Por Cristian Camilo Hurtado Blandón

Imagen tomada de psicologomajadahonda.net
La batalla legal de Kaley contra Meta y Google por crear plataformas adictivas ha despertado la intriga crítica de pensadores del mundo. De manera particular, la idea de que las plataformas están diseñadas para no detenerse resulta sugerente en el sentido de que la modernidad va a toda velocidad y cada vez estamos siendo más atropellados por el tren del progreso. Hay elementos de esta discusión que me han generado una pregunta sobre el contexto de las elecciones en Colombia: ¿Qué tipo de política puede hacerse en un mundo que no se detiene?
La adicción a las redes no es solo un problema de salud; es político. La afirmación anterior puede decirse de muchas formas, pero aquí quiero expresar que la capacidad que tienen estas plataformas para capturar nuestra atención durante las veinticuatro horas del día pone en crisis la reflexión política y su necesidad de detención del pensamiento en un punto para pensarlo a fondo. Me resisto a imaginar qué tipo de ciudadano puede salir de un país con una política sin pausa; tal vez uno cansado que evita hablar del país o un fanático que amenaza en las calles a sus vecinos por no pensar como él. Con todo ello pienso que la reflexión política está en crisis ahora más que nunca, porque ya no parece un proceso, sino un reflejo. No hay detención para el juicio, sino urgencia por reaccionar.
Esta crisis no se evidencia solamente en los medios de comunicación o el algoritmo que alimenta con contenido altamente emocional las inclinaciones de los ciudadanos, sino que se logra ver en la forma misma de lo que se considera como político. Chantal Mouffe nos ayuda a entender que las cosas se expresan ahora con mayor intensidad y sin filtros, lo cual no quiere decir que el conflicto haya crecido, sino que, a pesar de que siempre ha existido, ahora parece haber tomado un camino más peligroso en la forma en la que nos conectamos y hablamos de él. Esa idea de Jürgen Habermas de que la democracia es deliberación con un tiempo para argumentar y escuchar parece haberse desintegrado. Lo mismo pasa con la idea originaria de la democracia en Grecia, donde la condición de posibilidad de la buena reflexión política era el ocio. La fuerte tensión del país en términos electorales no habla de la conciencia de los pormenores del conflicto, sino de que ya no hay tiempo para procesarlo con calma.
Vale la pena aclarar que no creo que exista una pérdida de la voluntad de pensar, sino que más bien percibo una automatización del proceso individual de construcción de la opinión. La misma lógica algorítmica que favorece la adicción a las redes elimina la pausa y la duda necesarias para pensar. La velocidad de la circulación de las publicaciones en las plataformas, la facilidad de masificación de contenidos altamente emocionales y la dependencia de seguir consumiendo contenido digital crean un ambiente propicio para la reacción inmediata, porque no se distingue entre la información relevante y la desviación de la atención hacia la publicidad y el mercado. La saturación de información también crea la imposibilidad de sentirse realmente comprometido o incluido por las instituciones públicas o los discursos de los candidatos; importa más el escándalo que sus palabras. Esto muestra que pensar es cada vez más difícil, dado que el entorno se ha automatizado de manera tal que la reacción que impulsa el consumo se impone sobre el proceso pausado de reflexión que permite pensar.
Los cambios de esta inflexión son sutiles, pero peligrosos. Preguntémonos, por ejemplo, ¿qué se puede esperar de un país donde los ciudadanos ya no buscan deliberar, sino reaccionar? ¿Qué podría pensarse alrededor de ciudadanos que basan su interés de representación en la mera afectividad? La sensación que se podría esperar es la de no pertenecer a ningún lado, porque la política se comenzaría a vivir como una identificación inmediata y no un proceso de adhesión a un discurso, un conjunto de ideas o unos intereses comunes.
Se puede decir también que estos temores que muestro pueden parecer forzados porque la política siempre ha sido emocional y que la manipulación de los cuerpos electorales no es nueva y creada por el algoritmo, sino que ha estado presente desde siempre. No le quito la razón a ello, pero mi temor no recae en la presencia de estas situaciones en la democracia, sino en el hecho de que la necesaria distancia del ciudadano en contraposición de las decisiones políticas y el funcionamiento institucional, en contraste con una necesidad de reacción constante e inmediata, crea una fórmula explosiva de ciudadanos insatisfechos. La automatización de la reacción, también genera la acción no reflexionada, la acción impulsiva.
Tal vez el problema no sea únicamente que la política se haya vuelto más emocional, sino que ya no encontramos el tiempo para tomar distancia de ella. Si toda reacción es inmediata, si toda opinión debe formularse al instante, entonces lo que está en juego no es solo la calidad del debate, sino la posibilidad misma de juzgar y el cansancio de vivir en comunidades plurales. En una sociedad que no se detiene, ¿puede todavía sostenerse una democracia que exige reflexión? ¿Qué tipo de ciudadano se forma cuando pensar deja de ser un proceso y se convierte en un reflejo con respuestas automáticas y pre-diseñadas? Y, más problemático aún, ¿queda algún espacio para la pausa o ya hemos aceptado, sin notarlo, que la política solo puede existir a la velocidad de nuestra reacción? No sé si suene desesperanzador o si se trate de una propuesta basada en el cansancio de la época electoral, pero me parece que esta situación podría acarrearnos la necesidad de anexar a la reflexión política, producto de las nuevas dinámicas digitales, un concepto que dejaré solo enunciado y que prometo llenar de contenido más adelante; el posible efecto de esta situación puede ser la consolidación de una “ciudadanía precoz”.
