Briceño: Entre la minería y la vida

Por Emilio Taborda

Foto: Emilio Taborda

La minería es una actividad tan frecuente y común en Briceño (Norte de Antioquia) como su momento lo fue (y parece comenzar a surgir de nuevo) la siembra y recolección de coca. La mina, cercana al río que da vida al municipio, cuenta con máquinas que arrancan la tierra y la depositan en otro lugar; en ese breve momento las personas tienen “permitido” tirarse al hueco que se acaba de hacer para recoger tierra y salir inmediatamente. No obstante, si las personas no están pendientes de la máquina y no alcanzan a salir, poco o nada importa volver a introducir la maquinaria o dejar caer tierra en el mismo lugar. Quizás las únicas normas que rigen allí son los horarios y restricciones que los grupos armados establecen.

En la medida en que las oportunidades económicas resultan escasas, muchas personas se ven obligadas a recurrir a la minería como forma de sustento de sus hogares. No es extraño, por tanto, encontrarse con madres y padres cabezas de hogar que se ganan la vida en las minas. Sin embargo, las pérdidas que deja este tipo de prácticas se presentan en diferentes aspectos: ambientales, territoriales e incluso de vidas.

Muchos niños y jóvenes del territorio asisten también a las minas, ya sea para ayudar en sus casas, tratando de sacar adelante a sus familias, o como una forma de conquistar su autonomía económica. No son pocos los estudiantes que constantemente faltan a clases o se retiran del colegio con la excusa de tener turnos en las minas. El año pasado, en el 2024, un estudiante que cursaba apenas el séptimo grado comenzó a asistir a la mina, pues quería comprarse un celular con el que pudiera jugar free fire con sus compañeros de clase. En menos de un mes recogió el dinero que necesitaba y compró el celular; pero siguió asistiendo porque ahora quería comprarse unos zapatos originales.

La vida tendría preparado un destino irónico para este chico: durante uno de los turnos, cuando estaba a punto de completar la meta que se había propuesto, quedó atrapado por la tierra y una de las máquinas que se utiliza para la extracción de tierra comprometería su pierna derecha. A pesar de ser trasladado inmediatamente a Yarumal y posteriormente a Medellín, el joven perdió su pierna. No se volvió a saber nada de él, pues se retiró del colegió y a los pocos días se fue del pueblo.

Otros no suelen tener la misma “suerte” del joven, como dicen en el pueblo. Hace apenas un par de semanas, en la misma mina, un grupo de gente, específicamente 8 personas, quedó atrapado y sepultado por la tierra. De este grupo 7 personas pudieron escapar con la ayuda de los otros mineros, resultaron levemente heridos. En cambio, la persona faltante sería precisamente eso: un vacío en el comedor de una familia, una madre que ya no podría abrazar a sus hijos, que no llegaría con el dinero con el que día a día se alimentaba la familia.

Estas historias no son un desafortunado suceso que ocurre en contadas ocasiones; antes bien, es la constante de una historia que se repite incesantemente. Mes tras mes llegan heridos al hospital, que son trasladados de manera urgente, en su gran mayoría, para ser atendidos en hospitales que cuenten con las herramientas para garantizar su vida y su bienestar. Los números y después los nombres vuelan como pájaros de boca en boca, de oído en oído; pero con el paso de los días son olvidados, hasta que llegue la nueva lista, el dolor, la ausencia y los lamentos.

Desde algunos lugares del pueblo es posible ver el río e incluso la fauna que se mueve alrededor del mismo. Si hay suerte, quien se detenga a observar puede captar las piedras y el flujo cristalino de sus aguas. Pero esto sucede ahora con la frecuencia de un eclipse solar. Antes no era así, dicen las personas de la comunidad; ahora lo “normal” es encontrarse con un flujo de agua café, lleno de piedras, tierra y hasta basura; cuando no con un lodazal del que apenas logra escapar el agua. Hace algunas semanas, la sorpresa, al mirar el río desde uno de los puntos donde suele divisar, fue observa que este prácticamente había desaparecido. Parecía más una especie de cañón por el que, se sabía, alguna vez había corrido el agua, pero ya casi sin rastros de la misma.

El territorio pierde así sus recursos naturales, la naturaleza es explotada hasta ser transfigurada en algo irreconocible, el ecosistema colapsa y las especies pierden una fuente de vida. No solo el medio ambiente sufre, las familias viven con el miedo y la incertidumbre del destino que les depara a los miembros que asisten a la mina: muchos han salido heridos, otros directamente recogen los últimos gramos de oro sin saber que ni ellos ni sus familias podrán usarlos. Los niños pierden su infancia y las posibilidades de un futuro diferente por el llamado que la mina les hace y su promesa de poder ayudar en sus casas y de adquirir todos aquellos bienes materiales que siempre han querido.

Todo esto sin mencionar cómo los grupos armados se ven atraídos por este tipo de espacios donde abunda el oro, lo que genera conflictos, disputas, amenazas dentro del territorio. Incluso, aunque ha habido personas que han tenido la fortuna de su lado dentro de la minería en Briceño, es fácil encontrar que son estas mismas las que pierden todo (incluso varios millones de pesos ganados en un solo día) en la medida en que el despilfarro, la fiesta y el alcohol les deja en la misma situación en la que estaban antes de ir a la mina: sin nada, o en el peor de los casos, con más deudas.

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