Más de las mentiras y verdades que se sueñan, que se viven

Por Jhonny Zeta

Ilustración: Sin título – Daniela Arboleda

En la edición anterior se contaba la historia de Lucy, sus vivencias y sentires al cruzar a través del “hueco” con su pequeña hija. Ahora le sigue el periplo de Ana, mujer trabajadora de un barrio popular de Medellín, con sueños y esperanzas como cualquiera que se levanta diariamente con el anhelo de una mejor calidad de vida. Ha intentado migrar a los Estados Unidos en dos oportunidades. Dice que no comparte los cambios en las políticas de migración de Donald Trump. Enfatiza: los latinos han trabajado durante décadas para que Estados Unidos sea un mejor país. Y continúa su relato:

Mi sueño era vivir unos 5 años en la USA. Una prima hace dos años está allá, viajó, como se dice comúnmente, de ilegal y se entregó; otro primo se fue con visa de turista.  

Como si fuera en un viaje de amigos llegué a Ciudad de México y de ahí Ciudad Juárez con otros dos muchachos, corría el 2023. La idea era pagar allá todos los gastos. Ese año, por la migración de venezolanos, la frontera se militarizó más. En Juárez el Río Bravo no es caudaloso, es más bien como pantano que le llega a uno a las rodillas.

Después de dar varias vueltas en un carro durante las noches, esperando que no estuviera la migra, al amanecer del 2 de julio salí de la casa donde estaba escondida con otras once personas; un niño era nuestro guía, cruzamos el río y entramos a la alcantarilla, era tan estrecha que nos tocaba avanzar gateando. Como la frontera es el río, uno se mentalizaba en que tenía que hacer un trayecto de cuatro o cinco cuadras por la alcantarilla.

Sentimos que estábamos debajo de una autopista, y el niño guía dijo: aquí, aquí es la salida, yo dudaba de que fuera verdad, pues el trayecto que llevábamos era muy corto. La alcantarilla estaba sellada, dicen que los gringos les instalan sensores de movimiento. El niño llamó para que llevaran herramienta para poderla abrir.

A la media hora sentimos un carro arriba, era la migra. Nos gritaban desde afuera: sabemos que hay gente ahí, no pongan en peligro su vida, salgan, ¿Cuántos hay? El niño respondió: no, somos poquitos, déjenos cruzar, yo tengo a mi amá enferma. Devuélvanse por donde entraron, le contestaron.

Nos devolvimos. Cuando salgan corran, corran pal río, decía el niño guía. Pero para dónde corríamos si todo estaba rodeado de migra. Te quitan el celular, te apresan, te regañan, se ríen. Uno piensa: ya nos cogieron, ya no hay nada qué hacer. Al niño si lo dejaron regresar.

Te llevan al centro de migración, te toman huellas, te dejan por mucho tiempo así de sucio y mojado como saliste de la alcantarilla. Nos separaron a las mujeres y a los hombres por celdas. Después me llamó un policía que me dijo que el precio de lo que había hecho era la cárcel. Se me enfrió todo. ¿cárcel? ¿cuánto tiempo? Mínimo 30 días, máximo, lo que diga un juez. Estaba destruida. El policía pidió que firmara un papel escrito en inglés y me negué.

A las dos de la tarde me condujeron hacia un edificio de varios pisos, en el piso once una muchacha me dijo: a usted le van a poner el uniforme más peligroso que existe acá. Le echan a uno champú para los piojos, le preguntan la talla y le dan el uniforme color gris de la federal de Texas. Empacaron la ropa sucia para que la reclamara y me la pusiera cuando me dieran salida.

Fue cuando monté el colchón sobre el camarote y me tiré encima que rompí en llanto. ¿Yo que estoy haciendo acá si nunca he cometido ningún delito?

Tres días después pude llamar a Colombia para contar que me habían cogido. Un abogado informó que tenía juicio al jueves siguiente, salí para el juicio esposada de pies y manos. Fueron 14 días en esa cárcel.

Le dije al juez lo que me recomendó el abogado, es decir, que era consciente de haber intentado entrar al país de manera ilegal, que me perdonara por mis ganas de salir adelante. Ese juez dijo que comprendía, que en cambio no entendía a su país, que las leyes cambian a diario. Pasé a otro centro de detención donde me pusieron el uniforme naranja, otra vez me puse a llorar. Quince días después me llevaron al centro de deportación de Luisiana, las compañeras de piso me cantaron el cumpleaños en ese encierro.

Cuando bajé del avión en Bogotá, me sentía frustrada; ya en Medellín, viendo a mis tres hijos y a mi familia, lloré mucho, uno queda marcado con todo eso. Todos me animaban, decían que acá también se vive y se construyen sueños.

El contacto explicaba que tenía hasta tres intentos para pasar por el mismo dinero, es decir, 60 millones si llegaba allá. En el 2024 me aventuré de nuevo, esta vez viajé por Cancún con otro de los muchachos que también habían deportado. En migración dijimos que íbamos a pasar tres días descansando porque debíamos regresar a atender el restaurante que teníamos en Colombia. Nos sellaron el pasaporte con permiso para una semana. Después de dos días en Cancún, viajamos a Ciudad de México y de ahí teníamos vuelo a Chihuahua, pero llegó migración, nos pidió el pasaporte y nos hicieron a un lado. ¿ustedes para dónde van? A visitar un amigo en Chihuahua. ¿Pero si sólo les quedan dos días de permiso?

No nos dejaron subir al vuelo. En cambio, nos invitaron a pasar esos dos días en la capital y que después volviéramos a Colombia. Ah bueno, dijimos, como si no nos importara, pero salimos muertos de miedo. Llamamos al contacto y nos mandaron a una estadía donde llegarían otras personas para mandarnos por tierra. 36 horas duró el viaje hasta Ciudad Juárez. La misma gente, la misma casa del viaje anterior, otra semana, hasta que cruzamos por la alcantarilla. Esta era más grande, caminamos durante una hora. Llegamos hasta una casa de Texas, pero saliendo para el aeropuerto nos interceptó migración en una garita.

Me llevaron a las llamadas hieleras, otra semana, yo pedía el asilo diciendo que tenía miedo de volver a mi país. Me ilusionaron con mentiras, porque al otro día nos montaron a un avión para deportarnos. La segunda aventura duró un mes. Otra vez volví esposada a Bogotá. Yo no le aconsejaría a nadie que lo hiciera, es muy duro pasar por todo eso.

Recuerdo que en Bogotá me recibió una psicóloga que me abrazó y me dijo que Colombia era un país muy lindo, que bienvenida, que no tenía por qué irme a sufrir a otro lado. Ahora me dedico a hacer uniformes.

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