Por Aníbal Pineda Canabal

Detalle de aporía gráfica I” (2017), Xilografía en madera de haya, linografía y serigrafía, por Lola Fernández Corral
La etimología griega de la palabra aporía sugiere un pasaje imposible de atravesar; un no-camino; una perplejidad del ánimo ante lo inexplicable, lo absurdo o lo paradójico. La razón humana se enfrenta a veces a opuestos tan bien justificados que le resulta imposible decidirse en favor de uno solo. En cada cumplimiento, los deseos humanos experimentan una perplejidad parecida: su realización es siempre imperfecta y quedan siempre a medias porque la voluntad no logra nunca concretizarse enteramente. El sueño es brillante y encandila de resplandores a quien lo persigue; es “ansia que ardiente crece”, como dice un verso de Rosalía de Castro.
Lo realizado, en cambio, es mate, productor si acaso de una dicha efímera, pero demasiado pronto convertido en recuerdo sin brillo especial. Se desea algo, se lo obtiene y lo obtenido es rápidamente integrado al decurso de la vida, perdiendo con ello la ardorosa intensidad con que aparecía en el sueño. Luego, como un grillo que salta de hoja en hoja, vuelve a saltar la voluntad hacia nuevos fines. Lo mismo se quiere ahora un café que más tarde ir a dar un paseo, ir a comprar víveres, ir a conversar con amigos, ir a dormir y así en interminable sucesión hasta el final de la existencia. Como si cada deseo de la voluntad dejara tras su realización un excedente inalcanzable, lo que se realiza viene siempre incompleto en su realización misma.
Venga un primer ejemplo. El 21 de octubre pasado, Sanae Takaichi se convirtió en la primera mujer en alcanzar el cargo de primera ministra del Japón. Como si se tratara de una tierra incógnita en trance de ser conquistada, mes a mes tenemos la noticia feliz de países que eligen por primera vez a una mujer como mandataria, de universidades que tienen por primera vez una rectora, de posiciones importantes antes solo ocupadas por varones ahora al cuidado de mujeres.
La primera ministra del Japón es una política entrenada en el gobierno de línea dura de Shinzo Abe; ultraconservadora que se opone incluso a que sus congéneres conserven su apellido de solteras, en vez de tener que adoptar el de sus esposos. Takaichi se ha mostrado cercana a neonazis y, entre sus escándalos del pasado, está haber publicitado un libro que elogiaba la determinación, talento y firmeza política… de Hitler (!). Se la sabe cercana a organizaciones de extrema derecha como Nippon Kaigi, que reivindica la necesidad de rearmar el país (Japón, tras la derrota de 1945, por norma constitucional, no tiene propiamente un ejército sino una Fuerza Nacional de Defensa con poderes relativamente limitados).
En un Japón incapaz de conjurar los residuos de su viejo fascismo, la derecha radical pretende reescribir la historia eliminando toda forma de culpabilización social por el pasado. De repente, en favor del Japón aliado del Tercer Reich, el mismo del eje Berlín – Roma -Tokio, se juega la carta Hiroshima – Nagasaki y se lo presenta más como víctima que como victimario, exculpándolo por su política expansionista, por su racismo de Estado y por el supremacismo de la raza superior (la etnia Yamato). Con las derechas radicales, Takaichi comparte en fin la típica agenda integrista en temas como inmigración, derechos de las personas LGTBIQ+ o aborto.
Los movimientos feministas han luchado por la eliminación de las barreras profesionales y políticas de las mujeres y porque haya una mayor representatividad, incluso en sentido burgués. Takaichi llega adonde está en parte gracias a estas luchas, pero se desidentifica con buena parte de ellas y se desolidariza con varias de sus reivindicaciones históricas. Aporía de la realización es no saber aquí si celebrar (por el avance de la igualdad de género) o entristecerse (por todo lo demás). Con Takaichi se avanza retrocediendo. Lo nuevo nos devuelve a lo viejo. El triunfo es, en realidad, derrota. Es esta opacidad del cumplimiento una forma estable del existir histórico, una categoría.
Venga un segundo ejemplo. Toda victoria del movimiento social arrastra consigo fracasos previos. Laurel en la cabeza, la victoria olvida pronto el nerviosismo previo de la lucha y el sufrimiento gracias al cual vino al mundo. Lo logrado aquí también suele darse entre aporías del cumplimiento, es decir, como realización opaca que alegra y entristece: porque está bien, pero pudo ser mejor. La realización siempre es más tímida que el ideal en su esfuerzo. Se ubica mucho más a la derecha que el sueño, que es a su vez más audaz y más libre en el despliegue de sus exigencias. Cuando la ingenuidad estadocéntrica captura las luchas sociales, se espera demasiado de arriba y surgen descontentos de índole e intensidad diversas.
Alguien me dijo, en cambio, alguna vez, que la madurez política consistía en aceptar que cualquier gobierno acaba defraudando, pero que, por anticipación heurística, los actores sociales decidían previamente quiénes los defraudarían menos y con base en ello definían sus preferencias. Tras años de luchas, lo realizado obtenido puede decepcionar. Quién hay que hubiera preferido que el primer gobierno de la socialdemocracia confesa en Colombia hubiera sido liderado por alguien con mejores cualidades. Quién hay que hubiera querido ver ejercer un liderazgo más poderoso a la primera mujer afrocolombiana en llegar a la vicepresidencia. Quién hay que hubiera preferido una gestión más eficiente y menos errática en variedad de temas. Pero el movimiento social que agrupa las aspiraciones de cambio no se cristaliza nunca en un gobierno. Acompaña, se retira, lleva a alguien al solio y se hace rápido al costado.
La reciente consulta del Pacto Histórico para definir a sus candidatos constituye una nueva aporía de la realización en la política. Por eso ha sido leída por las derechas como fracaso y por las izquierdas como triunfo. La discusión sobre sus reales alcances, absolutamente vana, tiene fecha de vencimiento y será zanjada por los resultados de las próximas elecciones. Unos se basan en guarismos brutos, aislados de su contexto, para imaginar con el deseo la liquidación del petrismo: casi tres millones de votos menos de diferencia entre la consulta de 2022 y la de 2025 no puede ser sino el signo de un hundimiento estrepitoso que los deja satisfechos. Otros hemos visto, agrupado en torno al Pacto Histórico, a un electorado organizado, movilizado, que sale a votar y que tiene vocación de disputar el poder. Sin duda que ese movimiento sigue acompañando a la socialdemocracia “en desespero fiel” no porque sienta estar pisando ya con ella la patria de Utopía. Por eso su crítica y su desencanto no es la de los Diógenes de siempre, que se quejan descarnados como aquel hombre de la ciénaga: toda la noche pescando y, al amanecer, un sapo.
