Reflexiones de un docente de religión

Por Tatiana Machado González

«Dios bendiga este negocio», Ilustración de Carlos Rengifo

En la Constitución Política de 1991, el Estado colombiano se reconoce como laico y se dan garantías de derechos para todas las expresiones de religiosidad y espiritualidad. Estas garantías se extienden a todas las instituciones públicas, incluidas, claro, las instituciones educativas. Pero aquí aparece una cuestión espinosa, porque, aunque ya no se queman brujas en la hoguera ni se persiguen cristianos o protestantes para ser ajusticiados, el desarrollo de la libertad de culto sigue siendo una cuestión inconclusa y problemática. Cierto, además, que los ateos gozan hoy de cierta libertad, pero casi escondidas, porque admitirlo en público trae consigo una serie de preguntas incómodas y personales, aunque ya no se les lincha. Simplemente siguen siendo vistos como una rareza. Y es que, en la práctica, en la vida diaria, eso de la separación entre Iglesia y Estado es otra cosa…

En clínicas y hospitales, incluso en la oficina del tránsito de Medellín, hay capillas para la oración. En muchas escuelas se celebran misas y reuniones religiosas; muchas mañanas las clases inician con una oración, porque “así debe ser”, ¿no?

Caucheras, un pequeño centro poblado en el Urabá antioqueño, es un ejemplo claro de la complejidad de esta situación. La comunidad ha sido golpeada con furia por la violencia, no solo la del conflicto armado, sino esa otra violencia más “sutil” pero persistente: la violencia estructural, esa que margina, empobrece y doblega el espíritu de las personas. Por eso, aunque abrumador, no es de extrañar que quien recorra el territorio se encuentre con al menos siete centros religiosos cristianos; Dios ha sido, históricamente, un consuelo para los desposeídos. Les ha dado fuerza para continuar cuando parece imposible hacerlo. La espiritualidad, en tanto dimensión profundamente humana, impulsa a las personas a ir más allá de lo inmediato, de lo visible, de lo soportable.

En ese contexto, la enseñanza del área obligatoria de Religión en la escuela se convierte en un reto: el Estado es laico, y el conocimiento que allí se comparta no debería estar parcializado hacia ninguna práctica religiosa. Antes bien, debería invitar, en una hora semanal, a pensar esa otra forma de habitar el mundo que tiene el ser humano, la que lo conecta no solo con sus semejantes, sino con todo lo que lo rodea: con sus antepasados, con las estrellas en el cielo, con lo que aún no conoce. En Caucheras hay muchos indígenas Emberá y afrodescendientes, muchos desplazados del Chocó, que se han asentado en el territorio. Es decir, la diversidad étnica también es un factor qué pensar al preparar la clase de Religión. Donde hay una mayoría mestiza predominantemente cristiana, se corre el riesgo de invisibilizar otros rituales y otras creencias, o dar por sentado que ser cristiano es la norma o “lo normal”.

Frente a una supuesta postura de inclusión, se encuentra siempre la posibilidad de que alguien se sienta agredido al hablar de libertad religiosa o de una visión de la divinidad que no concuerde con la impuesta. Incluso, que este discurso de la libertad religiosa sea instrumentalizado para ir en contra de los derechos de otros. Algo de lo que he sido testigo y me permito narrar: puede ocurrir que un niño que descubre su sexualidad sea acusado de “ofender” el derecho religioso de otro, solo por querer bailar cumbia vistiendo una falda junto a las niñas en una izada de bandera. Pasa seguido, por estos días, que el discurso de los derechos sea utilizado por quienes en realidad actúan en su contra.

Que la espiritualidad es importante en la vida del ser humano es innegable. En este mismo territorio he escuchado testimonios de personas que se sobrepusieron a la pérdida gracias al encuentro con Dios. Uno se ha quedado conmigo especialmente: el de una mujer que perdió a su hijo, un niño de catorce años, a causa del cólera. Entró con él y su esposo a la selva para talar madera de manera ilegal con la intención de ganarse unos pesos. No lo dejó con sus hermanos al cuidado de una vecina porque era inquieto, y en aquella época la violencia se ensañaba con los jóvenes del territorio. Lo vio morir tan rápido que no pudo sacarlo del monte a lomo de mula hacia el hospital. En su lugar, debió llevarlo al cementerio. Tuvo que pedir ayuda a la alcaldía municipal para conseguir el cajón en el que puso su cobija favorita. La fe en algo más grande que todos los mortales la sostuvo. Dios no solo la consoló, sino que la ayudó a seguir viviendo, a reconciliarse con la culpa, con el dolor, con la insoportable ausencia. Dios fue, para ella, no solo consuelo, sino la posibilidad misma de seguir respirando.

Ahora bien, a pesar de las dificultades materiales, de la violencia y la guerra, ¿cómo entender que en una comunidad de menos de mil habitantes existan siete centros religiosos de distintas vertientes cristianas? ¿No parece algo excesivo? Este fenómeno no se limita a las zonas de conflicto. La ciudad de Medellín, por ejemplo, está llena de iglesias de “garaje”, como se les ha denominado. ¿Será que algunos oportunistas han identificado la espiritualidad no como una potente fuerza, sino como una debilidad explotable? Debilidad que puede, claro, ser instrumentalizada para obtener beneficios. Existen cientos de noticias, documentales e investigaciones, en Colombia y en el mundo, que lo evidencian: desde el uso político de la religión hasta sectas que han llevado a suicidios colectivos.

Puede que el problema de la religión, o la pregunta por si el Estado es verdaderamente laico, parezca resuelto en el papel, pero, en la práctica, sigue latente. A veces silencioso, a veces disfrazado de buenas intenciones, pero ahí está. Y un artículo de la Constitución no puede terminar de dar un cierre porque finalmente son las prácticas cotidianas las que le dan vida a los proyectos, esa hora semanal de clase de religión, tal vez pueda marcar un poco la diferencia.

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