Huellas e Insectos

Por Steven Acosta

Foto: Steven Acosta

Recuerdo que cuando era niño sentía una fascinación por los animales y los insectos; me sorprendía la manera en que la vida podía tomar tantas formas. No solo quedaba embelesado por sus tamaños y colores, quería mantener sus vidas aseguradas. A pesar de vivir en la ciudad -un espacio cada vez más hostil con formas de vida que no sean la humana, o aquellas totalmente amaestradas y dependientes de nosotros-, en mi barrio, Aranjuez, había pequeños espacios verdes en las aceras de las casas, los cuales me permitieron ver y aprender de dichas formas de vida. Con frecuencia tomaba toda clase de alimentos de la nevera para dejarlos en los caminos de las hormigas, introducirlos en las maderas viejas donde las lagartijas depositan sus huevos, situarlos con cuidado en las telarañas, ponerlos en las ramas y esquinas de los techos donde las tórtolas hacen sus nidos. Pensaba que ellos eran como nosotros, por eso, aunque no sabía qué comía cada especie, tenía la certeza de que debían alimentarse y les ofrecía lo que tenía a la mano.

De entre todos, los perros siempre fueron mis favoritos. En el camino de ida y regreso al colegio me preocupaba más por saludar cada una de las mascotas de las casas y los perros callejeros que sabía me iba a topar que por lo que podía aprender en las clases. Los vecinos alimentaban mis fantasías infantiles diciéndome que compartían sus mascotas conmigo. Pensaba que algún día iba a vivir en mi casa o en una finca gigante con todos los perros callejeros del barrio, pero también con el siberiano de la tienda de la esquina, el labrador del muchacho que se ejercitaba en el pasamanos del parque, el frespuder de la señora que vivía con su madre a la que yo solía visitar todas las tardes y que me invitaba a galletas con chocolate. Mientras tanto, acariciaba a los perros cuyo hogar eran las calles frías, ruidosas y llenas de basura, y estos retribuían el cariño acompañándome cuadras enteras hasta mi casa. No pocas veces tomaba parte de mis comidas para dejarlas afuera de la puerta sin que mis padres se dieran cuenta, pues quería que por lo menos un perro pudiera comer algo aquella noche.

Con la llegada de mi hermano menor, al que le llevo poco más de 20 años, pude descubrir nuevamente el encanto de todas las formas de vida. Cuando le pido que me acompañe a sacar nuestras mascotas a dar un paseo, su aguda vista me permite detenerme en cosas que nunca habría notado: arañas de todos los tipos, grillos, cucarrones, abejas, etc. Asimismo, su capacidad de escuchar nos ha alertado a todos para aprender a percibir todas las especies de pájaros que habitan cerca de nuestra casa. Todos los días ponemos agua y compramos frutas para ponerlas en el balcón y que los pájaros nos visiten: loros, petirrojos, pájaros carpinteros, entre otros, son algunos de nuestros turistas frecuentes.

Hace pocos días una de nuestras mascotas, un perro siberiano llamado Haru, enfermó repentinamente. Poco pudimos hacer, a pesar de haber actuado relativamente rápido. Pasamos con él una última noche en casa. Apenas podía tomar agua, no tenía las fuerzas para sostenerse en pie por su propia cuenta, su mirada estaba perdida, y, aunque luchaba por tratar de no hacer sus necesidades en casa, al no tener fuerzas terminaba por hacerse justo donde se encontraba. Sin embargo, ahí estuvimos en todo momento para acompañarlo: lo único importante era hacerle sentir todo el amor que teníamos por él. Mi madre durmió toda la noche en el suelo, a su lado; mi hermano le decía todo el tiempo que era el mejor perro del mundo; y entre lágrimas, abrazos, caricias y besos procuramos que no cupiera duda alguna acerca de lo importante que había sido en nuestras vidas. Aunque han pasado ya algunas semanas, mi voz todavía se quiebra cuando lo quiero nombrar, mis ojos se llenan de lágrimas al mirar a los lugares en los que solía echarse, y, cuando los cierro, una presión en el pecho y un malestar en el estómago se hacen presentes mientras pasan por mi mente la manera en que le gustaba jugar, en que parecía sonreír, en cómo le gustaba que le sobaran las orejas.

En un impulso por recordarlo proyecto sus gustos sobre los perros que habitan las calles de Briceño y que visitan el colegio donde trabajo actualmente. Entonces les sobo la panza, les rasco las orejas, les doy palmadas suaves en su lomo y les digo las palabras que Haru parecía comprender a la perfección. Desde que llegué al territorio he intentado deconstruir las prácticas profundamente violentas que contra estos animales se ejercían; les he dado además nombres, y al hacerlo se ha ido construyendo sobre ellos una identidad: está el Mono, que siempre se encuentra en la zona de primaria, como cuidando a los niños; Banano, que con su pelaje con pecas y su alegría no deja escapar cualquier oportunidad de un alimento que le ofrezcan; Firulais, un cachorro con sarna que poco a poco se recupera y demuestra la manera en que de un paisaje desagradable para algunos puede surgir una belleza y ternura inefables.

Parece estarse cultivando un respeto y un cariño por parte de los niños y jóvenes hacia aquellos animales que hasta hace poco habían sido el objeto de sus burlas, el blanco de objetos imaginarios o reales que eran lanzados, las víctimas de insultos, patadas y un desprecio absoluto. Lo que más me escandalizó cuando llegué al colegio no fue ver dichos comportamientos, sino que estos no eran más que la reproducción del trato que otros adultos y, especialmente, los profesores tenían con dichos animales. Parecía una contradicción ver a quienes enseñan ciencias naturales ser indiferentes ante la vida; a quienes hablan del derecho a la vida negarlo cuando el otro no es un ser humano; a quienes transmiten valores éticos, morales y religiosos comportarse de manera tan bárbara; a quienes narran fábulas con animales olvidar las enseñanzas y las moralejas cuando la situación está por fuera del libro de texto.

Esta violencia sistemática parece ser ejercida de diferentes maneras. Las aceras de los barrios de la ciudad ya no cuentan con los espacios verdes donde habitaban los insectos; el veneno y los insecticidas parecen ya parte de la canasta básica en los supermercados; las historias, fotos y videos de animales torturados en sus hogares y por fuera de los mismos se han vuelto lugar común en las redes sociales; espantar a los animales es casi una obligación por la incomodidad que generan donde se suelen reunir las personas; el maltrato es motivo de risas entre los niños y jóvenes. Hay una historia en este periódico que narra la violencia y la desigualdad que hace algunos años pudo experimentar en la Comuna 13 quien la escribió; cuando pienso en estos animales no puedo evitar hacerme la pregunta con la que inicia y termina la crónica: ¿abuelita, por qué pasan estas cosas?

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