Por Emilio Taborda

“Figuras”, Acuarela de Víctor Camilo Cuartas
Lugar: un municipio del norte de Antioquia. Fecha, domingo 19 de octubre de este año. Comenzaron a llegar motos, carros e incluso personas caminando, provenientes de diversas veredas del municipio. Niños pequeños agarrados de las manos de sus madres, adultos con bolsas y morrales llenos de lo poco que pudieron recoger, y jóvenes con una incertidumbre y tristeza que les pesaban más que lo que arrastraban tras de sí. El conflicto, siempre presente y cada vez más agudo, los había obligado a desplazarse de sus territorios. Como liberando un llanto que no se podía contener, el cielo dejó caer sus lágrimas y gritó en una tormenta que no favorecía las condiciones de quienes se vieron desplazados. La alcaldía municipal actuó de manera pronta e improvisada con lo poco que tenía, pero no era suficiente: el espacio y la comida no satisfacían los mínimos requeridos.
Acciones individuales se llevaban a cabo, buscando acompañar a las personas y fortalecer las condiciones prestadas a las víctimas. Aunque las partes hablaban, el todo institucional guardaba un silencio casi cómplice con la violencia estructural que ha acompañado el conflicto armado en Colombia: el día lunes todo funcionaría en el colegio, por ejemplo, con normalidad, como si nada estuviera pasando.
Los estudiantes llegaron a la hora de siempre, los timbres sonaron sin perturbación alguna, los profesores dictaron sus clases para no entorpecer los tiempos del calendario escolar. Un aire de extrañeza, sin embargo, estaba presente, pero nadie decía nada, solo susurros a los que debía prestarse atención para escuchar el eco de la situación del momento. Algunos docentes accionaron el freno de emergencia para evitar la catástrofe: que la indiferencia nos despoje de la humanidad. Los lápices se bajaron y las miradas se alzaron, el silencio se rompió con preguntas: ¿qué está pasando? ¿podemos y debemos permitir el mutismo frente a los hechos? ¿qué vamos a hacer? Los siempre callados estudiantes ahora hablaban desde el corazón, la indignación surgía, los ojos se lubricaban y el vacío de la mirada desaparecía. Sonó el timbre para el receso y los estudiantes se levantaron, ya no para descansar sino dispuestos a tomarse la institución para contagiar su sentimiento a los demás compañeros.
Al terminar el descanso el espacio estaba presto: los mismos estudiantes llamaban a sus compañeros para interrumpir las clases y hablar del tema, los micrófonos agudizaban el llamado y la sala se llenaba. Momento después los guardianes del orden y la norma tomaron el micrófono. Un espacio a todas luces improvisado, pero con potencial formativo y transformador, se convirtió en el escenario del regaño y el reproche por el ruido y la indignación presentes. La encarnación de la figura del padre se defendió, expresó la imposibilidad de actuar debido a las leyes, nombró acciones que nadie conocía que se habían realizado, y demeritó el actuar de los jóvenes como ingenuo, falto de madurez y desestabilizador del orden.
Una persona se levantó, intentó recuperar el rumbo que se había trazado al inicio, dar lugar al potencial crítico y transformador que poco a poco se encogía y avergonzaba por haberse manifestado. Se recuperó entonces el ánimo, se entregó nuevamente la voz a esos hijos subordinados que desean señalar al padre, y que no están dispuestos a callar frente a una injusticia social que se apodera de su territorio. Pero las frases del “padre” retornaron con mayor intensidad: “Esa no es la forma de actuar”, “no es justo que nos juzguen”. El sentimiento de culpa reapareció: “Ustedes no conocen cuál es el proceso y a quiénes deben realmente dirigir sus protestas”. Un deber ético instó a cuestionar las posturas: la aparición de un espacio como el que tenía lugar permitía reconocer a dónde debían dirigirse las críticas formales, pero ¿si esas no eran las formas, entonces cuáles eran? ¿acaso los caminos burocráticos que impiden una justicia auténtica y que entregan soluciones cuando la problemática es irreconciliable, como ya lo ha mostrado la larga historia de conflictos internos que ha sufrido Colombia, y que se siguen presentando en la política internacional?
De esto saben mucho las madres de las víctimas del conflicto armado, quienes con seguridad han alzado su voz de maneras que nunca “han sido la forma” y con las que han conseguido más que con las “formas correctas” ¿Es injusto el grito de aquel que padece o que por lo menos se reconoce en la víctima y a la misma víctima de la injusticia? ¿cómo es que la ley se aplica solo para algunas cosas en un territorio que se caracteriza justamente por la ausencia de la norma?
Las palabras se sucedieron y la emoción dio lugar a reflexiones urgentes: este es un territorio donde los muertos se lloran un día, después del día de luto la memoria se difumina y el recuerdo se hace más ausente que el difunto mismo; no se puede permitir que eso se convierta en paisaje común, y que esta situación sea una expresión más de la normalización de la violencia. ¿Cómo pueden los estudiantes seguir jugando, riendo, comiendo y resolviendo ecuaciones cuando a solo unas cuadras hay algunos con el riesgo de perderlo todo? La indiferencia parece ser el primer paso para un ciclo de violencia del que no se sabe cuándo uno podrá ser la próxima víctima.
Se propusieron acciones individuales y colectivas para ayudar a mitigar la situación. La conquista es evidente: los estudiantes han desarrollado una suerte de empatía, se encuentran construyendo comunidad, se han abierto a la reflexión y al debate, y, sobre todo, han encaminado acciones, por ellos mismos, para afrontar la violencia y sus repercusiones.
Pero al día siguiente las cosas cambiaron. Los estudiantes, hace algunas horas críticos y dispuestos a movilizarse por un cambio, tanto individual como colectivo, ahora sostienen una mirada completamente diferente. De alguna manera las palabras del “padre” se hicieron presentes después de la manifestación, y se encarnaron tan profundamente en los educandos que ya no podían sino repetir los prejuicios característicos del pensamiento conservador: “No vale la pena seguir hablando de esto porque nada va a cambiar, mejor hagamos algo que sí sea productivo”, “los desplazados tienen que ver cómo resuelven su situación, y ojalá pronto porque el parque se ve muy feo con tanta gente”, “sí, -dice alguien para reforzar la expresión anterior-, además huelen todo maluco, mejor que se vayan”. Hasta el día de hoy, 28 de octubre, los desplazados siguen llegando, ya superan, según cifras de algunos medios de comunicación, las dos mil personas; los muertos por desobedecer las órdenes también aparecen; los prejuicios y el desprecio se hacen cada vez más frecuentes a través de los chistes, las burlas y los comentarios. Mientras tanto, los desplazados siguen hacinados como ganado en pequeños espacios, algunos han comenzado a dormir con sus hijos en la sala de velación; parece que los muertos están más prestos a compartir su espacio que los guardianes de espacios que deberían estar vivos, como la escuela misma.
