Por J. Mario Vergara

Pintura de Alberto Jerez
En Colombia, identificarse con el otro es una virtud tan pronunciada como inútil. Sentimos con el campesino despojado, lloramos con la madre que perdió a su hijo en una masacre, nos estremecemos con el video del joven asesinado por la fuerza pública. Pero algo extraño ocurre: sentimos, pero no actuamos. La empatía, que debería ser el inicio de una revuelta ética, se convierte en un analgésico. En lugar de movilizarnos, nos calma. En lugar de rebelarnos, nos resigna. Y así, en nombre de esa identificación con el dolor ajeno, hemos asistido como espectadores conmovidos al avance de leyes injustas, decretos regresivos y reformas que empobrecen aún más a los ya vencidos de siempre.
Colombia, ese país de la «gente buena», parece haber desarrollado una forma sofisticada de anestesia política: la empatía sin consecuencia. Y aquí está la paradoja: identificarnos con el otro no nos ha unido para transformar la injusticia, sino que nos ha adormecido para tolerarla. No hay revolución, ni siquiera una escaramuza, cuando lo que nos une es el sufrimiento compartido, pero no la acción colectiva.
Esto no es tan extraño como parece, ya que no todo afecto se transforma en acción. A menudo, el afecto reprimido o desplazado se convierte en síntoma. En este caso, el síntoma nacional podría describirse como un exceso de identificación pasiva. No es que no sintamos, es que sentimos demasiado… y eso mismo nos paraliza. Asumimos el dolor del otro como propio, pero en lugar de que eso nos impulse a cambiar la realidad, lo convertimos en un ritual de consumo: lo compartimos, lo comentamos, lo lloramos, y luego seguimos adelante.
La identificación con el otro puede ser un mecanismo narcisista. No amamos al otro por lo que es, sino por lo que nos recuerda de nosotros mismos. El dolor ajeno se vuelve significativo en tanto me refleja. Pero esa forma de identificación no construye comunidad, sino espejo. Y un país lleno de espejos, pero sin puentes, está condenado a la fragmentación.
Esta identificación pasiva se inserta en una estructura social profundamente desigual, donde el sufrimiento es tan cotidiano que termina normalizado. La dominación no se sostiene solo por la represión, sino por la complicidad simbólica de los dominados. Las leyes injustas —como las que han criminalizado la protesta, flexibilizado el trabajo, o privilegiado los intereses extractivos sobre los derechos ambientales— no se aprueban en la sombra. Se discuten públicamente, se denuncian, se debaten en medios y redes sociales. Y, sin embargo, pasan.
¿Dónde están los millones que se conmovieron con el asesinato de líderes sociales? ¿Dónde están los jóvenes que lloraron frente al espejo roto del estallido social de 2021? ¿Dónde están los que se indignaron con la Ley 100 o con la Ley de Seguridad Ciudadana? Están, pero paralizados. Están, pero confundidos. Están, pero convencidos, quizás inconscientemente, de que ya hicieron su parte al sentir.
No se trata de negar el valor de la empatía. Pero una empatía que no se organiza, que no se articula políticamente, es apenas un consuelo estético. La indignación sin estrategia es solo espectáculo. Vivimos en tiempos de vínculos frágiles, donde todo es rápido, emotivo, pero efímero. El dolor social se convierte en “trending topic”, pero no en base programática. El hambre se documenta, se estetiza, se viraliza… pero no se erradica.
Y aquí emerge la tragedia: creo que Colombia no solo está anestesiada por el odio, sino por el amor mal digerido. Nos queremos tanto entre nosotros que nos conformamos con sufrir juntos. Hemos confundido la solidaridad con la compasión impotente. Y así, mientras marchamos con velas, se firman tratados que despojan, se imponen reformas que excluyen, se castiga la disidencia con leyes diseñadas para criminalizar la diferencia.
Tomemos un ejemplo reciente: la Ley 2197 de 2022, también llamada “Ley de Seguridad Ciudadana”. Bajo el pretexto de proteger a los ciudadanos, esta ley amplió el poder punitivo del Estado, criminalizó prácticas de protesta legítima y endureció penas para delitos asociados con el conflicto social. La ley fue cuestionada por múltiples sectores, desde organizaciones de derechos humanos hasta sindicatos y universidades. Pero más allá del ruido inicial, su paso fue tranquilo. ¿Por qué?
Porque colectivamente nos acostumbramos a conmovernos más que a oponernos. Nos duele la injusticia, pero no nos molesta lo suficiente como para interrumpir nuestra cotidianidad. El dolor ajeno es noticia, pero no motor. Y en esta cultura de la tristeza, cada injusticia se vive como una pérdida individual, no como una afrenta colectiva. El duelo reemplaza a la organización.
Pero el problema es aún más profundo: no solo estamos anestesiados, sino que muchas veces esa identificación con el otro es utilizada para reforzar el orden existente. Se nos dice: “todos sufrimos”, “todos hemos perdido algo”, “todos estamos mal”. Y así, se intenta diluir las diferencias de clase y de territorio. Se oculta que en Colombia el sufrimiento no está distribuido equitativamente: lo cargan los de siempre. Las comunidades negras, los pueblos indígenas, los campesinos, las mujeres pobres, los jóvenes periféricos. Cuando decimos “todos estamos mal”, lo que hacemos es borrar al sujeto político y reemplazarlo por un coro de víctimas sin capacidad de acción.
Sin embargo, debemos recordar que todo síntoma tiene un mensaje. Si estamos atrapados en esta empatía paralizante, es porque algo en nosotros aún se resiste a la indiferencia total. El reto es transformar ese afecto en praxis. Sentir con el otro debe conducir a pensar con el otro y, finalmente, a actuar con el otro. No basta con llorar juntos: hay que organizarnos juntos.
Volver comunidad lo que ahora es solo espejo. Volver compromiso lo que hoy es emoción. Y eso implica riesgos: dejar de ser espectadores del dolor ajeno para convertirnos en actores de una historia común. Romper el hechizo de las leyes injustas con desobediencia organizada, con pedagogía popular, con memoria colectiva.
En Colombia, lo que necesitamos no es más empatía, sino una ética del cuidado activo. Un cuidado que se exprese en alianzas, en redes de resistencia, en luchas por lo justo. No basta con identificarse con el otro: hay que acompañarlo en la confrontación. La ternura sin tensión es apenas alivio pasajero. Y este país no necesita más consuelos: necesita transformaciones, porque la historia de los vencidos no se hereda solo para recordar sus derrotas, sino para cargar su promesa. Tal vez este país, herido pero no muerto, solo está esperando que ese afecto inmenso que sentimos por el otro se convierta, por fin, en fuerza para cambiarlo todo.
