La historia de Ojo al sancocho, el primer festival de cine comunitario de Colombia

Por Anyela Heredia

Fotos tomadas del perfil de Facebook de Ojo al sancocho Festival

En el festival de cine de Ituango nos encontramos con uno de los fundadores del Festival de Cine Comunitario Ojo al Sancocho, que se realiza todos los años, en octubre, en la localidad de Ciudad Bolívar, en Bogotá. Nos contó su historia:

Mi nombre es Daniel Bejarano y hago cine comunitario hace 24 años. Como a los tres meses de entrar a estudiar cine, se me ocurrió preguntar cuánto valía hacer una película y entonces me dijeron, noooo, eso vale como entre tres mil y cinco mil millones de pesos, y entonces pensé, pues yo para qué estudio cine, si no tengo ni para el bus ni para el almuerzo. Con algunos amigos y amigas comenzamos a pensarnos entonces la posibilidad de hacer cine sin necesidad de mucho dinero.

Yo pensaba que la gente trabajadora puede hacer también sus películas ¿por qué? Porque todas y todos soñamos y tenemos historias que contar, y nos gustaría que a veces estas historias estuvieran en una pantalla, o en salas de cine. Y entonces lo primero que hicimos, que no recomiendo que lo hagan ahora, fue renunciar a estudiar cine. Y nos fuimos para un lugar que yo no conocía, que se llama Ciudad Bolívar, un barrio popular de Bogotá. Allá intentamos resolver la pregunta de si era posible hacer películas sin tanto presupuesto y sin saber de cine.

Las historias de la gente

El primer ejercicio fue preguntarnos cómo hacer un guion, porque para hacer una película se necesita un guion. Sin historias no hay cámaras y no hay nada. Comenzamos a hablar, por ejemplo, de los gustos o de los espacios que más nos daban alegría o miedo en el barrio. Y al final lo que hicimos fue mirar cuáles eran los temas en común y empezar a contar esas historias, que todavía se pueden ver en youtube. Pero, como en esa época no existían las redes sociales, lo que hacíamos era hacer nuestros cortitos de dos y tres minutos y los mostrábamos en el canal comunitario.

La primera historia que salió, hablando con los niños y las niñas, fue una historia que se llama El niño resabiao. Habla de que a los niños y las niñas les pegaban mucho en sus casas. En ella los niños imitan a la mamá y al papá cuando les pegan, es una historia muy bonita y muy triste en el fondo. Entonces mostramos ese cortico y cuando las mamás y los papás comenzaron a ver a sus hijos en el canal comunitario, comenzaron a decir que sus hijos ya se estaban volviendo famosos.  Como al mes, los niños y las niñas nos contaron que la mamá y el papá ya no les pegaban tanto. Entonces nos pareció interesante, y vimos para qué más sirve el audiovisual o el cine, no solamente para disfrutar, obviamente, cuando vamos a ver películas, sino que también puede crear una incidencia en la familia.

Y la incidencia en el barrio, en este caso para nosotros, fue reducir un poquito la violencia. Pero también entendimos que si las mamás y los papás regañaban a sus hijos no era porque quisieran, sino por estrés, falta de trabajo, muchas circunstancias que viven las adultas y los adultos. Y entonces las mamás y los papás dijeron: nosotros también queremos contar nuestra historia, y ellos también comenzaron a escribir junto con sus hijos y sus hijas.

Cuando empezamos a contar las historias, tuvimos que pensar en las locaciones, y las locaciones eran las casas de las familias, pero para grabar necesitábamos una cámara, y lo que hicimos fue una vaca entre todos para comprarla. Ya con esa camarita hicimos una serie para televisión y después buscamos amigos que nos ayudaran en la posproducción, después compramos una computadora y con muchas vacas, llegamos a comprar todo un equipo. La serie fueron 28 capítulos de 24 minutos, y se llama Historias vitales, la hicimos con la comunidad y se la regalamos a los canales públicos del país.

Era una necesidad, porque la gente tenía miedo de visitar su familia, miedo de hablar con la gente en Bogotá porque era un lugar muy peligroso. Muchas personas en la localidad, por ejemplo, cuando iban a buscar trabajo no decían que vivían en Ciudad Bolívar porque les negaban el trabajo. Sentíamos la necesidad de cambiar el estigma de un lugar tan maravilloso como Ciudad Bolívar, que es un lugar también de campesinos y campesinas en la ciudad, donde llega mucha gente de diferentes regiones del país, desplazada por la violencia. Y esa serie nos ayudó a visibilizarlo porque hablaba de cosas muy positivas o de la vida cotidiana.

Ojo al Sancocho

Más tarde hicimos documentales, y comenzamos a ver la necesidad de crear un festival en Ciudad Bolívar, también como una estrategia para poder invitar mucha gente, que pudiera caminar por los barrios, ver y encontrarse con la gente a dialogar. Para que esos invitados volvieran a sus barrios o a sus países y ciudades a hablar de que ciudad Bolívar no era un territorio como lo pintaban en los medios de comunicación. Pensando el festival también nos encontramos con el primer problema y era que no sabíamos hacer festivales. En Colombia todavía no hay muchas posibilidades de estudiar cine, solamente tiene dos o tres escuelas públicas para estudiar cine y privadas no pasan de 20 o 30 y no te enseñan a hacer festivales. Y nosotros con la comunidad que tampoco había estudiado cine, pensándonos un festival de cine.

Para conseguir recursos fuimos a la Alcaldía local. Bogotá está dividida en localidades y Ciudad Bolívar es una de ellas. Recuerdo mucho que fuimos donde el alcalde local y le dijimos: nosotros somos un grupo de jóvenes que queremos un festival. Y el alcalde nos preguntó: uno, ustedes ¿cuántos años de experiencia tienen haciendo festivales? Ninguno. Dos, ¿cuántos años tienen de experiencia en hacer proyectos? Ninguno. Tres, ustedes ¿han manejado recursos públicos? Nada. Entonces no hay recursos, no podemos apoyarlos. Nosotros salimos muy tristes porque ¿cómo así que no apoyan a los jóvenes, a los niños, a las niñas para poder hacer un festival? Entonces, sin saber hacer boletines de prensa, hicimos uno.

Algo muy sencillo, diciendo vamos a hacer el primer festival internacional de Cine Comunitario Ojo al sancocho en Ciudad Bolívar, acompáñennos; y lo enviamos a muchos canales, entre esos RCN y Caracol. Y un día nos llama Caracol, creo, y nos dice, queremos hacerles una entrevista, ¿cómo es que van a hacer un festival? Entonces le dijimos al periodista, pregúntenos quién financia el festival y cuando nos preguntó estaba en vivo. Le dijimos, no, a nosotros no nos financia nadie, fuimos donde el alcalde, y dice que no hay apoyo para los jóvenes. El Ministerio tampoco apoya ni la Secretaría Cultura, vamos a hacerlo con recursos de la gente.

Y claro, el alcalde ve esa noticia y ahí si nos llama a decir que nos iba a apoyar. Y como no sabíamos escribir proyectos, nos puso a alguien para escribir el proyecto. El primer festival se hizo con muy pocos recursos, pero fue para Ciudad Bolívar y para el país también muy importante porque era el primer Festival de Cine Comunitario. Le pusimos Ojo al Sancocho, porque en Ciudad Bolívar en una misma cuadra uno puede encontrar gente de la costa, de Pasto, de la Guajira, de los Llanos orientales y hay una riqueza cultural muy grande. Y una diversidad política y social importante, es como un sancocho. También es un sancocho porque Ciudad Bolívar, igual que muchos espacios en el país, ha construido colectivamente las calles, los colegios, las bibliotecas y alrededor de eso se hace el sancocho, la olla comunitaria. Nosotros hemos propuesto que el cine tiene que estar al alcance de todas y todos y no solamente de las grandes industrias. Y el ojo, pues por el ojo a la diversidad política social y cultural.

Y le pusimos internacional, porque comenzamos a ver que en muchos sitios del mundo en ese momento se estaban empezando hacer festivales de cine comunitario y también porque muchos problemas que pasan en Ciudad Bolívar, pasan en Santiago de Chile y son muy parecidos a los problemas de las favelas en Brasil.

Transformando estigmas

Comenzamos a enviar correos a colectivos en Estados Unidos, en Europa porque era importante traer extranjeros, pues como decían que Ciudad bolívar era tan peligrosa, nosotros decíamos, si podemos traer un extranjero, eso va a salir en la prensa, y van a decir, si no lo secuestraron o lo mataron, entonces no es tan peligroso. Le escribíamos a los cineastas que no teníamos plata, que si podían venir por su cuenta y nos contestaban que sí. También por eso es comunitario, porque mucha gente se paga sus pasajes para poder estar.

Y la percepción de inseguridad en Ciudad Bolívar ha bajado en un 700 u 800 por ciento. Si antes había mil atracos al día hoy hay cincuenta, cien, si antes asesinaban a un líder social al día, hoy nos asesinan un líder al año. ¿Por qué? Porque muchas iniciativas culturales han generado estos espacios de diálogo, de conversa a través de las artes, a través de la cultura. En nuestro caso, a través del cine.

Han venido el 99% de los cineastas colombianos y muchos extranjeros, todos han sido muy solidarios, Víctor Gaviria, Marta Rodríguez, Ciro Guerra, entre otros.

Incidencidiendo en la política pública

Pero luego vino otro tema muy importante, vimos que no solamente era hacer el festival, sino incidir en las políticas públicas. Nosotros decíamos: por qué el cine no es gratuito, por qué no apoyan el cine. Por qué los jóvenes no tenemos la posibilidad de que, así como nos llevan a veces a la estación de policía por estar parchando en una esquina, ¿por qué no nos llevan a un centro de arte y cultura?

Y ya tenemos una sala de cine, que se llama Potocine, en el barrio Potosí. Es una sala de cine que ha ganado muchos premios internacionales y nacionales por su arquitectura y por su impacto social. Una de las cosas que ha hecho Ojo al sancocho, creo que más allá del festival, fue proponer que Bogotá tuviera centros locales de Arte y Cultura para la infancia, para que los niños y las niñas no tengan que trabajar o involucrarse en dinámicas de violencia. Ya hay muchos, pero la idea es que se cubra el 100%, donde los niños tienen acceso a las artes y la cultura después de clases. También tenemos el programa 1, que es un programa para que los niños y las niñas, desde que están en la barriguita, tengan acceso a la cultura, mamá y papá van a hacer música, teatro, danza, para que ese niño y esa niña cuando nazcan ya tengan todas las posibilidades de ser un artista.

También logramos, con mucha presión, la construcción de la nueva Cinemateca de Bogotá, que antes tenía solo 286 sillas para una ciudad de 10 millones de habitantes, se dobló la capacidad apenas y aún no es suficiente, pero es un espacio que ofrece muchos otros servicios.

Finalmente, contamos hoy con el teatro El Ensueño, uno de los más modernos que tiene América Latina, y eso se logró después de 12 o 14 años de mandar cartas, de pedir cita con el alcalde, de participar en todo el movimiento artístico de Bogotá, siempre con el protagonismo de los jóvenes y de los niños y las niñas, porque el acceso al arte y la cultura es un derecho fundamental, que todos los Estados del mundo deben garantizar, así como el derecho a la educación, a la vivienda y a la salud.  

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