Un llamado a votar con conciencia y sentido humano
Por Heberto Tapias García

Ilustración de “Espacio Abierto”
El próximo 31 de mayo Colombia vuelve a las urnas. Millones de ciudadanos tomarán un tarjetón y marcarán una opción. Puede parecer un acto cotidiano, casi automático, pero en realidad se trata de una de las decisiones más significativas de la vida democrática. En ese instante no solo se elige a un candidato, también se define el tipo de país que queremos ser, la
sociedad que estamos dispuestos a construir y el lugar que asumimos frente a los demás.
El voto encierra una doble dimensión que lo hace profundamente valioso. Es un acto íntimo, silencioso, en el que cada persona decide desde su conciencia, pero también es una decisión colectiva que nos vincula con millones de ciudadanos. Votar es reconocernos como parte de una comunidad y afirmar que lo que ocurre en ella nos importa. Es el punto de encuentro entre lo personal y lo social.
Elegir presidente hoy es, en el fondo, votar por un país. Es decidir el rumbo de Colombia en un momento que no admite indiferencia, optar entre profundizar transformaciones orientadas a la equidad o permitir que continúen las desigualdades que durante décadas han limitado la vida de millones de colombianos.
De esa decisión dependen realidades concretas. La posibilidad de que un joven sin recursos acceda a la universidad pública sin arruinar a su familia, que la salud deje de depender del bolsillo, que el trabajo ofrezca dignidad y no solo subsistencia, que el campesino pueda vivir de su tierra sin miedo y que la paz deje de ser una promesa para convertirse en una experiencia real.
Cada voto tiene un peso, así como también lo tiene la abstención. No participar no es un gesto neutral, es ceder la decisión a otros y renunciar a un derecho que ha costado décadas consolidar. Por eso es necesario preguntarse, antes de marcar el tarjetón, en quién estamos pensando cuando votamos.
La democracia no se agota en la expresión de una preferencia individual. Es un acto colectivo mediante el cual una sociedad decide el futuro que construye para todos. Cobra pleno sentido cuando somos capaces de mirar más allá de nuestros intereses inmediatos y reconocer como propias las necesidades de quienes han sido históricamente excluidos.
En cada voto habitan muchos rostros. La madre cabeza de hogar que madruga a trabajar sin saber quién cuida a sus hijos, el joven que terminó el bachillerato y no encuentra oportunidades, el campesino que ha sembrado durante años una tierra que no le pertenece, el adulto mayor que sobrevive sin pensión, la mujer que enfrenta la violencia sin respaldo del Estado y las comunidades que siguen esperando el reconocimiento efectivo de sus derechos. Tenerlos en cuenta no es un gesto de generosidad, es la base mínima de una decisión democrática.
Cuando el bienestar colectivo entra en juego, el voto deja de ser una preferencia individual y se convierte en una expresión de responsabilidad social. Es una forma de dar voz a quienes no han sido escuchados y de asumir que el destino propio está ligado al de los demás.
Es comprensible que la desconfianza haya crecido. La corrupción, las promesas incumplidas y la distancia entre la política y la vida cotidiana han alimentado el desencanto. Sin embargo, la abstención no corrige esos problemas, los profundiza. No votar facilita que todo siga igual. Participar, en cambio, es una manera concreta de exigir cambios y de no resignarse.
Estas elecciones ponen en juego la continuidad de un proceso de transformación iniciado en 2022, que ha buscado abrir caminos hacia una sociedad más justa, pese a las resistencias de sectores que han defendido históricamente sus privilegios. Lo que está en disputa no es únicamente un gobierno, sino la posibilidad de sostener una ruta de cambio que amplíe derechos y oportunidades.
En medio de la polarización, el miedo y la desconfianza, el voto también puede ser un acto de serenidad. No se trata de negar los conflictos, sino de afrontarlos sin odio, con la convicción de que las diferencias pueden tramitarse sin destruir el tejido social. La política debe recuperar su sentido más profundo, servir a las personas y poner en el centro la dignidad humana.
Al momento de votar no estamos solos. Nos acompañan quienes no tienen voz suficiente, quienes han sido excluidos y quienes han esperado demasiado tiempo ser tenidos en cuenta. En ese instante, todas esas historias convergen y le dan al voto un sentido que va más allá de lo individual.
Cuando logramos ver esos rostros, el voto deja de ser un trámite y se convierte en una expresión de compromiso con un país donde nadie quede atrás, donde el origen no determine el destino y donde cada persona tenga una oportunidad real de vivir con dignidad.
Este 31 de mayo es una invitación a participar con conciencia, a decidir con responsabilidad y a respaldar un proyecto de país que continúe abriendo caminos hacia la inclusión y la justicia social. Votar es afirmar que creemos en la democracia y en la posibilidad de construir un futuro distinto.
Es, en últimas, ponerle rostro humano a la decisión más poderosa que tenemos como ciudadanos, elegir la continuidad del proyecto de cambio del Pacto Histórico.
