El tecnofascismo creciente de la IA

Por Andrés Felipe Hurtado Blandón

Imagen tomada de Reddit

En reflexiones anteriores he hablado de la competencia entre grandes potencias económicas a nivel mundial (EE. UU, China, Rusia, India, Europa) por alcanzar una posición dominante en el desarrollo y aplicación de la IA. También he señalado los pasos de gigante de esta tecnología que generan altas expectativas desarrollistas en unos sectores, y grandes temores o prevenciones en otros. En medio de la discusión sobre las bondades y las desventajas de la IA a nivel social y productivo, hay un factor que, si bien no es nuevo, ha llamado la atención en las últimas semanas: la amenaza o consolidación progresiva de un tecnofascismo en el mundo a partir de un uso masivo e indiscriminado de la IA en varios sectores de la sociedad y de los Estados mismos.

El tecnofascismo refiere a una forma de dominación política centralizada que utiliza infraestructuras tecnológicas para ejercer un amplio control social. Esta dominación se alcanza básicamente de dos maneras, mediante: 1. La capacidad de modelar algorítmicamente deseos, opiniones, percepciones y conductas a partir del monopolio de la información (pública y privada) que circula en las plataformas y medios digitales; 2. Una vigilancia totalizante de las interacciones sociales a fin de anticipar focos de desestabilización social o neutralizar elementos disidentes sin recurrir necesariamente a la fuerza y a los mecanismos visibles del totalitarismo clásico.

Sin embargo, en un tecnofascismo por parte de grandes potencias no se busca solamente alcanzar una mayor vigilancia y control social, sino también un marcado control político sobre países y regiones enteras, desafiando toda forma de soberanía de Estado y controlando o debilitando, según corresponda, la legitimidad de sus gobiernos e instituciones. Piénsese, al respecto, en los riesgos a los que se están exponiendo actualmente aquellos Estados que animan a sus funcionarios a usar la IA para hacer más eficiente sus labores administrativas: están entregando, gratuitamente, información de alto valor a gigantes tecnológicas privadas y a sus respectivos países. Es verdad que hace tiempo los Estados dejaron de tener un monopolio exclusivo sobre la información privada de sus ciudadanos, ya que ellos mismos voluntariamente la ofrecen en las redes; pero los ejercicios de gobernanza (a nivel legislativo, ejecutivo o judicial) sí que deberían ser asuntos de potestad exclusiva de las instituciones legales y deberían ser llevados a cabo con la mayor cautela. No obstante, la tendencia parece otra.

Ahora bien, aunque son conocidos los países y las empresas tecnológicas multimillonarias que están a la vanguardia en el desarrollo e implementación de la IA, extrañamente no siempre se conserva una sana o prudente sospecha sobre los verdaderos intereses de quienes están inmersos en la actual competencia tecnológica (por ahora, afortunadamente, no una guerra abierta). Parte de la razón de ello se debe no solo al poderoso marketing digital de dichas compañías, sino también a que dicha competencia científico-tecnológica ha alcanzado niveles inusuales de desarrollo: cada par de meses (o en ocasiones cada semana, como en este 2026)  alguna de las grandes empresas tecnológicas  “sorprende” al mundo con el lanzamiento de nuevas versiones o mejoras en sus herramientas de IA, con lo cual lo novedoso y ruidoso del asunto (por parte o bien de defensores o de alarmistas), termina por desviar la atención sobre el análisis cuidadoso de las versiones ya existentes .

Ante cada lanzamiento el mundo tecnológico, empresarial y socio-digital hacen eco del boom mercantil con que se lanza cada nueva versión o modelo de IA, lanzándose a ciegas a hacer uso de ellas (tanto versiones pagas como gratuitas) sin conocer o comprender realmente los posibles riesgos. Ello, como clara muestra del gran poder técnico, económico y mediático acumulado en pocas manos y que está creciendo desproporcionadamente tanto en extensión como en profundidad.

Al respecto, recientemente ha llamado la atención del público mundial dos noticias importantes que tienen que ver con los intereses y alcances de estas grandes corporaciones tecnológicas, en este caso, estadounidenses: el Proyecto Glasswing1 y el Manifiesto de Palantir.

El Proyecto Glasswing1, según relata Anthropic en su página web: “es una nueva iniciativa que reúne a Amazon Web Services, Anthropic, Apple, Broadcom, Cisco, CrowdStrike, Google, JPMorgan Chase, la Fundación Linux, Microsoft, NVIDIA y Palo Alto Networks en un esfuerzo por proteger el software más crítico del mundo”. Se trata de un proyecto que reúne a algunas de las más poderosas empresas tecnológicas del mundo que, extrañamente, han decidido trabajar conjuntamente para protegerse de una amenaza que ellas mismas han ayudado a crear. Según Anthropic, este proyecto surge: “debido a las capacidades que hemos observado en un nuevo modelo de vanguardia entrenado por Anthropic, que creemos que podría transformar la ciberseguridad”.

Claude Mythos2 Preview es un modelo de vanguardia de propósito general, aún no publicado, que revela una cruda realidad: los modelos de IA han alcanzado un nivel de capacidad de programación que les permite superar a todos, excepto a los humanos más expertos, en la detección y explotación de vulnerabilidades de software. Así, pues, buscan la manera de protegerse primero del monstruo que han creado antes de soltarlo al mundo y ponerlo a trabajar para sus intereses hegemónicos.

Por otra parte, se encuentra el Manifiesto Palantir, una reciente declaración de principios y visión política, contenidos en 22 tesis, que fue publicada recientemente por la empresa de software y análisis de datos Palantir Technologies (liderada por Alex Karp y financiada por Peter Thiel). Este documento ha generado un intenso debate mundial al defender una postura abiertamente tecnocrática y agresiva orientada a la defensa de uso de la IA para asegurar un papel hegemónico de Estados Unidos en el orden global.

Algunas de sus polémicas tesis rezan así: “Los límites del soft power, de la retórica brillante por sí sola, son hoy evidentes. La capacidad de las sociedades libres y democráticas para imponerse exige algo más que un llamado moral. Exige hard power, y el hard power de este siglo se basará en el software” (tesis cuarta). La tesis décimosegunda quiere anunciar un cambio en el orden mundial, pero manteniéndose en las consignas de una guerra fría: “Una era de disuasión, la era atómica, llega a su fin, y una nueva era de disuasión, basada en la IA, está a punto de comenzar”. Y la tesis quinta es la más abiertamente agresiva y amenazadora: “La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin”.

Estos dos sucesos hablan por sí solos de los profundos riesgos de una superestructura tecnofascista que se está consolidando a nivel regional y mundial. Por ahora, EE.UU está a la cabeza, pero pronto las demás potencias mostrarán sus dientes. Mientras tanto, miles de millones en el mundo siguen maravillándose con los avances de cada nuevo modelo de IA, invitándoles a pasar a sus casas, haciéndolos sus íntimos confidentes, entregándose confiadamente en presuntuosa promesa nupcial (“O IA o fracaso”).

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