Los demonios sueltos del capitalismo

Por Juan Gil Blas

Imagen tomada de fusernews.com

Hay noticias que se clavan hondo en el corazón. Noticias que jamás se olvidarán, que dejan una marca indeleble en la conciencia de la humanidad, que marcan un antes y un después. Y la historia sigue su curso, como si nada hubiera sucedido, sabiéndose que sí ha pasado. ¿Cómo pues digerir hoy al señor Epstein?

Tenía que ser un multimillonario estadounidense el que lo hizo. No en vano Estados Unidos es la cabeza del capitalismo. Su signo y su símbolo, amo y señor de la tierra, a donde llegaron los ángeles caídos del cielo y se instalaron plácidos en terreno abonado.

Comprar niños y niñas. Robar inocencias. Usarlas. Maltratarlas. Explotarlas. Desecharlas. Lolita express. Islas de la Fantasía. Mansiones y Ranchos. El dinero que todo lo compra, el que todo lo puede. Sacrificios a Moloch, niños para Baal.

Trump, Clinton, Gates. Y el Príncipe Andrés. Místeres y sires de los apellidos estadounidenses. Que son anglosajones, hijos de Inglaterra, madre a su vez de Israel: el ex primer ministro israelí Ehud Barak brilla ahí. La CIA con el Mossad y el Mossad con el MI6, en un triángulo vicioso. Y el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, también. God save the Queen. God Bless America. Yavhé es nuestro Dios. Dios o el Diablo los crían y ellos se juntan.

Y monsieur Macron y otros messieurs más: el ex ministro de la Cultura de Francia, Jack Lang; etc. Allons enfants de la Patrie!

Y los prohombres de Alemania: políticos, industriales, armamentistas, financistas: tambores de guerra, propulsores del diabólico Netanyahu. Heil Hitler!

Y de Suecia, también.

Y de Noruega, casa del mefítico Premio Nobel de la Paz, igual.

Y de España, Aznar.

Y de Colombia el doctor Pastrana, Ala mi rey, ¿cómo estás?

CEO de grandes corporaciones, prestantes ejecutivos, la industria cultural y deportiva también: Casey Wasserman, agente de talentos de Hollywood y presidente del comité organizador de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, uno más.

Occidente al desnudo. El capitalismo en flor. El coro sublime de la descomposición.

No son los pueblos los perversos así no más. Son las cabezas visibles y figuras públicas de estos pueblos quienes han instalado, aquí en la tierra, el paraíso de los ángeles caídos del cielo, rebeldes a Dios y, paradójicamente, a nombre de Dios, puesto que creyentes se reclaman todos. Aunque sea de Satanás.

Lucifer: el orgullo y la soberbia: Trump en cada palabra que pronuncia. Asmodeo: la lujuria: v.gr Epstein & Cia. Leviatán: la envidia: I took Venezuela. Belcebú: la gula: Davos. Satanás: la ira: la guerra al otro, al diferente, al migrante. Belfegor: la pereza: la Bolsa de Valores y las industrias se mueven mientras los tipos sestean. Y Mammón, que es la avaricia, ¿quién dice que no?

Personifican, estos Príncipes del Mal, los siete pecados capitales de la mitología cristiana, en la cual la demonología juega un papel nada despreciable. Ángeles caídos de alto rango que se rebelaron junto a Lucifer, el jefe de la gallada.

¿El objetivo de estos ángeles caídos? Tentar a la humanidad y pregonar el pecado; los teólogos lo saben.

Y lo hacen bien, los ángeles caídos, puesto que por todas partes se les ve.

Es el rostro del capitalismo del siglo veintiuno, el de los siete pecados capitales disparados. Para susto de gentes de bien. Con razón acuden en masa a los ritos religiosos. El mundo, su mundo moral, se les está desbaratando a pedazos. Y, aun así, conformes con las migajas de Sodoma y Gomorra que les quedan.

¿Cómo borrar de la memoria al señor Epstein? Es un guion cantado. Ahí viene el Mundial de Fútbol, o la desclasificación de los archivos secretos sobre alienígenas, para nuevo bombón de la gente. Y aquí cayó Venezuela, y allá viene Cuba, y aquí está Irán, y viene la reconstrucción-negocio de Gaza y mil cosas más, útiles para asimilar las andanzas del señor Epstein y su memorable séquito de alfombra roja.

Abusar de niños y niñas. ¿Por qué no, es que no puedo, no ven que tengo mucho, mucho dinero?

¡Todos estamos en la lista Epstein, para que nadie quede en la lista Epstein! Tan vivo que es el FBI, tan viva la Fiscal estadounidense. A propósito, ¿las mujeres qué?

¿Y las señoras qué?

Ghislaine Maxwell pasaba de lo lindo con su pareja Epstein. Ella, la mujer abusadora de niños, que ametrallaba guerrilleros en Colombia desde un helicóptero de las FFAA y con presidente a bordo.

Y las Mrs. Trump, Clinton y Gates como si nada, con silencio marital.

Y las princesas Beatriz y Eugenia de la Casa Real Británica: yo no sabía que mi papi Andrés, que mi mami Sarah (Ferguson) trataban con ese señor.

Y la Princesa Sofía de Suecia, y las Princesas Zutana y Perana. Unas auténticas tragedias familiares.

Y la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavit, a grito pelado ante los medios: ¡Trump no fue! ¡Fueron los demócratas!

Y el ejército de supermodelos. Mercado no solo de la moda, sino también de sexo por lo alto. Emprendedoras, voluptuosas mujeres abastecedoras de carne inocente para la orgía. Y la casa Victoria´s Secret, etc.

Es claro. El capitalismo ha inventado también a Lucifera, Asmodea, Leviatana, Belcebú(a), Satanasa, Belfegora y Mammona. No hay peor ciego ni peor ciega que el y la que no quieren ver. De Kristalinas Georgieva (directora del FMI) y Christines Lagarde (directora del Banco Central Europeo) líbranos Señor. Silencio ante sus patrones, solidaridad con ellos. Administradoras del gran capital que no pueden pasar desapercibidas así no más, a riesgo de que se pierda la plenitud de los hechos, los que de verdad significan. Plata es plata. Nobleza obliga.

Están podridos, de Bruselas a Washington, pasando por Berlín y París, todos ellos y todas ellas.

La mujer tiene mucho que decir aquí: las supercapitalistas también ayudan a comprar, abusar, maltratar, explotar y desechar, mediante su silencio, participación o administración económica, a la inocencia que se prostituye por el gravísimo pecado de todos los pobres del mundo de no haber nacido ricos ni en Casa Real.

Junto al Mammón, la Mammona.

Es un debate de muchas aristas el de la degradación del gran capital. No es solo el señor Epstein y la señora Maxwell: es un sistema que no tiene género y menos corazón el que los y las produce.

¿Hasta cuándo soportará la humanidad esta afrenta? ¿Qué es entonces la humanidad, qué la civilización?

El capitalismo hoy, en su cumbre de orgía y compinchería, es un sistema mandado a recoger.

Dios debiera hacer algo con sus ángeles caídos desparramados sobre la faz de la tierra.

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