritmo de la comunidad, manos que siembran, voces que cantan y denuncian, y sueños que insisten en florecer. El cine comunitario es territorio en movimiento, un lienzo para tejer las luchas colectivas, donde la cámara se convierte en herramienta, el guion en manifiesto y la pantalla en una ventana hacia la transformación territorial.

Santiago Mosquera lo define como un acto rebelde y generoso: “Es un espacio para mirar y ser mirados, para recordar que la revolución más profunda nace de los encuentros, del poder de la juntanza, del arte que transforma y celebra la vida. Cada toma es un acto de memoria, cada plano, un territorio recuperado. Los lentes amplifican los susurros de quienes jamás dejaron de luchar”.

Contar nuestras propias historias es mucho más que un acto creativo; es una poderosa declaración al mundo: existimos, soñamos y resistimos. A través de cada proyección, se establece un pacto implícito, pero profundamente significativo: convertir la imagen en un puente que conecta realidades, la comunidad en un refugio seguro donde las voces se entrelazan, y el arte en una fuerza transformadora que desafía los límites impuestos por la administración municipal. El cine comunitario no se conforma con simplemente iluminar los rincones oscuros de nuestra historia o de nuestras luchas; su verdadero poder reside en encender caminos, inspirar movimientos y abrir puertas hacia la libertad.

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