Por Cristian Camilo Hurtado Blandón

Ilustración: Yeison Henao
Los docentes de Medellín han participado de manera paulatina en formaciones pintadas de salvadoras para los jóvenes de Medellín. En ellas, de manera estructurada y seria, presentan un programa para jóvenes de extra-edad en los colegios de Medellín que tiene la intención de ser nacional, PENSAR. Su nombre obedece a la invitación a considerar la práctica pedagógica como modelo de análisis de la vida cotidiana. El programa ha estado funcionado en la ciudad y es decisión de los rectores ponerlos en marcha en sus instituciones. En palabras de los formadores, consiste en invitar a los jóvenes “que han fracasado en el sistema para que regresen a él”, los cuales, de manera común, han perdido años, no tienen la edad para sentirse cómodos con sus compañeros de curso y siguen siendo menores de edad, frente a lo cual el Estado debe garantizar su derecho a la educación.
Los docentes en la formación mencionaban diferentes opiniones, entre las que destacaba la resistencia a trabajar con grupos tan complejos y la necesidad de debatir con los objetivos idealizados del programa. En palabras de los docentes, la resistencia a los grupos parte del hecho de que “los jóvenes que participan de estos programas son violentos e imposibles”. El choque con los objetivos del programa correspondía de manera resumida a que, si los jóvenes no quieren estudiar, no importa el nombre que se le ponga al programa, simplemente no desean estudiar y punto. Ambas situaciones están justificadas en dos elementos experienciales y repetitivos, según la cotidianidad docente. Por un lado, son los grupos que más conflictos causan en las instituciones, al punto que se estigmatiza fuertemente que toda gritería, pelea, “sangrero”, etc. proviene de PENSAR. También en el hecho de que tiene una fuerte deserción. En términos administrativos, el programa es exitoso solo por el hecho de que mejora los índices de matriculados y aumenta los números del PAE.
Todas estas opiniones encontradas son síntomas que podrían revisarse y que seguramente generarían una reflexión muy interesante respecto de las ventajas y desventajas del programa. Para las administraciones públicas es supremamente valioso subir sus números y llenar de contenido los indicadores de los Planes de Desarrollo. Pero hay una pregunta de fondo que nos debe sentar con calma. El cuestionamiento que nos llega sobre este programa tiene que ver con el hecho de que concibe a los estudiantes que no están en el sistema educativo como seres fracasados, anormales, seres que deben ser salvados. En los discursos recibidos en las capacitaciones se quería poner la tarea docente como estructuradora de la vinculación de los imperfectos en la perfección sistémica. Toda la formación giró en torno a experiencias didácticas que eran flexibles, divertidas, dinámicas y, de manera evidente, estandarizadas.
El programa carece de una revisión de causas. Personalmente considero que la pregunta por lo sustancial, por lo primero, regularmente se elimina de las discusiones pedagógicas actuales. La idea de revisar los fundamentos de la escuela se está perdiendo poco a poco del derrotero de quienes piensan alrededor de ella. Pensar en cómo mejorar las clases, en cómo hacer que el estudiante se aprenda lo que el sistema necesita que sepa, que tenga la capacidad de contestar A, B, C o D, es aplaudido y admirado; mientras que las discusiones sobre si la educación formal estandarizada de Colombia está bien o mal fundamentada se dejaron de plantear. PENSAR no es la excepción.
Preguntémonos, ¿el sistema de educación actual es perfecto? Parece que la respuesta del programa es afirmativa. Además de que queda entredicho que los imperfectos son quienes no participan en la normalización propia del sistema. La educación tiene como objetivo formar ciudadanos. Algunos de manera un tanto romántica dicen que ciudadanos buenos, otros dicen que ciudadanos críticos; pero, creo que la educación formal exige ciudadanos “normales”. Esto quiere decir, ciudadanos que quepan en las casillas, que llenen índices sin preguntar, que trabajen y mueran, que busquen perpetuar el estado de cosas actual para que no se desestabilice el orden natural del poder.
Preguntémonos por un momento por la concepción de sistema. Un sistema tiene que ver con un conjunto de elementos que se mueven juntos para alcanzar una función. En este sentido breve, el sistema educativo tiene que ver con una función técnica de formar elementos para que sigan cumpliendo las tareas que permiten seguir alcanzando sus objetivos particulares. Dejemos de lado las críticas a las funciones del sistema educativo colombiano de manera profunda, pero mencionemos que en términos críticos es un sistema en crisis permanente, en el sentido de que su materia prima son seres humanos y como tal son seres diferenciables y difícilmente “estandarizables”. Por supuesto que muchos podrán pensar que los seres humanos somos fácilmente moldeables y que respondemos igualmente y de manera masificada ante estímulos; pero no se puede decir que existan elementos iguales que definan a todos los humanos de la misma manera, porque somos nuestras experiencias, y esas pueden ser las mismas de forma externa, pero internamente existe un mundo infinito de posibilidades. Respondemos de maneras diferentes a lo mismo. El problema radica en que para el programa PENSAR es impensable que el problema está en el sistema. Sus defensores aseguran que el problema está en el ser humano. Los imperfectos, los que fracasan son los jóvenes, no el sistema. Entonces, capacitan a docentes para que tomen a los “anormales” y los metan en un aula, haciendo lo mismo que hacen siempre con los estudiantes “normales”, para enrutarlos en los caminos de la normalidad. No importa cómo, a la fuerza si es necesario, entendiendo por fuerza la acción frente a la reacción del joven que no quiere, pero “necesitamos” – ¿Quién y para qué?- meter en el sistema, sin pensar que el problema es el sistema educativo formal bancarizado. No veo la diferencia innovadora que se promete y no veo una genuina preocupación por el ser humano, sino un esfuerzo por elevar los indicadores.
