Promesas

Por Tatiana Machado González

«La mala educación», Ilustración de Víctor Camilo Cuartas

La esperanza, como concepto, ha sido tradicionalmente celebrada como una virtud necesaria para avanzar. Pero también es un filo de navaja. En el campo de la educación y el trabajo social, este filo se vuelve una carga: día con día se predica la esperanza, mientras se camina sobre el abismo del desencanto de una realidad que asquea.

Aunque con menos fuerza, en el presente el discurso sobre la educación insiste en que es la vía al progreso, al ascenso social, al futuro prometido. Pero, ¿qué ocurre cuando ese futuro no llega, cuando la promesa es sistemáticamente rota por un modelo que excluye, margina y consume todo lo vivo? ¿Qué esperanza puede sostenerse frente a la certeza de que el sistema falla precisamente porque fue diseñado para hacerlo? ¿Qué esperanza frente a la certeza de no poder derribarlo, pese a la urgencia inmediata de hacerlo… porque las vidas que se consumen son las nuestras, las de quienes amamos, del planeta que compartimos con otros seres?

He pensado muchas veces en el destino de los niños con los que paso mis días como un ejercicio de motivación para seguir en pie a pesar de la derrota. A veces imagino: tal vez será ingeniera, tal vez abogado. Tiene habilidad para esto, sensibilidad para aquello. Pero esos deseos no son neutrales; responden a una crianza y a una educación que ha interiorizado los valores de la modernidad occidental. Una que valora ciertos saberes sobre otros, ciertos caminos como únicos, ciertas metas como universales. ¿Por qué ese niño indígena tiene que ser abogado para ser considerado un éxito o para que se respeten sus derechos y los de su comunidad? Y aunque lograra sobreponerse a las adversidades y ser profesional, ¿eso qué garantiza? ¿Por qué no basta con lo que él y su comunidad son? Por eso esa esperanza nunca basta. Y quizá por eso existe: para los desesperanzados, para los derrotados, para esperar ingenuamente que las cosas mejoren sin hacer nada para lograrlo.

No se trata, pues, de posar como el intelectual abatido que sufre y nada más. No se trata de romantizar el dolor. Se trata, más bien, de politizarlo, de nombrar honestamente la dificultad de sostener una práctica educativa y social cuando la esperanza se vuelve una consigna vacía. Porque muchas veces la esperanza que se predica no es más que una coartada para seguir sin cambiar nada, para aceptar la miseria como parte del camino.

Walter Benjamin, en sus «Tesis sobre el concepto de historia», advertía que la historia no debía leerse como una cadena de triunfos, sino como un campo de ruinas. Decía que articular históricamente lo pasado no significa conocerlo ‘tal como verdaderamente ha sido’. Significa apropiarse de un recuerdo tal como este relumbra en un instante de peligro. Esta advertencia resuena profundamente en quienes trabajamos en lo social, especialmente en la educación. Porque cada aula, cada niño que deserta, cada historia que se interrumpe por la precariedad de las condiciones materiales, y debo decirlo, también espirituales, es un instante de peligro en el que no podemos paralizarnos, se precisa de una práctica. Y esa práctica no se alimenta de promesas, sino de memoria. La fuerza no viene del futuro, sino del pasado. Una fuerza que empuja, no porque vislumbre un mañana brillante, sino porque recuerda un ayer que no debe repetirse y del que no hay que olvidarse.

Ese pasado duele. Está marcado por la exclusión, por la violencia estructural y el conflicto armado, por los ciclos que se repiten bajo nuevos disfraces. Hoy el lenguaje ha cambiado: ya no hablamos de pobreza, hablamos de estadísticas. Ya no hay represión, sino acciones

para mantener la paz. Pero el fondo es el mismo: explotación, abandono, negligencia. La técnica y el progreso, tan celebrados, solo han perfeccionado las formas de control. El presente es un reflejo del pasado, distorsionado por el espejismo del progreso. Eduardo Galeano decía que la primera condición para cambiar la realidad consiste en conocerla, y eso implica mirarla en toda su complejidad, sin quedarnos anclados en el lamento, ni refugiarnos en abstracciones que se quedan cortas. Conocerla y necesitar transformarla y sobre todo interrumpirla.

Por eso, la práctica educativa no puede sostenerse en la esperanza desoladora. Debe sostenerse en la memoria activa, en la conciencia de que cada ser humano que cae es un eco de otros que ya cayeron. Y que no hacer nada es dejar que la historia siga su curso moliendo a todos como en una especie de destino ineludible.

¿Existe entonces la posibilidad de un futuro distinto? Sí, eso espero. Y que sea uno que no puedo imaginar dentro de los límites que me impone este tiempo histórico, esta materia que me constituye. Ese futuro no cabe en las categorías actuales. Es tan distinto, que apenas puedo intuirlo. Pero esa intuición basta. Porque no se trata de tener certezas, sino de abrir fisuras.

Benjamin hablaba del tiempo mesiánico: ese instante en que el presente se interrumpe y aparece la posibilidad. No como una utopía lejana, sino como una irrupción. Algo que sucede aquí y ahora, cuando una práctica rompe con lo esperado. Cuando, a pesar de la fatiga, no se bajan los brazos. Cuando una comunidad se organiza. Cuando una mujer acompaña a su hija con amor para que no repita historias viejas de degradación. Cuando campesinos y campesinas resignifican su relación con la naturaleza. Cuando no se admite el olvido impuesto.

No se trata de esperar algo, sino de estar ahí, en el presente, actuando. La educación y el trabajo con comunidades, no como promesa de éxito, sino como acto ético de resistencia, por muy pequeño que sea. Entiendo que eso no basta para todos los días, claro. Porque queremos más. Deseamos más. Pero entiendo que, por el momento, no hay otra cosa. No espero un futuro mejor, no puedo creer en la esperanza como valor absoluto: creo en la dignidad de movilizarnos desde la ternura en el presente, en la memoria que resurge, en la posibilidad, aunque no la imagine, de que algo distinto pueda ser.

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