Por María Paulina González Álzate

Ilustración de Laura Espinal
Desde que estaba en séptimo grado empecé con el sentimiento de hacer parte de la política. Desde el 2020 estuve más que todo en procesos de activismo, pero este año decidí militar en un partido y ver cómo se movía la política. Lo que no sabía es que ser mujer en política muchas veces cuesta la salud mental.
En uno de los espacios en los que estoy, viví una situación de violencia basada en género. Después de hablar sobre este asunto hubo revictimización, comentarios de mujeres como “para las feministas ya todo es acoso”. De repente, toda esa emoción que tenía por transformar mi entorno desapareció y se convirtió en miedo, un miedo que no sé cómo transformar para que después no se convierta en la idea de retirarme de lo que mueve mi vida. Para mí la política es aquello que me hace sentir que puedo cambiar mi entorno. Cambiar el mundo es difícil, pero transformar los espacios en los que habitamos día a día es más sencillo.
Pasar de hacer activismo a vivir la política en todo su esplendor fue difícil y me quitó una venda de los ojos. Esa definición de lo que es la política, en realidad, es una idealización de la misma. La política ni siquiera es el arte de gobernar como decía Aristóteles. La política para las mujeres es un lugar de miedo, el de ser silenciadas, desacreditadas, acosadas y violentadas.
Desde que habitó estos espacios he presenciado que todavía hay mucho machismo que hay que erradicar. Hace un mes estuve en una sesión del CDJ y uno de los funcionarios del partido del actual alcalde de Medellín, en medio del calor del debate, le dijo a una consejera de juventud: “Mejor quédate calladita”. Lo triste de todo esto, que también es importante resaltar, es que ciertas mujeres de posiciones políticas de derecha perpetúan esos comentarios y actitudes dentro de la política.
Me surgen preguntas: ¿En realidad estamos seguras en un lugar donde los hombres no reconocen que son machistas y siguen perpetuando la violencia política? ¿O en realidad estamos seguras en espacios donde algunas mujeres no se ponen del lado de las mujeres violentadas?
La política que debería ser un espacio seguro para las mujeres, ya que históricamente ha sido habitado y dominado por hombres, sigue reproduciendo muchas de las violencias que dice querer transformar.
En América Latina, autoras como Rita Segato explican que estas violencias funcionan como mecanismo de poder que envían un mensaje: “Este espacio no es para ustedes”, donde tenemos que demostrar constantemente que “Merecemos estar ahí”, enfrentando una violencia que hasta termina afectando nuestra salud mental y la participación dentro de los espacios.
Los espacios políticos no solo se transforman con presencia femenina; se necesita deconstrucción profunda de las relaciones de poder que sostiene la política. En ese camino, la educación tiene una responsabilidad central, no solo en las aulas sino en todos los espacios de
participación política y social donde se deben cuestionar las prácticas machistas que han sido normalizadas. Como maestra en formación de ciencias sociales, siempre abogo por la implementación de una pedagogía feminista en el currículo, no solo de las escuelas, sino de universidades. Según mis lecturas de autoras feministas, con esta pedagogía se pueden formar nuevas masculinidades. Esto en realidad no es algo simplemente discursivo; es urgente una transformación en todos los ámbitos para garantizar espacios seguros para las mujeres.
Hay autores como Raewyn Connell que han planteado que las masculinidades no son naturales sino construcciones sociales que pueden transformarse. Puede decirse que los hombres tienen una responsabilidad activa en revisar y cuestionar sus prácticas y desaprender para aprender una nueva forma de habitarse, pero esto no ocurre solo; requiere de procesos de formación, acompañamiento y confrontación política. Como, por ejemplo, no quedarnos calladas, porque las mujeres nos vemos bonitas es hablando, participando, incomodando y transformando.
Ya no estamos en el tiempo en el que las mujeres eran castigadas por hablar. Hoy estamos aquí disputando estos espacios, porque también son nuestros y eso es lo que hay que enseñar: a que las mujeres se revelen ante el sistema machista y opresor.
Hoy en Colombia somos cada vez más las mujeres que habitamos la política, ya sea de izquierda, derecha o centro, porque, aunque hemos logrado ocupar esos espacios gracias al feminismo, muchas veces seguimos enfrentando las mismas violencias que históricamente nos han querido expulsar de ellos. Por eso el reto para nosotras no es solo que haya más mujeres en la política, sino que esta, además, deje de ser un lugar hostil para nosotras. Por eso no podemos seguir normalizando estas violencias con la idea de que “Así es la política”; no es normal y no es aceptable. Transformar estos espacios exige incomodar, denunciar y cambiar las reglas que durante años han protegido a quienes violentan, porque la política que calla pierde su sentido transformador y si cambia ese sentido no es posible llegar a todos aquellos a los que queremos llegar para crear un cambio.
Para concluir, un pequeño mensaje para aquellas mujeres que han sido silenciadas, violentadas y acosadas en estos espacios: no es debilidad hablar, es profundamente político porque cada vez que una mujer habla de lo que le pasó rompe el pacto del silencio y con esa voz que se levanta empieza a cambiarlo todo.
A todas ustedes mujeres que luchan desde diferentes espacios, aquí estoy reconociendo sus fuerzas, sus voces y sus historias. No están solas; seguimos abriendo camino juntas.
