Editorial No 108: La calle también educa

Portada: «Herederos de la tierra» / Myrta Pons (Argentina)

La avalancha de los medios corporativos contra Petro desde su misma campaña ha sido tan evidente que ya ni siquiera vale la pena insistir en su denuncia. En el recuerdo queda todavía aquella portada de la revista semana previo a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en donde ponían cara a cara a Rodolfo Hernández con Gustavo Petro enmarcados en el titular: ¿Exguerrillero o ingeniero? Desde entonces los ataques mediáticos contra Petro y su proyecto de gobierno no han hecho sino aumentar y generalizarse.
Lo que en cambio se ha comentado poco es la actitud de algunos líderes de opinión, con una tradición supuestamente crítica e independiente, que ahora se sienten obligados y obligadas a concentrar su supuesta agudeza periodística en desvelar las manías de Petro. Asumen de una manera abstracta el sentido de la crítica y de la independencia periodística mientras se concentran en banalidades. No es que esté prohibido cuestionar el accionar del presidente Petro, todo lo contrario. Pero no deja de ser sospechosa la actitud de aquellos columnistas y opinadores profesionales que, durante casi tres años, o incluso desde antes, no han encontrado otro tema de inspiración para sus ejercicios semanales que las salidas en falso de Petro, como si en el mundo político tan agitado del país no pasara nada, o como si todo lo que pasara no tuviera otra explicación que las acciones equívocas de un presidente, según ellos borracho de poder.
Al reducir los problemas que sacuden hoy a Colombia a las confrontaciones de Petro con sus opositores del Congreso y otras instituciones, a simples peleas y enfrentamientos de egos, ignoran un asunto fundamental en cualquier análisis político: que la política nunca es un asunto de individuos sino de fuerzas sociales y relaciones de poder. Cada cuestionamiento de Petro a las otras instancias de poder lo asumen como un irrespeto a la independencia de poderes, dando por sentado, primero, que efectivamente en Colombia hay independencia de poderes y, segundo, que cada rama del poder público es sagrada e intocable, como si estuviera investida por un poder divino que la blindara contra equívocos y malas intenciones.
Pecan de la ignorancia más extrema, haciendo caso omiso a las evidencias históricas más innegables: en Colombia, y probablemente en toda democracia burguesa, la independencia de poderes no pasa de ser un mero discurso hueco y demagógico, como la democracia misma que dice ser el gobierno del pueblo, cuando realmente las élites que se han hecho históricamente al poder hacen hasta lo imposible por mantener alejado al pueblo de todas las instancias decisorias. Por eso los padres de la patria amangualados en el Congreso de la República dicen sin el más mínimo rubor que la convocatoria a la Consulta Popular es un atentado contra la democracia.
Todas las instancias de poder institucional en Colombia están cooptadas por la misma élite mafiosa y corrupta. La encontramos enquistada, por supuesto, en el Congreso de la República, pero también en la Corte Suprema de Justicia, en El Consejo Nacional Electoral, en La Corte Constitucional, en el Consejo de Estado, en la Procuraduría, en La Contraloría, en la Fiscalía, en La Defensoría del Pueblo. Entre esa élite se reparten los cargos y las funciones como la división del trabajo propia de una banda de delincuentes. Los escándalos recientes en todas ellas deberían ser suficientemente aleccionadores, sino fuera por el silencio que ante ello guardan, las más de las veces, los supuestos opinadores críticos e independientes del país. Se cuidan siempre de un análisis local, superficial, evitando abordar la configuración estructural del poder en esta república bananera donde la lucha de clases se lleva con las mismas lógicas y estrategias de la lucha de pandillas.
Porque lo que hay detrás de la confrontación entre Petro con otras instancias de poder estatal no es otra cosa que la manifestación de la lucha de clases en el estado actual de la correlación de fuerzas entre las masas populares y los representantes políticos del capital monopolístico. Es la lucha entre una élite dominante perfectamente consciente de sus intereses comunes (sobre todo ante la amenaza de un cambio radical), dispuesta a apelar a todas las formas de lucha para defenderlos, incluso las más rastreras y arbitrarias, y unas masas desarticuladas y desorganizadas que todavía no alcanzan a ponerse de acuerdo frente a los intereses en juego y las estrategias colectivas para impulsarlos.
Esa élite se ha unificado frente a la necesidad de frenar todas las reformas que el gobierno ha presentado al Congreso con el fin de mejorar la suerte de los sectores populares, históricamente explotados, humillados y ofendidos por los poderosos. Y este propósito lo han expresado abiertamente y sin ambages, como cuando el presidente del Senado, Efraín Cepeda, expresó públicamente, poco después de su posesión, que su misión era hundir todas las reformas sociales propuestas por el gobierno, con ello expresaba el propósito de la clase dominante desde el primer día en que este Congreso empezó a legislar. Su tarea no es hoy otra que bloquear cualquier posibilidad de cambio que lesione sus privilegios infames.
Y sus logros han sido evidentes: bloquearon la ley de financiamiento presentada por el gobierno para asfixiarlo económicamente, hundieron la reforma a la educación, dos veces la reforma a la salud y dos veces la reforma laboral, torpedearon y amputaron la reforma pensional y al final, no contentos con eso, la demandaron ante la Corte Constitucional, quien está a punto de hundirla. La alevosía ha sido tan descarada y evidente que estamos obligados a preguntarnos por qué no estamos permanentemente en las calles confrontando al Congreso y a las demás instituciones que parecen existir para perpetuar la ignominia. Los medios corporativos, al servicio de esta élite, y los supuestos opinadores independientes, en cambio parecen extrañarse de que el pueblo se tome alguna vez las calles, como pasó en el anterior paro, como si no hubiera motivos para ello y como si la paz y la tranquilidad de los grandes capitales a los que representan fuera sagrada. Solo que la estrategia es enfrentar al pueblo con el pueblo, mostrando los inconvenientes a los que el paro somete a los trabajadores y estudiantes que no pueden seguir con sus cosas como si nada pasara.
La lucha de clases está a la orden del día en nuestro país y en el mundo, con una elite corrupta dominando en cada rincón y apelando a las formas más encarnizadas de sometimiento de las masas. El problema es que buena parte de estas masas no parece percatarse del asunto y demandan a los pocos que se la juegan en la calle que los dejen seguir tranquilos con su vida miserable. Esta situación demanda también a los dirigentes sociales repensar y reinventar las formas de movilización, de tal manera que logre involucrar y empatizar con los sectores de las masas más aconductados y propiciar un despertar efectivo. El propósito de la movilización no debería ser solo tumbar o posicionar x o y reforma, sino ante todo fomentar la emergencia de un sujeto social crítico y comprometido con la construcción de sus propias condiciones de emancipación. Eso demanda mucha creatividad en las estrategias movilizadoras y repensar la calle y la movilización como un escenario de educación de las masas.

«Creación de rayos astrales» (1955) / Remedios Varo

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