Por Juan Gil Blas

Pintura: Juan Noreña
Un minuto sumamente extraño en el cruce de la calle, cuando el semáforo cambió a rojo. Hacía un sol que calcinaba huesos; y una nube negra, como un mal presagio, de oriente al centro se venía encima. ¡Cómo pitaban los dos agentes de tránsito vestidos de azul sobre el fondo blanco de sus calaveras! ¡Cuán pitaban duro, como para reventar los oídos de Méniere!
El tranvía venía, anunciándose con su campana. Los esqueletos de la calle se detuvieron; chocaron cloc-cloc sus huesos; y los de la carrera pararon y colisionaron, musicalizando cloc-clac su fila. Los esqueletos apuraron sus celulares, con los fulgurantes huesos de la mano. Los dos agentes de tránsito vestidos de azul sobre el fondo blanco de sus calaveras, ordenaban el paso de los autos y las motocicletas, con el pito entre las mandíbulas y las blancas manos en alto.
Los esqueletos de los autos y de las motos, ora miraban impacientes a los guardas desde las cuencas vacías de sus ojos, ora atendían a sus celulares. Por las ventanas del tranvía, calaveras con celulares pegados a sus grandes huesos craneales o sosteniéndolos delante de sus promisorios huesos frontales, miraban con sus órbitas desiertas, ora a la calle, ora a sus celulares; y los esqueletos de a pie de los vagones se sostenían de las cogederas, con los celulares entre sus carpos y metacarpos.
Dos esqueleticos, muy flacos, en mitad de la calle, entre los carros mendigaban calcio a los conductores, con sus débiles falanges, falanginas y falangetas estiradas. Los conductores, con las ventanillas subidas y atendiendo a sus celulares, no les hacían caso.
Dos indias de esqueletos aporreados por el sol y como detenidas en un tiempo muy antiguo, tendidas en la acera amamantaban de a esqueletico en sus pechos secos y caídos.
Los esqueletos de las carretillas, en Ayacucho con la Oriental, anunciaban su mercadería con gritos de megáfono que trataban de sobreponerse a los pitos de los dos guardas de azul de fondo blanco y cuencas vacías, y atendían a sus celulares.
El tranvía campanilleó, y un esqueletico blanco y calvo desde la ventanilla de un vagón pasó diciendo adiós con los huesos blancos de la mano.
Un esqueleto entintado de negro de los pies a la cabeza, alto y descalcificado, hurgaba con sus largas y mugrosas uñas un negro tacho de basura, y aplastaba entre sus maxilares puñados de comida descompuesta.
Esqueletos entraban y salían de la iglesia, con celulares en sus blancas manos. Afuera, en la pila de la fuente seca de junto a la estación, otros esqueletos se sentaban o se paraban por ahí en una sombra a mirar a sus celulares; y los de adentro de la estación con apuradas falanges digitaban en sus celulares o hablaban por ellos.
Los esqueletos todos, sin excepción, apurados por el sol sudaban por sus huesos frontales y la ropa se les pegaba a las costillas.
Y las esqueletas, las bellas, incomparables esqueletas de las oficinas y los institutos, atendían a sus celulares en sus delicadas manos blancas de dedos extremadamente largos, o los lucían bajo su diminuta y mostrada ropa interior entre sus curiosos ombligos y sus extraordinarias pelvis, ¡qué coxis, qué iliones, qué cajas torácicas!, ¡orden y subversión, por Dios!
Dos esqueletos jóvenes, de huesos sin porvenir y gorra calada en sus delgados cráneos, fumaban su placebo y atropellaban el lenguaje en sus celulares; y cuatro lindas, hermosas, bellas esqueletas de uniforme verde negro, huesos noveles y prometedores y reluciente pistola negra al cinto, apenas los miraban, entregadas a sus celulares como si fueran sus amantes.
Marcaba las 12 el reloj de San José, en Ayacucho con la Oriental. El semáforo pasó a verde, y los dos guardas de azul de fondo blanco apuraron con sus falanges, carpos y metacarpos a los esqueletos detenidos en el cruce, que pudieron por fin avanzar, atentos, mientras cruzaban la calle, a sus celulares.
Dos esqueletos, altos y rubios, amarillos y rosáceos sus cráneos momificados por el sol, con grandes mochilas de viaje en sus omóplatos y con celulares en sus falanges, tomaron la delantera, con paso largo; y el tranvía torció en Junín, y la nube negra que se venía encima cubrió el sol y se precipitó sobre el mundo, y comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.
Los esqueletos de los puestos de yerbas, elíxires, inciensos y devocionarios de las paredes de ladrillo de la iglesia se resguardaron bajo plásticos, con celulares en sus blancas manos; otros corrieron a guarecerse bajo los alares, celular en mano, y la vida siguió su curso, a lo largo de las dos avenidas, bajo un agitado mar de paraguas negros y un océano indómito de celulares de variados colores.
Un minuto sumamente extraño en el corazón de Medellín. Me quedo un momento absorto, contemplando aquel paisaje, protegiéndome de la lluvia bajo el alero de un almacén y rodeado de los húmedos edificios blancos, todos con celulares en sus manos. Parecen muertos, estamos todos muertos, me digo. Saco un espejito de mano y lo compruebo conmigo mismo: no me veo en el cristal, las gotas de lluvia y el vidrio empañado no me permiten verme: soy espíritu, no más que espíritu y me hallo solo. Levántate y anda, oigo una voz dentro de mí, guardo el espejito en el bolsillo y entro en la primera cafetería que encuentro.
Pido una aromática, estoy nervioso y emparamado, soy el único allí sin celular. La mesera, de huesos muy amarillos, me enseña sus labios descarnados y me extiende el pocillo con sus aporreados huesos de la mano; observo sus uñas negras, estropeadas por el tiempo y la intemperie, y descubro en el bolsillo de su delantal color pollito un negro celular, muerto como dentro de un ataúd, como a la espera de una resurrección que a la hora de terminar la jornada vendrá.
Huyo, huyo aprisa bajo la lluvia, haciendo esguince a la larga hilera de esqueletos tendidos en las aceras, unos cubiertos con harapos, otros en meras costillas, que apuran con el agua y la humedad la descomposición de su calcio casi nulo. Les paso a saltos, como un estorbo en el camino, me vuelvo a mirar y descubro a una multitud de esqueletos detrás de mí, cada uno en su rumbo, todos con celular en sus blancos huesos de la mano.
Doblo por Giraldo, llego a mi casa, abro la puerta, entro apurado y cierro, me paro frente al espejo oval del recibidor y me contemplo entero. Sí, me veo: estoy vivo, muy vivo; y siéntome al instante a la mesa del comedor, donde me esperan lápiz y papel, y póngome a dibujar con palabras carentes de adorno, el horripilante cuadro que acabo de ver, oír y vivir, antes que los académicos de la universidad lo desnaturalicen con su sofisticada jerga de gueto y antes que las notas oficiales de las páginas electrónicas del municipio lo nieguen.
