Editorial No 115: Contra los poderosos matones y su lógica de destrucción global

Portada: Ciencias Naturales – Juan Gatti

La suerte de la humanidad parece jugarse hoy en cada instante. El gobierno de Estados Unidos, cual matón del barrio, amenaza a todo el que se atreve a mirarlo feo, critica su despotismo o defiende su derecho a la autonomía y la autodeterminación de los pueblos. Y cumple sus amenazas porque sabe que ya no le queda otro poder de disuasión o de persuasión. Parece dispuesto a gobernar el mundo con el único medio que le queda a su alcance: su poderío militar; por eso cada día desata una guerra distinta en algún lugar del planeta, con el propósito de mostrar que su capacidad de destrucción es incuestionable. Dicho de otra manera, el gobierno gringo está dispuesto a destruir el mundo humano si es necesario para tener que ceder a nadie la hegemonía que cree le corresponde por destino propio.

Pero la hegemonía no puede sostenerse nunca exclusivamente por las armas, y Estados Unidos parece haber renunciado a todos los demás mecanismos que aseguran dicha hegemonía, principalmente al liderazgo moral que en otro tiempo se empeñó en simular. No es que hoy el coloso del norte no necesite de dicho liderazgo, sino que su decadencia le impide simularla. Esa es precisamente la evidencia de que Estados Unidos, como imperio, tiene sus años contados. Pero esos pocos años que le quedan de vida al imperio gringo pueden ser también los pocos que le quedan a la humanidad en su totalidad, si los pueblos sometidos no somos capaces de encontrar otro principio de organización social y proyectar nuestro futuro cimentado en fines distintos a la acumulación de poder y riqueza.

Así que, por paradójico que parezca, el futuro de la humanidad hoy se juega en cada rincón del planeta donde exista vida humana, por humilde o insignificante que se nos antoje, y no solo en los grandes centros de poder o en las regiones donde los poderosos han desatado sus famosas guerras preventivas. Y es que matones de barrio al estilo Trump pululan hoy por todas partes, desde la podrida civilización de la Unión Europea hasta la excéntrica figura de Bukele en Salvador, pasando por el destripador De la Espriella, que pretende ser una encarnación trumpista de Uribe Vélez.

Pero también resistencia popular encontramos hoy por todas partes, incluso en las mismas entrañas del imperio donde la fuerza inmigrante desafía, contra todo pronóstico, las apuestas fascistas de los supremacistas, a cuya cabeza está nada menos que el actual presidente de Estados Unidos, y defiende simplemente su derecho a existir. Y es que el sometimiento de los pueblos ante los caprichos del imperio casi nunca se ejerce directamente, sino a través de los matones locales; son ellos los que le allanan el camino al matón de la metrópoli, incluso para los ataques armado es invasiones, a cambio de sus favores. Por eso la lucha contra el imperio empieza por la confrontación de estos lavaperros, por arrebatarles o al menos diluir el poder que han amasado a la sombra del poder imperial. 

También en Colombia nos estamos jugando el futuro de la humanidad, por más que creamos, llenos de convicción, que la lucha es por x o y reforma, por el triunfo de tal o cual movimiento político o la elección de x o y candidato. Precisamente lo que se juega en las elecciones parlamentarias y las presidenciales que se avecinan es si tales reformas, tales movimientos políticos y tales candidatos avanzan efectivamente hacia la construcción de un mundo realmente justo, donde la vida digna se defienda por encima de todo y no como simple fórmula de campaña. La pelea no es, entonces, solo por despojar a la élite tradicional, los matones locales, de su poder opresor, sino por construir un mundo donde este poder y su lógica de destrucción y muerte no tengan ya muchas posibilidades de ejercerse.

Y es que la vida digna que anhelamos ya no es posible en la sociedad en la que vivimos. Ninguna vida puede vivirse con dignidad si no se agita y empeña en la justicia debida para el pueblo palestino, para los cubanos, los venezolanos, los iraníes, los yemeníes, los indígenas de todas partes y todos los pueblos castigados hoy o bien porque sus recursos los necesita el imperio moribundo para prolongar su vida artificialmente unos años más, o porque no se someten a los caprichos mediante los cuales dicho imperio quiere fingir la indeclinabilidad de su derecho imperial. En todo caso, mientras millones de seres humanos nos veamos obligados a mantener la dinámica de la máquina capitalista, indiferentes a la suerte de pueblos enteros triturados de alguna manera por esta máquina, la vida digna no podrá ser más que una quimera o una ilusión.

La vida digna debe surgir de una poderosa reforma moral e intelectual llevada a cabo por los pueblos oprimidos y sometidos. Y un escenario importante en Colombia para esa reforma es hoy por hoy el espacio de la política institucional; pero solo en la medida en que los movimientos que se disputan el control de estos espacios a nombre del pueblo vengan realmente del pueblo, se articulen con él y pongan al servicio de él los espacios copados en su nombre. Eso implica una autoeducación del pueblo en el ejercicio de la política, entendida no como la carrera de algunos individuos para llegar al Congreso o la Presidencia de la República, sino como el desarrollo de la lucha del pueblo por la autoemancipación. Solo en la medida en que los políticos de izquierda, progresistas o como quieran llamarse entiendan estos espacios como escenarios donde el pueblo materializa sus apuestas y proyectos, estará en la dirección de construir una humanidad más justa, libre de dominación y opresión.

Pero no habremos de esperar esto de la buena voluntad de los políticos progresistas, que también han crecido en la cultura de la corrupción, el robo y el clientelismo, rasgos con los que también se tiñó este gobierno, por más que su discurso, y posiblemente su intención, pretendiera lo contrario. La reforma moral que puede sacar a la humanidad de uno de sus momentos más oscuros es también una reforma de las prácticas y los valores asumidos por la izquierda misma, que presume estar por encima de los destripadores, tramposos y corruptos, cuando en la realidad, muchas veces, como buena hija de su tiempo, reproduce sus prácticas y valores y así las naturaliza y legitima, deslegitimando de paso, al menos ante los incautos, el anhelo de un mundo justo y libre. La crítica y la autocrítica son los instrumentos fundamentales de esta reforma moral e intelectual, la misma que nos impide convertir nuestro voto en cheques en blanco para quienes se presentan a sí mismos como revolucionarios o progresistas y nos lleva a exigir y vigilar que estos refrenden con los hechos sus discursos.

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