El imperialismo lingüistico en acción
Por Renán Vega Cantor

Foto: REUTERS/Kevin Lamarque, Tomada de Infobae
El esfuerzo de Donald Trump de restablecer la hegemonía imperialista de Estados Unidos se expresa en términos lingüísticos. Aranceles, proteccionismo, nacionalismo económico, anuncios sobre anexiones de territorios (Groenlandia, Canal de Panamá), humillación de sus súbditos y subordinados (Unión Europea, Ucrania), trato de perros a sus lacayos (Zelensky en primer lugar), viene acompañado de la imposición de ciertos vocablos. Este nuevo-viejo lenguaje quiere mostrar simbólicamente quién es el dueño del mundo y a quién se debería obedecer. El caso más sonado ha sido modificar, por decreto presidencial, el nombre del Golfo de México e imponer el de Golfo de América.
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El Golfo de México, una cuenca oceánica que se formó hace 300 millones de años, tiene una extensión de un millón y medio de kilómetros cuadrados, sus aguas albergan una gran biodiversidad marina, sus puertos son vitales en el comercio mundial y, por desgracia, contiene yacimientos de petróleo. En la actualidad, tres países comparten costa en ese Golfo: México, Cuba y Estados Unidos.
Los lugares circundantes al Golfo fueron poblados por civilizaciones indígenas, muchos siglos antes de la llegada de los europeos. Allí residieron mayas, toltecas, olmecas y aztecas y bautizaron de diversos modos a la cuenca marítima. Los mayas llamaban a las aguas costeras Yóok’kʼáab («gran extensión de agua»), Cuauhmixtitlán (“lugar del águila entre las nubes”) y Chactemal (“lugar rojo”), como referencia a los tonos de los atardeceres.
Cuando los españoles sometieron a los aztecas bautizaron la cuenca marítima con el apelativo Golfo de México, de mexica, un término españolizado de origen náhuatl, aunque al principio en algunos mapas aparecían las denominaciones Golfo de Nueva España o Mare de Nort. Golfo de México es una denominación propia del colonialismo español que también fue un colonialismo lingüístico. Ese apelativo apareció oficialmente en los mapas que se publicaron a finales del siglo XVI.
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La imposición de nombres por Donald Trump, un multimillonario ignorante que no sabe mucho ni de geografía ni de historia, es una práctica cotidiana en su vida de acaudalado capitalista que está acostumbrado a bautizar con su nombre y apellido los haberes de su riqueza (rascacielos, hoteles, vinos…). Como capitalista puro y duro, para Trump lo importante es la marca. Ahora, la marca es un país que se autodenomina América, y por eso para este individuo el Golfo debe llevar el nombre del país que, dice él, hace una mayor inversión económica en la cuenca, y no interesa la geografía, la historia, la cultura ni las lenguas que se han desplegado desde hace miles de años, ni que ese lugar sea compartido con otras naciones. Es como si el Golfo hubiera nacido ayer, cuando Trump se enteró de su existencia, lo cual fue posible porque muchas de sus inversiones económicas se dan en el espacio de la cuenca, en Florida, para señalar un caso.
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En Estados Unidos se ha procedido a rebautizar el Golfo. El Sistema de Información de Nombres Geográficos lo actualizó. Los conglomerados tecnológico-digitales, aliados directos de Trump, procedieron a obedecer de inmediato. Microsoft cambió el nombre en sus mapas de Bing. Google decidió que en su aplicación de Google Maps el nuevo nombre aparezca para el territorio de Estados Unidos, en México se seguirá viendo el apelativo original y en el resto del mundo aparecen los dos nombres. Apple también cambió la denominación en su servicio de mapas.
Para los desobedientes el garrote, como lo comprueba que a un reportero de Associated Press se le impidió la entrada a la Oficina Oval de la Casa Blanca, porque la agencia de noticias sigue hablando de Golfo de México en su manual de redacción.
Un decreto modifica un nombre vinculado a una compleja historia de sociedades indígenas, de colonialismo ibérico y de cruce de culturas. Eso quiere borrarse de un plumazo como parte del proyecto de Hacer Grande a América otra vez [MAGA, por sus iniciales en inglés] y por eso hay que pisar fuerte, empezando por los nombres, ya que nombrar es una forma de apropiarse de las cosas. Eso lo reafirma Trump cuando dice: “Hoy hago mi primera visita al Golfo de América desde que se le cambió el nombre. Mientras mi Administración restaura el orgullo estadounidense por la historia de la grandeza estadounidense, es apropiado que nuestra gran nación se reúna y conmemore esta ocasión trascendental”.
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Para Donald Trump, y gran parte de los habitantes de Estados Unidos, el Golfo de México es un simple accidente geográfico, en el que se encuentra petróleo y al que debe perforarse sin pausa. Para ellos la historia no cuenta, más bien se trata de reescribirla, desconociendo a los habitantes originarios y al hecho de que España fuera el poder dominante en gran parte de lo que hoy son los Estados Unidos durante varios siglos, tal y como se manifiesta en el lenguaje que se habla en Cuba, México y en gran parte de Estados Unidos.
En ese proyecto imperialista de Hacer Grande a América otra vez (MAGA) resulta esencial el simbolismo de la toponimia. Se trata de mostrar una apropiación y una expropiación lingüística y cultural rebautizando lugares, y dándole poder a los expropiadores, en este caso a los Estados Unidos. El cambio del nombre del Golfo de México no es una cuestión nominal, sino que tiene hondo significado y revela cómo Estados Unidos hace lo que se le venga en gana y muestra a su historia como la de los exitosos y ganadores, al estilo hollywoodense, que es el mismo estilo Trump.
Es el anuncio de futuras agresiones militares, comerciales, aduaneras en la región, que agravan la situación de un país particular, Cuba, que también tiene presencia en la cuenca de lo que ahora en Estados Unidos se llama Golfo de América, donde este país puede alegar que esa porción de mar le pertenece en virtud de los designios de la Divina Providencia.
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Estamos ante un ejemplo de imperialismo lingüístico en el que Estados Unidos se arroga el derecho de cambiar nombres a su acomodo e imponerlos en inglés. Es una forma de discriminación lingüística que consolida la lengua dominante en desmedro de otros idiomas, porque parte del presupuesto de que existe una lengua que es mejor que las otras y su uso da más prestigio. El asunto va más allá de modificar el nombre de una masa de agua y de estampar una apropiación en el papel o en las pantallas, además revela una burda xenofobia basada en la pretendida grandeza de Estados Unidos. Un país provinciano que se cree el ombligo del mundo y que, con una política agresivamente imperialista, se atribuye el poder de hacer y deshacer, y eso se aplica también en el ámbito lingüístico con la imposición de su propia toponimia. Donald Trump pretende rescatar una perdida identidad estadounidense, recurriendo a la negación histórica y cultural, y considera que la marca América expresa el poderío de los Estados Unidos y le permite pisotear a los demás cuando se le venga en gana.
