Por Diego Meza

Ilustración: “Sr. Cosa”/ Carlos Rengifo
¿Qué tienen en común el dinero, Feet Finder, el algoritmo de TikTok y los celulares? De entrada, nada. Sin embargo, todos los anteriores elementos tienen poderes que desbordan su utilidad, en otras palabras, pueden ser vistos como fetiches contemporaneos. Estos objetos, aparentemente banales, aglutinan pasiones, miedos, deseos, sueños y energías sociales que no solamente nos inquietan y seducen sino que también nos controlan. Su magia dilata los ojos de las masas, fusiona sensaciones, distorciona voces, añeja olores y desborda los gustos.
El fetichismo es un concepto ampliamente criticado tanto por la multiplicidad de significados y aplicaciones como por el carácter peyorativo con el cual suele ser empleado. Según algunos autores, las sociedades atribuyen a ciertos objetos poderes que en realidad no poseen. Los individuos no sólo piensan que un objeto tiene una cierta fuerza, sino que actuan como si la tuviera. La labor del científico consiste en identificar fetiches y exponer de esta manera las creencias inadecuadas de quienes los fabrican o denunciarlas como arcaicas o irreales. Marx, en el siglo XIX, explicaba el fetichismo de la mercancía como un proceso por el cual los objetos generados por el trabajo humano adquirían una apariencia autónoma, como si se produjeran por sí solos, y ocultaban las relaciones sociales que los hacían posibles. Pareciese que tuviesen un valor en sí mismo, cuando en realidad son la consecuencia de negociaciones, imposiciones y jerarquías.
En la actualidad, producimos nuevos fetiches. No los reconocemos como tales porque ya forman parte de un paisaje que hemos rutinizado. El dinero es quizás el fetiche con mayor seducción. Su fuerza está en su capacidad de representar lo inalcanzable. A través del dinero se pueden comprar artículos de todo tipo, pero también se garantiza un cierto estatus, el control del poder y del tiempo. Lo paradójico es que, aunque sabemos que el dinero es solo papel, seguimos actuando como si tuviera una naturaleza mágica. La fetichización del dinero no radica en ignorar su carácter simbólico, sino en reificarlo: creer que esta representación es real.
Las aplicaciones digitales no se escapan de este fenómeno. FeetFinder es una plataforma en la que actualmente se articulan varios fetiches. Los pies, las uñas, los brazos y otras partes del cuerpo que vienen tradicionalmente ignoradas u ocultadas, se convierten en objeto de deseo, negocio y representación. No se trata de una desviación o un antojo raro, en estos espacios se opera la comercialización y estetización de la intimidad, es decir, que las uñas ya no son un medio de protección de las terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo sino escaparates simbólicos donde se proyectan pulsiones, fantasías y relaciones de poder. Es importante notar que, en este tipo de fetichismo, la fascinación ya no es el cuerpo total sino un apéndice o fragmento.
El algoritmo, por su parte, es un fetiche poco transparente. No lo podemos ver o tocar, pero confiamos en él. Le atribuimos voluntad, acción y pensamiento. Decimos: “el algoritmo me muestra esto”, “me está llevando a esta parte”, “me cambió los precios”, como si se tratara de un demiurgo que lo controla todo. Empero, el algoritmo no es más que un acervo de datos organizados y alimentados por nuestra propia información. Su potencia es el resultado de nuestros clics, me gustas y la gestión de las opciones de privacidad. Al percibirlo como una entidad autónoma de orden superior que anticipa nuestras ideas y decisiones, echamos de largo su origen colectivo y ocultamos la responsabilidad en la gestión de la información por parte de sus diseñadores.
Otro de los fetiches más poderosos es el celular. En su pantalla proyectamos nuestra identidad, inventariamos nuestros afectos y plastificamos nuestro mundo. El teléfono móvil se ha convertido en nuestra vida y su dador de sentido. Cada “like”, app descargada, mensaje de voz enviado, editado o cancelado, refuerza la idea de que este aparato no solo es un instrumento de comunicación, sino quien valida o no nuestra propia existencia.
Todos estos objetos comparten una misma ilusión, nos hacen olvidar que fueron creados por nosotros. Las interacciones sociales que los produjeron se borran, y en su lugar aparece la cosa-artículo como depositaria de un poder mágico y autónomo. Como señala David Graeber, el fetiche no es una ilusión ingenua, sino una creación y reproducción colectiva que genera efectos muy reales. Son estos objetos que, al ser deseados o venerados masivamente, terminan estructurando un campo social, manteniendo estatus, definiendo jerarquías, alimentando pulsiones y legitimando exclusiones.
He aquí la paradoja de los fetiches. Por un lado, la fetichización de un objeto supone la creatividad social de los creadores, la fantasía y la magia con la cual se asignan características y funciones. Por otro lado, cuando estas fuerzas se reifican y se naturalizan, se vuelven inevitables y lo que inició siendo creado por un grupo social termina controlándolo. El fetichismo, por tanto, no es simplemente una forma de alienación, sino un indicio eficiente que nos permite comprender cómo funciona el poder en nuestras sociedades. ¿Quién crea el valor? ¿Quién asigna significados? ¿Qué intereses defiende? ¿Qué límites impone? ¿Qué oculta o trivializa? Quizás, más que destruir fetiches, debamos aprender a verlos con nitidez. Y reconocer, detrás de su fulgor, las fuerzas y sistemas sociales que nos modelan.
