Por Emilio Taborda

Imagen: Nube Voladora
En función de buscar reflexiones y soluciones en torno a la manera en que el conflicto armado se ha ido agudizando en algunas zonas de Colombia, siendo el Catatumbo una de las más afectadas, Fecode hizo un llamado a un paro por parte de los docentes. Se pretendía una jornada de sensibilización, reflexión y debate, donde cada subsecretaría participaría con su propio cronograma. Todos los docentes de la institución, en un municipio del norte de Antiquia, habíamos decidido asistir, contando además con muchos docentes de las veredas, en tanto que habían tenido que ser desplazados por la situación que se estaba viviendo en las mismas. Nuestro cronograma comenzó con una película colombiana que retrata perfectamente el problema del conflicto armado, Los colores de la montaña, posteriormente pensábamos abrir un debate, realizar una serie de collages y programar actividades de sensibilización en el aula, finalizando con un compartir de alimentos. El cronograma comenzó como se había planeado, sin embargo, al terminar la película sucedió algo que no esperábamos, los docentes comenzaron a narrar experiencias cercanas y pasadas del conflicto en los colegios y el territorio.
La primera en hablar fue una de las dos profesoras que, como muchas otras personas, había tenido que ser desplazada de la vereda a la zona urbana. Su historia fue la siguiente: el día lunes había comenzado un enfrentamiento entre dos de los grupos presentes en la zona, tuvieron que tirarse al suelo con los estudiantes (estuvieron así desde las 2 de la tarde hasta las 10 de la mañana del día siguiente), intentando resguardarse de las balas que parecían desgarrar el viento. Las madres de los estudiantes empezaron a llamar preguntando por sus hijos; un poco de paz se respiraba cuando les decían que estaban a salvo.
En una de las muchas llamadas, una madre preguntó por su hijo, haciendo que la docente cayera en la cuenta de algo: estaba en una pequeña construcción, alejada unos cuantos pasos del colegio, donde se encuentran los baños. La madre de familia, entre gritos y llanto, le pidió que saliera con una camisa blanca y las manos levantadas, diciendo que era profesora, para que pusiera a su hijo a salvo. En un gesto que evidencia cómo la valentía no radica en incentivar la guerra y quitar vidas, sino en oponerse a la misma para resguardarlas, la profesora salió corriendo, cogió de la mano a dos niños que estaban en el edificio y se dispuso a volver.
Ella vive en la vereda con sus tres hijos, la mayor, que cursa el grado décimo, el de en medio, que cursa el grado séptimo, y la menor, una niña de 4 años. Mientras cruzaba el espacio verde entre el edificio de los baños y el colegio tratando de ponerse a salvo con los niños, vio cómo su hija menor, al verla afuera, corría con los brazos abiertos esperando que ella la levantara en sus brazos y la cargara por el pasillo del colegio. Las Algea, espíritus del llanto, el dolor y la tristeza en la antigua Grecia, se apoderaron de todos en la sala; solo era posible reconocer un mismo lenguaje: el de las lágrimas cayendo.
El segundo en hablar fue un docente de otra de las veredas, donde hacía pocos días habían asesinado a 3 personas. Con una especie de nudo en la garganta, que le impedía hablar, contó lo siguiente: una de esas personas lo había llamado al celular momentos antes del hecho. Era madre de una estudiante de primaria a la que el profesor daba clase. No hubo tiempo de saludos ni de preguntas, únicamente un grito que se repitió 3 o 4 veces: ¡Profe, no me deje venir a la niña, por favor, no la deje salir del colegio! La niña ya había salido de la institución, pero el profesor la alcanzó y la retuvo. Pasadas un par de horas dieron la noticia, la niña tuvo que ir a reconocer el cuerpo de su madre. Desde ese día cada vez que el profesor cierra los ojos escucha los gritos de la madre y se imagina su rostro de terror.
Una tercera voz se alzó para contar la vez en que habían amenazado con clavar la cabeza de su hija menor en una estaca. El cuarto fue un docente que contó cómo un grupo armado se había tomado el colegio, diciéndole que si hablaba se debería atener a las consecuencias; al día siguiente la situación se repitió con un grupo diferente. El quinto fue un docente que tuvo que caminar con un grupo de personas durante 7 horas por las montañas para llegar a su casa, pues el camino que habitualmente recorría se había convertido en el campo de combate de los grupos armados.
En adelante, poco a poco, todos los presentes comentaron sus historias. La escucha era atenta, no importaba si la persona tardaba en hablar y lloraba, no encontraba interrupciones de ningún tipo, solo brazos abiertos y hombros dispuestos a ayudar a cargar el dolor que estaban sintiendo. Pasaron cerca de dos horas en la misma dinámica. Fue el único espacio de apoyo que todos habían recibido en muchos años. El rector les hacía ir al colegio a llenar formatos siempre que una situación de orden público pasaba, pues “los profesores debían cumplir con su jornada sin importar qué pasara”. La alcaldía repartía un par de refrigerios al día, esperando que la situación se calmara y que todos regresaran a sus veredas. La gobernación hizo una visita que no duró más de 15 minutos entre fotografías y palabras a la prensa local antes de irse de nuevo. Los docentes nunca habían sentido el abrazo de los otros, sentían vergüenza de saberse frágiles ante la situación. Solo una certeza quedó: no podemos cambiar el mundo, pero podemos abrazar a quienes tienen la valentía de intentar cambiarlo.
