
Ilustración: Cristóbal Isaza
Vida hijueputa, dijo en voz baja. Una vez más, su esposa lo había descubierto dentro del baño comiéndose la leche en polvo de su nieto. Como pudo dejó de orinar, se acomodó la pantaloneta y en medio de un gran enojo levantó la pierna derecha para limpiar un par de gotas calientes que rodaban por el muslo izquierdo. Puso la bolsa de la leche sobre el tanque del sanitario y al mirarla pensó decir que se había confundido con el detergente en polvo. Pero como no se le ocurrió qué decir de la cuchara que tenía empuñada, solo levantó la cabeza al cielo, como lo hacen esos delanteros solitarios cuando reconocen que están acorralados por los defensas rivales. Luego vació el baño, arrancó de un tirón la cortina que separaba este lugar del resto de la casa y miró a su mujer de reojo. Contrario a lo que esperaba, no hubo ningún reproche.
Dio entonces un pequeño salto para no pisar al bebé, quien dormía profundamente sobre una colchoneta, cubierto con una calurosa cobija del Atlético Nacional. Inclinó el tronco hacia adelante para recalcular la jugada y así, parado entre la cama y el viejo televisor donde su mujer y su hija veían un documental sobre animales salvajes, se dirigió a las dos en modo bravucón: ya se los había anticipado muchas veces. Me largo. ¿Pa’ dónde?, ¿pa’l asilo? le replicó su esposa, entre risas. Si ve papá, usted se llena de mocos y no es capaz de aceptar los regaños; agregó su hija, todavía más calmada.
Lleno de ira agarró la tula con los balones y los conos de entrenamiento y se dirigió hacia la puerta. Después de tirarla se metió a la boca el dedo índice de la mano derecha para separar un pequeño tronco lechoso que aún estaba adherido a su paladar, se limpió los ojos y respiró profundo. Lo había acabado de decidir: jamás volvería a pegar otro adobe en esa terraza, y en cambio ya vería si se iba para Argentina, a llenarse de fútbol y de tangos o mejor para Brasil, a gastarse en todo caso el dinero bien lejos de ambas mujeres.
Al entrar a la cancha saludó con gran histrionismo a Pernicia, el mejor jugador del barrio en toda su historia, quien acababa de llegar de España y aseguraba tener contactos con varios empresarios de fútbol en ese país. Su idea era negociar con este el pase de Asprillita, un niño afro, proveniente de Quibdó, que llevaba tres meses entrenando en su equipo.
Estive, Estive, quítese esas orejeras, le dijo muy enojado a un niño pelirrojo, antes de indicarles a todos que comenzaran a trotar a lo largo de la cancha. Como el chico siguió como si nada, otro jugador decidió echarle una mano gritando a todo pulmón ese mismo nombre otras tres veces; pero a diferencia del profe, siempre con la ene al final.
Estiven por fin se sacó los audífonos de diadema y se unió a los que trotaban. Entre tanto, el profe le explicaba a Pernicia cómo esos aparatos estaban acabando con el fútbol: muchas tanguitas en el computador, muchos videítos y foticos en el celular y el futbolista no necesita nada de eso. Y antes de acabar la idea levantó la cabeza y puso su mirada en los últimos chicos, en los rezagados, y les preguntó en voz alta: ¿Qué es lo único que necesita el futbolista? Comida y sueño, le respondieron todos, en coro, sin dejar de trotar.
Unos minutos después, tras mirar con ansiedad su reloj, acomodó las nalgas sobre el murito que sostenía la malla lateral de la cancha y se echó para adelante, con las manos sobre las rodillas, como los arqueros cuando se viene un tiro difícil. Y entonces le pidió a Estiven que se acercara para preguntarle qué sabía de Asprillita. Profe, él dijo que no iba a volver, porque usted lo regañaba hasta cuando metía gol, fue la respuesta del chico. Es que al jugador que empieza no se le puede celebrar nada, sino se daña, le replicó él, volteando la cabeza hacia Pernicia, exhibiendo ahora sí la angustia típica de los entrenadores cuando reconocen que el partido está perdido y solo les queda darse ánimos para la próxima oportunidad. Tal vez por eso comenzó a gritar sin dejar de aplaudir: muchachos, es muy, pero muy importante aceptar los regaños sin llenarnos de mocos…
