Cuando el viejo orden se desmorona

Por Diego Meza

Imagen: “Canaanites” por Brian Almon

Hay una frase de Antonio Gramsci que es citada generalmente en periodos de coyunturas históricas: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y, en ese claroscuro, surgen los monstruos”. Esta sentencia se encuentra en Quaderni del carcere redactados entre 1929 y 1935 durante su detención. El filósofo sardo reflexiona sobre la fractura del orden liberal europeo después de la I Guerra Mundial y el ascenso de los regímenes autoritarios, en particular el fascismo italiano. No se trata de una simple crisis política circunstancial, sino de una ruptura de base entre las clases dirigentes y la sociedad civil, entre dirección estatal y legitimidad social. La expresión más directa de este cambio es la incapacidad de las élites liberales de asegurar la hegemonía frente a las exigencias y reclamos populares, la crisis económica y las nuevas formas de acción colectiva. El interregno no es por tanto una categoría retórica sino más bien el síntoma concreto de una época en la que el ensamblaje estatal, el modelo económico y la configuración social entran en una fase de descomposición radical.

El interregno es más que un periodo de tiempo entre dos órdenes diferentes. Es un momento en el que la relación entre sobreestructura política y estructura económica se fisura. Gramsci entiende la hegemonía como la capacidad de una clase dirigente para enunciar los propios intereses particulares como demandas generales a través de la articulación de instituciones, modelos culturales y formas económicas. Cuando este acoplamiento se erosiona, la crisis se vuelve orgánica. Los Estados pueden mantener el control sobre los aparatos coercitivos, pero pierden la dirección moral e intelectual de la sociedad. Así, las élites pierden la capacidad de universalizar sus preferencias y agendas.

En este quiebre emergen formas políticas que buscan ocupar el vacío: liderazgos plebiscitarios, discursos identitarios y modalidades de organización social que apelan a la excepcionalidad. Sin embargo, estas fuerzas no logran constituirse en un bloque histórico compacto capaz de articular consenso y coerción en una síntesis duradera. El claroscuro no designa, por tanto, una mera incertidumbre emocional o una inestabilidad psicológica difusa, sino una indeterminación estructural del orden. No habitamos aún un nuevo modelo, pero tampoco permanecemos plenamente en el anterior. Lo monstruoso señala, entonces, el surgimiento de configuraciones híbridas, entre legalidad e ilegalidad, entre lo público y lo privado, entre guerra y paz, que terminan siendo funcionales a la gestión de la inestabilidad. No se trata de la irrupción de lo irracional en la historia, sino de la racionalidad propia de un orden en disolución que se expresa a través de formas anómalas.

Esta idea de Gramsci permite evitar dos simplificaciones. De un lado, el relato declinista del crepúsculo del occidente y de otro lado, el discurso lineal de una transición ordenada hacia el multipolarismo. El sistema internacional de corte liberal se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial y aumentó su poder después de 1989. Este orden se basaba en un aparato hegemónico global que integraba un régimen financiero centrado en el dólar, en instituciones multilaterales y en la promesa de progreso y adquisición de derechos como horizonte universal. La crisis de las hipotecas subprime de 2008 produjo un quiebre radical. Mostró que este modelo generaba, a través de la concentración de la riqueza, desigualdades sistémicas y una precariedad generalizada que minaba su pretensión universalista de orden, libertad y estabilidad.

A pesar de este sismo geopolítico, todavía no ha hecho su aparición un nuevo universalismo. China, por ejemplo, postula la idea de un modelo centrado en la soberanía y el desarrollo infraesctrutural; en cambio, Rusia propone una crítica revisionista de la gramática securitaria europea. Otras potencias regionales están reivindicando un tipo de autonomía estratégica o de unidad basada en bloques. No obstante, ninguna de estas propuestas ha logrado traducirse en un proyecto con vocación global que a su tiempo alcance un consenso generalizado. De alguna forma, vemos una asimetría entre el retroceso de la hegemonía y la ausencia de una controhegemonía consolidada, el unipolarismo muere, pero el multipolarismo todavía no es un bloque histórico universal.

Los fenómenos políticos emergentes pueden ser vistos como modos de gobierno de la transición. Las guerras híbridas, las sanciones económicas como regulaciones sistémicas, las plataformas digitales como campos de combate permanente, el sistema internacional atomizado, los liderazgos populistas y las batallas culturales muestran un quiebre entre la interdependencia económica global y la capacidad política de gobernarla. Por tanto, los conflictos se presentan como una condición permanente de baja intensidad, señal de un sistema incapaz de institucionalizar la competición.

La potencia de esta categoría gramsciana radica en su oposición al determinismo. El interregno no implica necesariamente el ascenso e imposición automática del autoritarismo o de la emancipación, es un espacio de lucha por la hegemonía. Actualmente, no asistimos meramente a una redistribución de la potencia material, observamos una contienda por la definición de reglas, valores, símbolos y discursos que modelarán el próximo orden mundial. La cuestión decisiva no es cuál Estado prevalecerá sobre los otros, sino cuál proyecto logrará transformar la inestabilidad en un nuevo principio ordenador. Para alcanzar esta meta, es necesario consolidar una dirección moral e intelectual, armonizar intereses diversos en un horizonte compartido e institucionalizar las transformaciones. En tanto que dicho modo estructurante no se imponga y se articule a nivel global, el claroscuro contribuirá a producir nuevos problemas, nuevos monstruos.

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