Descolonizando el poder de la mujer indígena

Por María Paulina González Alzate

Foto: Yamith Mariño Diaz

En el corazón de la política colombiana, donde el patriarcado colonial ha dictado durante siglos quién ocupa el poder, qué culturas merecen existir y quién tiene derecho a mandar, emerge una fórmula vicepresidencial que respira rebeldía y ancestralidad: Aída Quilcué, guardiana de la Madre Tierra. Nacida en el Cauca, en el resguardo indígena de Mocoso del pueblo Nasa, su historia representa las mingas colectivas, la lucha por el agua y la selva contra las multinacionales extractivistas. Desplazada por la violencia paramilitar, ha tejido redes de resistencia en asambleas indígenas, donde las mujeres han jugado un rol ancestral en la memoria y la vida comunitaria.

Esta fórmula con Iván Cepeda, defensor de derechos humanos, no es solo electoral: es una reivindicación a los pueblos originarios que desarma la historia del genocidio cultural sostenido durante siglos; que denota nuestra falta de identidad que como colombianos/as hemos tenido frente a estos pueblos. Coloca a una mujer de un territorio históricamente olvidado por el Estado en el centro de la nación, rompiendo el silencio impuesto por el colonialismo, el racismo y el patriarcado, que redujo a las mujeres indígenas a cuerpos invisibles y sin voz. Sin embargo, ellas traen resistencia ancestral.

Desde una mirada feminista decolonial, el genocidio cultural contra los pueblos indígenas se interpreta como una violencia de género y para descolonizarnos primero hay que aceptarnos como indígenas también y aceptarlos como fuentes de saber.

Las mujeres indígenas han sido históricamente guardianas de las lenguas, la medicina, lo comunitario, han generado estudios multiculturales y han resistido desde la memoria colectiva. No solo eso: han tomado el bastón de mando para defender el territorio. Ellas son el grito que reivindica la soberanía de los pueblos originarios, son las científicas de su territorio.

En Colombia, donde solo el 4,4% de la población es indígena pero custodia el 40% del territorio, el ascenso de Aída Quilcué rompe el techo de cristal colonial-patriarcal monopolizado por hombres mestizos. Para los pueblos indígenas, es un soplo de memoria que traerá al Palacio de Nariño las voces de las mingueras, las chamanas, las maestras y las guardianas. Este es un feminismo que no blanquea privilegios, sino que los confronta, recordándonos que la mal llamada “conquista” tuvo a la mujer indígena como primer botín de guerra, nos recuerda un mestizaje obligado; en un país donde nadie se autoreconoce como indígena, negando lo que llevamos en nuestra sangre.

Para el feminismo decolonial, esto no es mera “representación simbólica”, sino la restitución de la historia. Una mujer indígena en la Vicepresidencia transforma el poder desde adentro: lo vuelve ceremonia, palabra y deber comunitario. Su presencia nos obliga a preguntarnos: ¿qué es la política si no puede abrazar el cuerpo de una mujer indígena que ha visto morir a su pueblo y, aun así, sigue resistiendo?

Este pacto entre la izquierda -que históricamente ha sido un espacio de hombres— y una mujer indígena que ha resistido genocidio cultural y territorial, puede ser el punto de inflexión para que el progresismo colombiano abandone sus discursos maquillados y se rearticule como proyecto de justicia para las mujeres de todos los sectores. No se trata de “inclusión” representativa que se queda en discurso, sino de una reconfiguración epistémica: aprender a pensar desde ellas, desde su cosmovisión, su experiencia de violencia estructural y su capacidad histórica de resistir y sostener la vida comunitaria.

Su presencia pone en tensión una estructura estatal que ha sido construida desde lo masculino, lo blanco y lo urbano, y abre la posibilidad de pensar la política desde otros lugares. Desde el discurso del feminismo decolonial, esto no puede leerse como un gesto de inclusión, sino como una incomodidad necesaria: la presencia de una mujer indígena en un espacio de poder cuestiona no solo quién gobierna, sino desde dónde se gobierna y para quién se gobierna. Porque no es lo mismo hablar de país desde el centro, que desde los territorios atravesados por el conflicto, el despojo y la resistencia. Y ahí radica la potencia —y también la incomodidad— de esta decisión política.

En un programa de televisión dedicado a las mujeres indígenas, Noelia Campo (Cauca), lideresa indígena que ha ocupado el cargo de consejera mayor dentro del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), expresaba lo que atraviesa el discurso del feminismo decolonial: “El poder no es de la persona, el poder es la fuerza de la gente… nosotras no nacimos para obedecer”. No se trata de que las mujeres indígenas suban al poder para repetir el modelo individualista, sino para traer otro modo de sentir y ejercer la autoridad: desde el territorio, la comunidad y la resistencia que lleva a la existencia en primer lugar.

El feminismo decolonial en este caso deja de ser un discurso académico, que quizás muchas mujeres que estamos metidas en el feminismo empezamos a nombrar, y se vuelve una decisión histórica de lucha: reivindicar la autonomía territorial, descolonizar el Estado y reconocer que las mujeres indígenas no nacieron para obedecer, sino para liderar transformaciones radicales. Esa es la verdadera revolución de la fórmula Aída Quilcué: no una mujer indígena en el poder, sino el poder indígena femenino ocupando el centro de la política nacional.

Para el lector acostumbrado al feminismo que solo habita en calles urbanas o redes, esta figura incomoda: no es una feminista “libre de contexto”, sino íntimamente ligada a la colonia, el racismo y la destrucción territorial. Nos desafía a ampliar la mirada: no hay feminismo decolonial si no se reconoce que el cuerpo de la mujer indígena fue el primer territorio colonizado, violado, despojado de tierra y dignidad. También cabe la pregunta ¿Qué feminismo defendemos si no tenemos en cuenta a las mujeres indígenas? O ¿tenemos feminismos selectivos? ¿Puede ser feminismo siendo selectivo? Que ahora ese cuerpo levante su voz en la Vicepresidencia es el símbolo más potente de resistencia.

–  Porque ser mujer y ser indígena, en este país, aún es condenado, aunque no haya cárcel

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