Dólar e intervencionismo

Por Juan Pablo Pinillos y Wilder Carmona

A lo largo de los años, una sombra persistente se ha proyectado sobre los Estados Unidos de América debido a las reiteradas arbitrariedades cometidas en materia de política exterior. Más que detenerse únicamente en sus consecuencias, este texto propone una revisión de sus causas, con el propósito de ofrecer un contexto histórico que estimule una mirada crítica sobre el presente. La pregunta que guía esta reflexión es clara: ¿cómo logró Estados Unidos construir un mecanismo que le permite ejercer influencia en casi cualquier lugar del planeta sin aparecer, al menos formalmente, como actor directo de ese poder?

Antes, el valor de las divisas estaba ligado a su respaldo en oro, sistema que garantizaba cierta estabilidad monetaria; pero en 1971 el expresidente Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar: Al desprenderse de ese anclaje material, la moneda estadounidense se transformó en una herramienta política y su fortaleza ya no reposa en un metal precioso, sino en una combinación de poder institucional, capacidad militar y control del sistema financiero internacional. El dólar dejó de ser simplemente una moneda para convertirse en una infraestructura invisible de dominación.

En 1977 se consolidó el sistema SWIFT, la principal red de transferencias financieras entre Estados. Este circuito, que opera mayoritariamente en dólares, reforzó su papel como intermediario casi obligatorio del comercio global. A ello se suma el lugar central de EE.UU. en las cadenas de importación y exportación. Esta arquitectura permite a la Reserva Federal emitir grandes volúmenes de dólares sin provocar, de inmediato, una inflación proporcional dentro de su propio territorio. En un sistema donde la demanda es permanente, la depreciación se posterga y la emisión se vuelve una prerrogativa política.

Para completar este entramado hegemónico faltaba un último elemento: la deuda. Estados Unidos imprime dólares y los ofrece como préstamos, con tasas fijadas por su propio banco central, exportando deuda e importando riqueza real. Los países endeudados pagan intereses en moneda fuerte, transfieren recursos naturales y ajustan sus economías para cumplir compromisos financieros. En este modelo, la deuda sustituye progresivamente al trabajo como motor de acumulación y se desplaza desde los Estados hacia los ciudadanos. La economía global queda así subordinada a un sistema donde el endeudamiento define quién puede invertir, consumir o incluso sostener su soberanía.

Este control monetario se convierte, además, en un instrumento político. A través de sanciones, aranceles y bloqueos financieros, Washington puede alterar el destino económico de otras naciones sin necesidad de desplegar tropas. El dólar funciona como un arma silenciosa: no dispara, pero asfixia. Sin embargo, esta hegemonía no opera sola. A ella se suman las intervenciones militares, bajo pretextos que luego se revelan frágiles o falsos. Irak, Vietnam, Palestina, Irán o Venezuela ilustran una misma estrategia: asegurar rutas comerciales, controlar territorios estratégicos y garantizar el acceso a recursos que mantengan en movimiento la maquinaria del capitalismo tardío.

En este contexto emerge lo que puede denominarse capitalismo salvaje tardío: una fase en la que la acumulación deja de ser un medio y se convierte en un fin absoluto. La expansión ya no se limita a conquistar mercados, sino a controlar directamente petróleo, gas, litio y minerales críticos. La Doctrina Monroe reaparece entonces como principio operativo de una política que, bajo la retórica de la democracia y la estabilidad, persigue sostener la hegemonía del dólar y asegurar el flujo permanente de energía y mercancías hacia el centro del sistema.

Pero todo imperio arrastra en su interior la semilla de su propio desgaste. Esta expansión se financia mediante una deuda estructural que se extiende presupuesto tras presupuesto más allá de límites razonables. La deuda pública deja de ser un recurso excepcional y se vuelve condición permanente del funcionamiento estatal. Se contrae nueva deuda no para invertir en bienestar colectivo, sino para sostener un aparato militar, financiero y corporativo que ya no puede reproducirse por sí mismo. Así se forman las burbujas: sistemas inflados por crédito barato y expectativas irreales que postergan indefinidamente el momento del ajuste.

Cuando estas burbujas estallan, el colapso funciona como una operación de redistribución inversa. Los ciudadanos pierden ahorros, empleo y vivienda, mientras bancos y grandes corporaciones son rescatados con recursos públicos. La deuda privada se socializa, las pérdidas se trasladan a la población y el capital es protegido. La riqueza, una vez más, se desplaza de abajo hacia arriba. No se trata de un accidente, es el diseño mismo del sistema.

Aquí aparece una de las paradojas centrales de nuestro tiempo: los ricos son cada vez más ricos no a pesar del Estado, sino gracias a él. Las políticas fiscales regresivas funcionan como una red de seguridad para las élites. Mientras tanto, los trabajadores enfrentan salarios estancados, jornadas extendidas y precarización. Quien no dispone de dinero queda progresivamente excluido: no puede consumir, no puede acceder a servicios básicos, no puede sostener su lugar en el sistema. El círculo se cierra: se trabaja para pagar deudas, se contraen deudas para sobrevivir y se sobrevive para seguir trabajando.

No se expulsa formalmente a los pobres, pero se les vacía de tiempo, energía y futuro. La explotación se extiende al crédito, a la vivienda y a la salud. Sin embargo, el daño no proviene solo de decisiones nacionales. Lo que afecta a millones de personas es el resultado de movimientos más amplios de la economía global: flujos de capital, ciclos financieros y decisiones tomadas en centros de poder lejanos.

Cuando el sistema comienza a hundirse, la nave imperial hace agua, pero no todos se hunden con ella. Las élites, que durante años disfrutaron de la travesía, disponen de sus propios helicópteros de rescate: capitales blindados, refugios fiscales y protección privada, muchas veces subsidiados por los mismos contribuyentes que quedarán atrapados en la cubierta. Desde el aire, incluso, se bombardean otros territorios para seguir a flote un poco más.

Este proceso erosiona finalmente el fundamento simbólico del imperio. La confianza en el dólar comienza a resquebrajarse, el mito del sueño americano pierde fuerza y la imagen del policía del mundo se revela como una máscara de la violencia estructural. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, Estados Unidos no caerá por un enemigo externo, sino por el peso de su propia ambición. Su grandeza, fundada en la injusticia y la supremacía, se disolverá no por virtud, sino por agotamiento.

Un comentario en “Dólar e intervencionismo

Deja un comentario