“Nadie puede construirte el puente sobre el que precisamente tú tienes que cruzar el río de la vida”.
Nietzsche.
Por Cristian Camilo Cardona

Ilustración: Sin título – Luana Du
En el marco de la conmemoración de los 90 años del nacimiento y los 35 de la muerte de Estanislao Zuleta, resulta necesario acudir a su pensamiento crítico para abordar un tema que ocupó un lugar preponderante en sus reflexiones: la educación. Desde temprana edad, Estanislao Zuleta asumió una actitud crítica respecto a la educación, pues consideraba que “la escuela transmite datos, conocimientos, saberes y resultados de procesos que otros pensaron, pero no enseña a pensar”, y, en consonancia con esta idea, abandonó la escuela para empezar a construir el puente por el que transitó durante su corto pero auténtico periplo por este mundo.
Su ruptura con la educación tradicional no debe asumirse como un capricho de juventud, o una pataleta motivada por los bríos de rebeldía y emancipación superficial de quien se resiste a esa forma de autoridad que representa el aparato educativo. No. Estanislao Zuleta hervía en preguntas profundas, digamos, esenciales, que no las resuelve el currículo hegemónico que, por el contrario, busca acallar esas inquietudes incómodas para el sistema capitalista.
A partir de un modelo de transmisión unidireccional de contenidos, los estudiantes son adiestrados para memorizar determinada información que, probablemente, olvidarán al día siguiente de la evaluación, porque el objetivo no es el conocimiento adquirido, sino las notas que le permitan aprobar cursos y grados académicos: así es como la educación tradicional configura tempranamente en los sujetos una forma maquinal y utilitarista de pensamiento, que en última instancia es el objetivo de la educación que dictamina el sistema socioeconómico al que se integrarán posteriormente.
Estanislao Zuleta siempre tuvo claridad respecto a la importancia que tiene la presencia, no de profesores, sino de maestros en el proceso de formación de los sujetos y lo que ello implica en la vida personal y colectiva de los mismos. Ciertamente, es difícil encontrar maestros en el ámbito académico, que los hay, pero Zuleta tuvo la posibilidad de coincidir en su camino intelectual con grandes maestros, empezando por su padre —quien participaba en los círculos culturales e intelectuales de la Medellín de principios del siglo XX—, con quien compartió su amistad con Fernando González. Maestros encontró también en Nietzsche y en Marx, en Dostoievski y en Freud, pero esto no hubiera ocurrido sin ese fuego que ardía en el núcleo mismo de su ser, sin ese deseo de saber que le convocaba de manera esencial.
Al margen del modelo estandarizado de formación que impone la sociedad capitalista, Zuleta bebió de la filosofía, la historia, la sociología, la economía, el psicoanálisis y la literatura, encontrando en ellas las herramientas con las cuales fue construyendo el puente por el que transitaría de una orilla a la otra del río de su vida personal e intelectual. Quizás lo que articuló las inquietudes de Zuleta haya sido la pregunta ¿qué es el ser humano? Dado que tal reflexión implica establecer un diálogo abierto y crítico con las diferentes disciplinas y tradiciones que han intentado dar cuenta por separado de un objeto de estudio que se nos presenta como múltiple.
Para Zuleta, la dimensión psíquica del sujeto está estrechamente ligada a las condiciones materiales, históricas y culturales en las que éste se sitúa, y tal vez la tarea principal de la educación sea la de poner en común con los estudiantes todas estas cuestiones, para permitirles comprender aquello que nos hace humanos, no ya para hacer de ello un mero ejercicio interpretativo del mundo sino, como dijo Marx, para transformarlo.
La educación entendida como mecanismo de adiestramiento de las subjetividades de cara a la reproducción y sostenimiento del modelo capitalista, se articula con las ideas de individualidad y la competencia que podemos evidenciar en el afán egoísta de los estudiantes por alcanzar mejores notas académicas que sus compañeros, puesto que ello representa el ideal del éxito en el ámbito escolar. Después algunos lo podrán perpetuar en la vida universitaria pero, finalmente, todos pasarán a insertarse en el mundo laboral donde las cosas son todavía más salvajes. Todo esto lo cuestiona Estanislao Zuleta, lo mismo que la democracia liberal, máscara que cubre el rostro del poder hegemónico de una clase social que gobierna para sí misma en detrimento del bienestar general, que se supone es el deber ser del Estado.
Un modelo de formación que enseña la obediencia a la autoridad y no a la razón, donde prevalece la autoridad del conocimiento del docente sobre la ignorancia del estudiante; un proceso de adiestramiento donde los contenidos académicos se estandarizan a partir de unos criterios de utilidad a la manera mercantil, sin tener en consideración qué es lo que en realidad desea saber cada estudiante, cuáles son sus pasiones, sus anhelos, sus inquietudes; un espacio en el que no es posible la crítica argumentativa desde el debate, donde el diálogo permita la confrontación y el conflicto entre las diferencias que nos constituyen como sociedad en aras de fortalecer el sentido original de la democracia; en definitiva, este proceso formativo cumple a cabalidad la función de preparar la mano de obra que sostiene la maquinaria capitalista, porque encausa el rumbo de las masas que transitan por los viejos puentes construidos por otros, donde las verdades reveladas, los dogmas y las ideologías se nos ofrecen como el ideal del éxito y la realización personal.
En Estanislao Zuleta encontramos un caso sui generis de formación que a la vez es crítica aguda y horizonte de posibilidad ante la realidad de la educación actual, y la manera en que fue construyendo y transitando el puente vital de su historia se conserva en sus enseñanzas como maestro y como ser humano. En la distancia del tiempo resuena en su voz — con mayor pertinencia en la época que vivimos— la invitación kantiana a atrevernos a pensar por nosotros mismos.
