El pirobazgo regional

Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen: Tomada de shutterstock

Pirobo es uno de nuestros insultos más sonoros, una palabra que nos llegó del Sur; a lo mejor, sobre las alas de un tango. Pirobar es voz de germanía para referirse al coito. El lunfardo rioplatense incorporó la palabra muy probablemente del caló, la lengua gitana de España y, en las comunas de Medellín, sustantivada, acabó cargándose de nuevos sentidos. El pirobo es un ser ruin, capaz de ofender o dañar sin reparar en los daños causados. La descortesía, la pedantería y la falta de atención por el otro son los signos más propios del pirobazgo. El parlache, la jerga inventada en los barrios marginados de Medellín, ha reservado pues una de sus voces más ofensivas para sancionar el egoísmo social. El insulto “pirobo” del habla coloquial denuesta el comportamiento que anula al otro o que lo ningunea.

En política, en cambio, el pirobazgo es una forma contemporánea de cinismo. Pero este cinismo no es ya como el de la Grecia antigua, que fue una tendencia filosófica nacida en torno a Sócrates o sus discípulos directos. Los cínicos griegos criticaban las jerarquías, el Gobierno, las normas morales y, en general, los usos, costumbres y convenciones sociales. A esas normas y a quienes las seguían acríticamente, el cínico —ya Metrocles, ya Hiparquía, pues los hubo por igual de ambos sexos— respondía desafiándolos con gamberradas: andaba desnudo, practicaba una sexualidad libre, ofendía el pretendido buen gusto, se lanzaba a virulentas invectivas contra los poderosos y se rehusaba a llevar la vida satisfecha de la gente bien.

Había además en la actitud cínica algo que la alejaba de las clases dominantes y la acercaba a las clases trabajadoras: preferían la franqueza de los simples, que los melindres hipócritas de los poderosos. Al hacerlo, reivindicaban el naturalismo, la frugalidad y la austeridad del pueblo raso. Asimismo, preconizaban la sencillez, más aún, la pobreza y la autarquía personal. El cinismo y la diatriba que le venía apañada fueron la actitud moral que halló expresión en una época de crisis. El cínico veía su mundo derrumbarse y al punto se decidía a ayudarle a caer con sus acciones. Su forma de vida preludiaba así a los revolucionarios modernos y, de hecho, no pocas de sus reivindicaciones fueron asumidas por los movimientos obreros desde sus primeros tiempos.

La forma de cinismo contemporáneo de que aquí se trata, en cambio, apuntala el mundo actualmente existente y menosprecia las reivindicaciones de las minorías o las aspiraciones de colectivos sociales marginados o subrepresentados en el orden social. Se manifiesta en forma de malismo, es decir, como “ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables con la finalidad de conseguir un beneficio social, electoral o comercial” (M. Entrialgo). En este sentido, nuestro pirobazgo regional es un cinismo degradado: reaccionario y autocomplaciente, profundamente anti-intelectual, zafio, provocador, sin los dejes aristocráticos del conservatismo tradicional y alimentado por el algoritmo con que navega en la fachósfera.

En Medellín, el pirobazgo también toma la forma de un camorrismo de derechas. Este ha terminado contaminando el resto de dicho espectro puesto que, si bien solo los más radicalizados lo ejercen, los más moderados no solo no lo desautorizan, sino que cogobiernan con él y con él están unidos por una larga red de vasos comunicantes. Los elementos desclasados de los sectores populares encuentran permanentemente insumos para su confusión en el contenido audiovisual, las redes y las opiniones producidos en estos nichos de producción ideológica.

El pirobazgo regional reúne lo peor de la política tradicional: el negacionismo del conflicto armado, especialmente el de los crímenes de Estado; la confianza ingenua en la vida militar y en los altísimos valores morales que, sin matices, se concede a las tropas siempre juzgadas con suma benevolencia aun en sus derivas; el fanatismo antiguerrillero que cierra la puerta a cualquier forma de negociación con actores armados; el anticomunismo rabioso que levanta de punto una condescendencia filoparamilitar justificadora del terror; el deseo fantasmal de anulación física del adversario político al que permanentemente se reduce al rango de minoría electoralmente inane.

Pero del pirobazgo es su chulería canallesca lo que más fastidia: es el gesto del macarra que se deleita en su actitud de malote que desprecia a las víctimas. Y quienes se alejan de la radicalización son fastidiados por igual junto a quienes no comparten su tendencia política: estos son satanizados, infantilizados o caricaturizados sin el más mínimo afán constructivo. Este sector político se regodea incluso en la mentira o en la información inexacta o de mala fe, replicada enseguida por toda una turba de gente obcecada en su odio al trapo rojo. Philippe van Parijs decía que la opinión más horrible del más horrible de los políticos solía ser menos horrible que las opiniones de muchos de sus votantes.

La socialdemocracia en el poder no ha planteado ni con mucho una transición al socialismo o siquiera una transformación del sistema capitalista. Al contrario, para decepción de la extrema izquierda, lo que propone el Pacto Histórico (que no es, como se verá enseguida, el extremo adonde el centro político lo confina) es profundizar el capitalismo, es decir, llevarlo a un nivel de mayor productividad, aunque limitando la explotación obrera, reduciendo la plusvalía absoluta, aumentando el gasto social y estableciendo una política de seguridad social de por sí existente en muchos países desarrollados. Pero al pirobazgo le conviene convertir en león lo que no es más que un gatito mimoso: la socialdemocracia, inocua para el gran capital, que ha seguido aumentando sus ganancias.

Hablando de los cínicos, cuenta Diógenes Laercio que Antístenes sugería a los atenienses decretar mediante edicto que los caballos eran asnos. Como a quienes lo escuchaban, cómo no, les parecía absurda tal propuesta, Antístenes respondió: de entre vosotros surgen generales sin conocimiento alguno y solo llegan a ser tales porque encuentran quien les vote. Desde ya hacemos votos por que en estas elecciones su mayoría termine de resquebrajarse.

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