Margaritas ante porcos

Por Aníbal Pineda Canabal.

Libertad” – Pintura de Manuela Moreno Gómez

El sabio Abentofail, en la España musulmana del siglo XII, escribió una novela tan fresca en su contenido, tan lejana de las aburridas disquisiciones escolásticas de su tiempo y tan nuestra que parece que lo fuera más que de su propio tiempo. Aunque fue la primera novela escrita en árabe, no hay en ella nada de diletantismo y se podría decir que el género que inauguró, ya recién nacido, se elevó a un alto punto de arrogante perfección. El filósofo autodidacto cuenta la historia de Hayy ibn Yaqzan, que pasa su vida en una isla lejana, sin padre ni madre, ni ninguna compañía humana desde su más tierna infancia.

Como un Tarzán del Medievo, Hayy es criado por una gacela y aprende por sí mismo los conocimientos prácticos y científicos, necesarios para la vida: el lenguaje de los animales, la fisiología de los cuerpos, la producción del fuego, la cocina de los alimentos, la fabricación de herramientas y vestidos y todas las artes mecánicas. En su soledad, Hayy se entrega a la experimentación y al conocimiento de la naturaleza y al conocimiento de la propia alma sin dejar de incursionar, con gran provecho, en la más alta especulación filosófica. A través de la meditación, alcanza al fin la visión intuitiva del Ser necesario, en un estado de arrobamiento en que se complace de conocimientos elevados sobre la vida y el mundo.

La historia narrada por Abentofail venía a ser así la realización novelesca de aquello que ya su maestro Avempace había llamado el “régimen del solitario”, es decir, la vida propia del sabio que, huyendo del ruido y de las discusiones fútiles que no conducen a nada, se concentra en la búsqueda del unum necessarium, aquello verdaderamente importante, donde hay sabiduría y no ya simple habladuría chabacana.

Cuando, en diciembre pasado, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas anunció los hallazgos de varios cuerpos de víctimas del conflicto armado en un sector de la Comuna 13 de Medellín, los hechos vinieron a confirmar sospechas de vieja data, a saber: que la escombrera de la parte alta de la zona había funcionado como cementerio a cielo abierto para borrar el rastro de crímenes, producto principalmente de la alianza entre fuerzas militares y paramilitares, que tantas veces en nuestra historia reciente han actuado en desvergonzado contubernio. Las miradas se dirigieron entonces a las madres buscadoras que confirmaban al fin, de manera irrefutable ante la sociedad entera, aquello que venían diciendo desde hace 20 años. «Las cuchas tienen razón» fue entonces la frase con la que colectivos de arte callejero quisieron rendirles homenaje: el 12 de enero, dibujaron un grafiti en el sector del Puente del Mico.

La extrema derecha de la ciudad, con la anuencia del alcalde Federico Gutiérrez, su solapado líder natural con quien cogobierna, ofendida por el mensaje, se dedicó a borrar ese grafiti y varios más. Aceptaban así implícitamente que la memoria de los desparecidos de la Comuna 13 conduce a una especie de asociación espontánea entre desaparecidos, Operación Orión, seguridad democrática y uribismo. El resto es historia sabida: empezó una especie de juego de yo pinto – vos borrás que se trasladó incluso a otras ciudades del país.

Cerca de la isla que servía de refugio a Hayy ibn Yaqzan, vivía un joven de nombre Asal. Virtuoso, se esforzaba por llevar una vida honorable y recta. Era dado a la introspección y a la soledad y así llegó a la isla en que moraba Hayy. Tras enseñarle su idioma, Asal descubrió que Hayy había alcanzado el conocimiento del mundo y de Dios y acabaron por volverse entrañables amigos. Asal explicó a Hayy cómo era el mundo allende su isla y convencidos de lo bueno que sería dar a conocer la sabiduría que habían adquirido y enseñar la verdad a sus semejantes, decidieron emprender el viaje de regreso a la ciudad de Asal.

Día y noche, en privado y en público, con afables maneras, intentaron predicar su mensaje y educar a cuantos pudieron. Sin embargo, solo cosecharon desdén y rechazo, de modo que, derrotados en su empeño y entendiendo que la naturaleza de ciertos hombres los hace incapaces de acoger la verdad simple y desnuda, renunciaron a su proyecto. Ofrecieron disculpas a aquellas gentes y las tranquilizaron diciéndoles que su modo de vivir era el correcto y que lo que pensaban estaba bien; que siguieran con sus vidas y que evitaran hacerles daño a otros. Enseguida, se apresuraron a regresar a la isla de donde habían salido y allí vivieron en la virtud hasta que les llegó la muerte.

Entre las enseñanzas que nos deja el Autodidacto está su insistencia en lo poco útiles que resultan las controversias estériles con gente que no está dispuesta a escuchar. La reciente querella de los grafitis ha demostrado que el diálogo con una facción de la sociedad, por ahora, no es posible y debe limitarse al respeto mutuo de la ley que garantiza la libertad de expresión y regula los acuerdos en materia de arte callejero ya existentes. Por lo pronto, el juego del yo pinto – vos borrás se ha aquietado y parece que se ha saldado con un empate: grafitis que se volvieron a pintar, otros que fueron borrados. Por lo visto, a los nuevos guardianes de la estética citadina, solo les gusta el arte políticamente inocuo: pajaritos de colores, barrismo descafeinado, mensajes del tipo «Medellín es una chimba» y otras horteradas de ese corte.

Los dueños de la hegemonía quieren una ciudad que en nada perturbe su relato. Es la extrema derecha procaz que lo mismo está enseñoreada de La Alpujarra que del sentido común de aquellos elementos desclasados de los sectores populares, a los que usa para sus triunfos electorales y a los que luego niega las soluciones reales que reclaman. Es la facción de esta sociedad que no quiere cambiar y que ha edificado su casa sobre la roca de un conservadurismo aupado históricamente por curas y tinterillos y ayudado además por poderes siniestros y sin rostro.

Estos mismos nunca han ahorrado balas allí donde el trapo rojo ha ondeado molesto sobre las montañas que siempre han creído exclusivamente suyas. Su posición de poder los envalentona; los efluvios fascistoides que llegan del Norte e infestan el ambiente político les han hecho perder la vergüenza y renunciar al gesto aristocrático del que dicho conservadurismo hizo gala en otro tiempo. Como hizo el personaje del árabe, a veces dan ganas de dejarlos tranquilos en su imbecilidad y, si acaso, observarlos a distancia para decodificar sus tácticas. El regionalismo ramplón y la profunda complacencia de sí que cultivan llegarán un día a su límite. Mientras tanto, nosotros deberíamos concentrarnos en organizar el pesimismo. Al final, los procesos valen más que los grafitis y la creatividad en los espacios virtuales cuenta por cien muros. La tarea más importante consiste en hacer que cada vez sea más grande el sector del pueblo trabajador, con viva conciencia de su clase y de su historia, que logre entender el gesto de las madres y de los muchachos grafiteros. Dice un verso del Romance del conde Arnaldos: «yo no digo mi canción, sino a quien conmigo va». En cambio, a los cerdos, las perlas no hay que echar, pues las pisotearán y acabarán por hacernos trizas.

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