El imperialismo sin máscaras y la agonía terminal del lenguaje liberal

Por Renán Vega Cantor

“Mr. Casa Blanca”, Ilustración de Carlos Rengifo

Estados Unidos se quitó sus máscaras y se presenta hoy como el imperialismo sanguinario y cruel que siempre ha sido. Esto tiene múltiples implicaciones, de las cuales vale la pena destacar algunas, porque parece que de eso no se han enterado los medios de desinformación dominantes, el mundo académico y las izquierdas realmente existentes.

Para empezar, agoniza el lenguaje de la vulgata planetaria que se impuso a comienzos de la década de 1990, tras la desaparición de la Unión Soviética.  Globalización, globalismo, derecho internacional, derechos humanos, ONG, gobernanza mundial, sociedad civil, democracia liberal, Organización de Naciones Unidas (ONU)… son algunos de los términos en bancarrota.  Recordemos que esta retórica desplazó al lenguaje crítico del pensamiento anticapitalista, ya que se proclamó por decreto el fin de la historia y de las clases, de la lucha de clases, de la revolución, del imperialismo, de la explotación, de la búsqueda de igualdad…

Así, el proyecto imperialista, hegemonizado por los Estados Unidos, impuso sus propias formas políticas y una “nueva lengua” de la política y la sociedad, en la cual desapareció cualquier consideración crítica sobre la desigualdad, la injusticia y la explotación. Se implantó una semántica seudodemocrática, unas instituciones coetáneas y una ideología liberal para legitimar el globalismo.

Ahora está muriendo un tipo de lenguaje, junto con la realidad que pretendía expresar, que se consideraba irreversible. Estalla aquella quimera que suponía que era posible un mercado mundial desregulado y sin ningún tipo de acción estatal, regido por los designios de la inexorable “mano invisible”. Agoniza la quimera de suponer que era posible que Estados Unidos se desindustrializara, transfiriera la producción al exterior, se convirtiera en una economía de renta, se endeudara sin pausa y, a pesar de todo ello, pudiera vivir por siempre al debe del resto del planeta.

Se llegó a creer que en forma sumisa todo el mundo iba a aceptar que unos cuantos países (Estados Unidos, Israel, los miembros de la Unión Europea) fueran el “jardín” y el resto del planeta sus vasallos que les trabajara gratis y les transfiriera sin interrupción los bienes y servicios que les garantizan un opulento nivel de vida. Para que eso fuera posible se suponía que Estados Unidos podía emitir dólares sin límite y así drenar la riqueza del resto del mundo, sin necesidad de generar ahorro interno.

En ese orden de ideas, a los remisos se les convence con el Imperialismo del dólar (sanciones, bloqueos e impedimento de acceder a la divisa estadounidense) y contra los desobedientes se emplea la fuerza bruta, como lo atestiguan las múltiples guerras y agresiones que el imperialismo efectúa contra aquellos que intentan salirse del dominio del dólar, como lo ejemplifican Irak, Libia y Venezuela.

La arrogancia triunfalista del capital desde la década de 1990 se basó en el supuesto del fin de la historia, uno de cuyos significados estriba en que nunca iba a surgir ningún país que pudiera competir con los Estados Unidos. Tremendo error, porque surgió el nuevo taller del mundo, la República Popular China.

Este desplazamiento marca el fin del dominio económico de los Estados Unidos, en diferentes ámbitos: productivo, tecnológico, militar, espacial. Eso pone en cuestión la omnipotencia de los Estados Unidos, que se resquebraja por todos los poros, dentro y fuera de sus fronteras.

Estos cambios llevan a Estados Unidos a huir hacia adelante con la esperanza vana de retornar a la época del dominio Made in USA. Esa nostalgia reaccionaria de volver a un pasado glorioso de imperialismo incuestionable es una de las razones que explica que Estados Unidos se haya quitado la máscara y se haya cercenado el brazo blando de la dominación imperialista (USAID, cooperación internacional, becas de estudios en universidades de Estados Unidos, premios académicos, respaldo a la “prensa libre” …). Ya no necesita esa careta de benefactor de la humanidad (que nunca ha sido en verdad) con la que engañaba a propios y extraños, y que lo llevaba a autoproclamarse el campeón de la democracia, la libertad, la justicia, los derechos humanos…

Esto desaparece porque Estados Unidos lo considera irrelevante y costoso y consagra la inversión al sector militar, alcanzando niveles asombrosos (en 2026 es de 901 mil millones de dólares y en 2027 se propone llegar a 1,5 billones de dólares), con la pretensión de que la guerra reactive la economía interna y fortalezca el complejo militar-industrial.  Con la guerra perpetua Estados Unidos busca alcanzar una primacía artificial que su debilitada economía ya no genera, exhibiendo su brutalidad a diestra y siniestra.

Otro cambio tiene que ver con la forma que adopta la sumisión de los vasallos, porque debe recordarse que ningún imperialismo actúa en el vacío, basándose exclusivamente en sus propias fuerzas, sino que acude a la subordinación incondicional de un sector minoritario de los habitantes de los territorios dominados. En esa dirección, Estados Unidos se mueve en distintos flancos. Por un lado, apoya a la extrema derecha en gran parte de Europa y de nuestra América. Impone gobiernos incondicionales a sus dictados, los cuales reproducen sus políticas antipopulares y racistas, persiguiendo a los migrantes e imponiendo regímenes autoritarios.

 Estos incondicionales vasallos pertenecen a las clases dominantes dentro de cada país, los mismos que desde la Segunda Guerra Mundial fueron incondicionales a los Estados Unidos, sin importar si allí gobernaban los Republicanos o los Demócratas y si se imponía el libre comercio, la globalización, el neoliberalismo, el neoproteccionismo y la guerra arancelaria. Nada de lo que haga el imperialismo estadounidense los afecta, porque son autistas que se arrodillan ante Washington y saben que esa conducta genuflexa les permite mantener el dominio interno en sus respectivos países, sin importar que Estados Unidos los trate como miserables sirvientes, de los que puede prescindir en cualquier momento.

El ejemplo más vergonzoso lo ha dado María Corina Machado, quien, en una muestra de abyección difícil de emular por su nivel de postración, le dio la medalla del Nobel de la Paz (sic) a Donald Trump, quien la trató como una sirvienta de ocasión y la despreció en público sin ningún tipo de mesura. Ese es el nivel de “patriotismo” de las oligarquías locales en nuestra América, que siempre han sido sumisas a los Estados Unidos, sin importar el patrón que mande en la Casa Blanca.

En otros lugares, en aquellos en donde en teoría existen gobiernos alternativos o progresistas, aplican la política del garrote abierto, con sanciones, bloqueos, invasiones, agresiones militares, con el fin de plegar a esos gobiernos y regresar el poder a las viejas oligarquías que sueñan con convertir a nuestros países en Miamis periféricas. 

La agonía terminal del lenguaje liberal pone de presente la necesidad de construir democracias populares, derechos reales que beneficien a las mayorías sociales, proyectos anticapitalistas y rescatar el lenguaje crítico y emancipatorio. Esa construcción la tienen que hacer las comunidades en nuestro continente para impedir que el sistema moribundo que comanda Estados Unidos nos mate a todos.

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