Por Aníbal Pineda Canabal

Collage cortesía del Aula Punk y Carlos David Bravo (Caliche)
Mucho se ha hablado en los últimos meses de un regreso del fascismo. La progresión y aun el auge de la extrema derecha en el mundo parecen confirmarlo. El consenso en torno a la democracia liberal, que había reinado sin mayores sobresaltos tras la Segunda Guerra Mundial en los países del Norte global, se ha erosionado hasta niveles alarmantes. En América Latina, allí donde no son ya gobierno, autoritarismos de nuevo corte, abiertamente contrarios a las luchas populares, amenazan con capturar los gobiernos, armados de un credo neoliberal que, con nueva envoltura retórica libertaria o populista, repite viejas fórmulas económicas.
Por lo visto, hasta ahora el fascismo tan solo había sido contenido: con el traslado de los conflictos armados a las periferias o con la carta blanca dada a fanatismos bélico-religiosos se lo había dejado adquirir nuevos rostros, por fuera de sus nichos históricos. Por el recuerdo, demasiado vivo todavía, de los horrores de la guerra, se había eclipsado del espacio público, sin desaparecer del todo, pero sin alcanzar mayores éxitos electorales ni concitar apoyo deliberado y masivo. Para detener el contagio socialista, el Estado social burgués lo había dejado sin razones. Se metamorfoseaba, si acaso, por fuera del Centro, en forma de dictaduras militares y de regímenes corruptos sostenidos en silencio por los grandes poderes.
Todo esto había asegurado la estabilidad del régimen asentado sobre el pacto tácito de las derechas con la socialdemocracia, que había abandonado, por cierto, los impulsos revolucionarios de sus comienzos. El destino de una sucesión tranquila como alternancia pendular entre las primeras y la segunda parecía estar asegurado. Luego vino la caída del bloque soviético, la crisis de los combustibles, el cambio climático y, en general, la evolución del sistema económico bajo el signo de la tecnología, la era de las telecomunicaciones, la Internet y la inteligencia artificial. La precaria pax romana de la democracia liberal y el Estado de bienestar se ha terminado y, en la confusión, el fascismo parece que ha dejado de metamorfosearse para regresar en la horma que le conocemos. Mientras la correlación de fuerzas geopolíticas se reorganiza, los viejos imperios se remueven en estertores histéricos y la situación hace pensar en los viejos fantasmas del pasado.
La idea de un regreso de la gran patología social del siglo XX está a la orden del día. Detrás de dicha idea se halla la convicción de que el fascismo es ante todo un fenómeno colectivo transhistórico que existe psicológicamente en forma de pura latencia. Los sujetos lo incubarían permanentemente y el fascismo tan solo esperaría descascararse en el contacto con las condiciones reales de la propia existencia sociohistórica. El fascismo parece así ser una especie de enfermedad autoinmune que la democracia misma produce y que debe prevenir, a nivel macro, por medio de procedimientos higiénicos del tipo «cordón sanitario», o «muro cortafuegos» (nombres que hacen referencia a la práctica política que busca excluir a los partidos de extrema derecha de las mayorías parlamentarias en Europa).
Las crisis del sistema económico y del pacto social reactivan este fascismo larvado que pasa entonces de entenado incómodo que se esconde a mostrarse cínicamente: pierde su vergüenza y aflora. Esta desinhibición de las pulsiones que el fascismo encarnó en su momento es lo que parece estar vivo: la tiranía violenta de las mayorías sobre las minorías, la confiscación de las libertades, la incautación de una retórica de la transformación social y el secuestro del desarraigo y de las luchas populares en favor de un proyecto identitario que procura purezas únicamente imaginarias. Han desaparecido, en cambio, su ideología racial explícita, sus coqueteos con el movimiento obrero, su liturgia militarista, su envoltura tradicional partisana. Pero ¿estamos tan solo ante una cara nueva de un mismo fenómeno histórico?
Pensar así solo es posible a condición de que se entienda al fascismo como mera estructura pulsional, allende la historia y los determinismos sociales. Resultaría entonces que, en nuestros días, estamos como ante una nueva temporada de una serie de entretenimiento famosa en el pasado, que incluye nuevos personajes y situaciones, pero que en el fondo continúa la misma trama. Esta forma de explicar lo posteriorpor lo anterior diluye la especificidad histórica del fenómeno que estamos viviendo. Si lo que constituye una categoría histórica es su realidad yente y viniente, el fascismo no es entonces una categoría histórica. Corresponde a una época particular, distinta a la nuestra y murió con ella. No es un modo de ser político ni social que se confunda con nuestra forma humana de habitar permanentemente el mundo, ni una latencia, ni una enfermedad autoinmune de la democracia.
Del fascismo como fenómeno histórico circunscrito al siglo XX occidental no sobrevive ni su ser íntimo, ni su forma nunca acabada, ni su presente dentro de cada uno como pura posibilidad. Lo que sobrevive es si acaso nuestra propia barbarie nunca del todo conjurada, por medio de la cual lo irracional no plenamente integrado ni gestionado reclama su parte de vez en cuando. A esa historia de la barbarie, el fascismo la enriqueció ciertamente con pulsiones propias y con el tipo de desinhibición política que inauguró. Pero lo que parece que vuelve siempre sobre las alas de las crisis es algo más. El fascismo fue tan solo un fenómeno histórico, que respondió a un estado de desarrollo de las fuerzas sociales y productivas, cuya base ha desaparecido en parte y se ha conservado en parte. Solo en la medida en que de aquella forma social sobreviven aún algunas características, no porque hayan quedado congeladas en el tiempo, sino porque pertenecen todavía a nuestra forma social dominante, podemos decir que está de vuelta el monstruo.
Pero el camino que estamos recorriendo no es el de una forma histórica fetichizada, yente y viniente. ¿Encontraremos las fórmulas correctas para que la desinhibición de la barbarie a la que asistimos pueda detenerse? Los apicultores saben que es necesario frezar sus colmenas, es decir, limpiarlas de la inmundicia que dentro de ellas se produce. El único colmenero capaz de frezar la propia colmena y detener la barbarie en curso es la política social. Pero como esta ha ido siendo progresivamente abandonada en el mundo, la respuesta a la situación actual la tiene tan solo esa oposición hasta ahora dispersa contra el sistema. ¿Seremos capaces de reunirnos para crear alternativas y nuevas formas de inventiva política que superen la tentación del repliegue identitario? Contra el no-lugar al que lleva la barbarie, solo queda la u-topía concreta.

Gran artículo
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Gran artículo, muy bien hecho
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Un excelente recorrido retrosopectivo a lo que hemos sido, somos y no dejaremos se ser. Inherente, inevitable, propio de una naturaleza raza. Todo se repite
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hola. Muy buena reflexión . Las soluciones son dispersas así como ha Sido la inoculación dispersa de las estrategias del sistema (burocrático, clasista) , entonces está en cada individuo y ojalá en cada familia hacer esa crítica y discernimiento de lo que ha permeado y permitido entrar esa forma parasitaria de existir. Pero es cierto que requerimos de guía para ingresar y reunir el fruto de una conciencia que aunque sabe que existe entre burgueses y fanáticos también sabe que puede evitar ese frenesí del que se alimenta el sistema para promover sus formas. Gracias por la orientación. Saludos.
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Excelente!!!
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