Mujeres rurales, memorias necesarias

Por Tatiana Machado González

Pintura: Nube Voladora

Esto que escribo no es una denuncia, ni un informe, ni una verdad definitiva. Es apenas una mirada: la mía. Una que se ha formado entre veredas, escuelas, bulliciosos conflictos y luchas silenciosas. Sé que no es imparcial, porque mi cuerpo ha sentido y me he conmovido. No puedo evitar reconocerme, a veces, en sus dolores, en su fuerza, pero sobre todo en lo que les es cotidiano.

Aquí cuento tres historias. No para causar lástima ni para señalar culpables. Las comparto porque me habitan, porque creo que las vidas de las mujeres rurales merecen ser contadas con respeto, sin romantizar la miseria ni disfrazar su valor.

La sobreviviente

Ella tenía ya 26 años cuando la conocí, y apenas estaba cursando el grado 11 en una escuela rural. Ya era madre de tres niñas. Su vida había sido una cuesta empinada desde los doce años, cuando su madre murió y su padre la abandonó. Quedó al cuidado de hermanos mayores pero muy jóvenes aún, que sobrevivían como podían. Fue entonces cuando se fue con un hombre mayor, el padre de sus hijas, quien durante años la maltrató física y emocionalmente.

Una tarde de domingo, cuando apenas la conocía, la vi en el pueblo. Él la había atacado con un machete. No era la primera vez, pero en esta ocasión su hija menor, de apenas cinco años, también resultó herida. La mujer decidió denunciar. Las autoridades actuaron con tibieza, pero el grupo armado con poder en la zona no. Lo amenazaron, no por justicia, sino por el escándalo, por haber herido también a su propio padre, quien intentó defender a la mujer.

Parecía que al fin ella podría vivir en paz, su tormento se había ido. Pero lo que vino fue otra forma del dolor. Quedó sola, en una casita de madera construida al filo de la montaña. Sola entre otros solos, como tantos campesinos que han sobrevivido a lo indecible. Su vida se volvió la incertidumbre de la supervivencia, la búsqueda constante de alguien que se quedara, que la ayudara a sostener el peso de tres hijas pequeñas. La justicia estaba tan lejos como su casa lo estaba del pueblo. Para mi esta historia no tiene un final feliz, se graduó de bachiller sí, pero estaba embarazada de un hombre que la usó y se fue… su hija mayor, de 12 años, buscaba ya cómo salir de su casa; mejor dicho, que alguien se la llevara, porque les dijo a sus compañeras que estaba cansada de pasar hambre. La improbabilidad de un milagro salvador recuerda cuan oscura puede ser la realidad.

La valiente

Era pequeña, pero no frágil. Una mujer que había sido madre soltera apenas a los dieciocho años, cuando empezó a enseñar en una escuela rural escondida entre montañas. Daba clases con su hija en brazos, porque no tenía con quién dejarla. Era su única compañía, su única certeza. La conocí muchos años después, cuando su hija mayor se graduaba de bachiller y soñaba con una carrera profesional. La profe había logrado estudiar a distancia, recorría los caminos a lomo de mula, atravesando ríos y montañas, siendo una testigo silenciosa de la muerte que la guerra de aquellos años dejaba en el territorio. Me hablaba del miedo y del peligro constante, de la violencia que rondaba la vereda, de la sospecha con la que debía cargar por ser madre joven, bella e inteligente.

En aquella época y en ese contexto estar sola con una niña en brazos suponía una debilidad, a ojos de algunos la necesidad de ser “cuidada”. No solo ante los hombres, sino también ante las otras mujeres que la miraban con sospecha. Aprendió a no parecer “disponible” a través de la aparente dureza de su más bien muy generoso corazón, pero debía parecer siempre ruda.

Con los años se enamoró. Se casó. Tuvo otra hija. Compraron una tierrita cerca de la escuela donde trabajaba, y allí atendía a sus animales. Nunca necesitó que un hombre le ensillara la mula. Ella siempre supo cómo hacerlo. Nunca dejó de ser mujer ni maestra y nunca dejó de afirmar su independencia

La sabia

Su historia duele más por lo que no se ve. Desde que nació, parecía estar pagando una falta que no cometió. Su madre, ausente, la dejó con la abuela. Creció trabajando, limpiando, cargando, obedeciendo. Cuando tuvo su primera menstruación, la sacaron de la escuela, «porque algo iba a buscar», decían. Como si el cuerpo de una niña trajera consigo el pecado.

Se fue joven con el hombre que sería el padre de sus cuatro hijos, y, aunque pasaban muchas dificultades, el trabajo en el campo de él era el sustento de la familia. Salió desplazada de una zona rural de Córdoba cuando el menor de sus hijos era un recién nacido, debían salir rápido de la finca que cuidaban evitando ser víctimas de las masacres que venían cometiendo de vereda en vereda los paramilitares. Cuando este hombre la abandonó por alguien más joven, ella lavó en casas ajenas, cocinó en fincas, trabajó en cultivos de coca. Hizo lo que pudo, lo que no quiso, lo que fue necesario para sobrevivir y nunca separarse de sus hijos como hizo su madre con ella y sus hermanos.

Más tarde conoció a otro hombre, más joven, que dice amarla. Pero también la señala, la hace sentir que le debe algo. A pesar de todo su esfuerzo, de padecer dolores y de no haberse negado al trabajo, nunca ha sido dueña de su destino, ni ahora ni en su juventud. Pero no se rinde porque no quiere que su hija pase por lo que ella, es una mujer fuerte y reflexiva que dice que esta como atrapada, tal vez pagando una condena que no cree merecer.

Hay almas que viven en un abandono tan profundo que ni siquiera es visible. No se ve porque está normalizado, porque ocurre lejos de los ojos de la mayoría, porque se asume que así es la vida en el campo, que así debe sentirse ser mujer. Sin embargo, en ese abandono también crece algo: una raíz que no se rompe. Las mujeres rurales no son figuras trágicas ni heroínas de película. Son las que curan, siembran, enseñan, resisten.

La ruralidad no siempre ofrece opciones. A veces solo ofrece repeticiones. Pero incluso allí, donde parece que todo está determinado, estas mujeres viven y resisten.

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