Por Aníbal Pineda Canabal

Foto tomada de colombia.travel
Unos por casualidad, otros por error, otros por propio deseo; pero por el río Sinú no entraron tan solo los conquistadores, ni otros tantos peninsulares que se les sumaron durante la colonia, ni los esclavizados venidos de África. Por sus aguas llegaron también, a finales del siglo XIX, árabes del Líbano, de Siria, de Palestina o de Jordania que se establecieron en su valle y se integraron en él en una síntesis que es hoy característica de aquellas tierras. Eran cristianos que dejaban el Imperio Otomano por una combinación de factores: crisis económico-política, persecución religiosa, presión demográfica.
El caftán que vestían o acaso la barba que llevaban hizo que algún pánfilo de entonces los confundiera al llegar con frailes. Se asentaron en Barranquilla o Cartagena, pero bien pronto se adentraron en las tierras del Caribe interior. Barcos que llamaban catabres los traían hasta Cispatá y a partir de ahí, remontaban el río hacia el sur, para asentarse en El Viento, Lorica, Cereté, Montería u otras partes. Eran, por lo general, muchachos jóvenes en busca de futuro.
Empezaban siendo buhoneros y vendiendo quincalla por pueblos y campos. Llegaron incluso hasta Muchajagua, caserío de Ayapel a orillas del San Jorge. A dos de ellos, libaneses de apellido Bitar y Abisambra, comerciantes, se les ocurrió llamar Monte Líbano a la posada o tienda de abarrotes que tenían frente al río en Muchajagua: el nombre de la casa terminó siendo el nombre del municipio creado años más tarde. Y así el que turquerío triunfó en el comercio, adquirió tierras y llegó incluso a formar parte de la clase dominante local, a la que no pocos pertenecen hoy a título de grandes propietarios o políticos. Y aunque no faltaron los zoilos que vieron en ellos una peligrosa influencia y que protestaron por su presencia, el proceso de su integración fue exitoso y no necesitó más de una generación para completarse.
D. Jaime Exbrayat, un francés que llegó en 1922 como hermano cristiano y echó raíces en Montería, dice que el Sinú es para Córdoba lo que el Magdalena es para Colombia entera. Por el río, buscando su oro y la madera que crecía copiosa en sus orillas, no solo llegaron árabes, sino también franceses, belgas, norteamericanos y afroantillanos. Pero su presencia fue mucho más modesta comparada con la árabe. Una carta en un sobre (y allá para llamar los cuales, por culpa de los inmigrantes, usan el galicismo «envelope»), echada a andar hasta Damasco significaba la llegada de nuevos familiares y amigos.
Como en el verso de Quessep, los envelopes del Sinú contenían una orden secreta: «Cumple tu historia suramericana». Por eso, hace cien años no era raro escuchar en el mercado de Lorica —a la que por lo mismo David Sánchez Juliao llamó Lorica Saudita— discutir sobre negocios o regatear precios en árabe lo mismo que en castellano. Asegurar la navegabilidad del Sinú pasó a ser de vital importancia para esta nueva generación de comerciantes que empezaba a desarrollarse. Disciplinar al río se volvió entonces una necesidad, tanto en el dragado de su desembocadura, como en los intentos de canalización del Bugre en el Sinú medio.
Pero mientras unos se bajaron del transatlántico para remontar el río, otros recorrieron el camino contrario. Córdoba, que da forma a toda la parte superior del mapa antioqueño, fue necesaria para la expansión industrial y económica de su gran vecino. En efecto, de las dehesas que se extienden sobre sus planicies sale buena parte de la carne que se consume en Medellín y aledaños. Esto hizo necesario, ya desde mediados del siglo XIX, rutas de trashumancia como el Camino Padrero (así llamado por haber sido puesto bajo la responsabilidad del cura de Ayapel) que comunicaba al mencionado pueblo con Cañafístola (que después se llamó Caucasia) y de ahí, cruzando el río, con Zaragoza para luego remontar la cordillera hacia Remedios (la carretera llegó apenas en los años 50 del siglo XX, pero por el camino abierto, después del Padrero, por Yarumal y Valdivia).
Las campañas militares de las guerras civiles empujaron a los paisas de las montañas a las planicies del Sinú y el San Jorge. La tradición de políticos antioqueños con grandes propiedades en Córdoba no viene de Uribe Vélez; la inauguró Pedro Nel Ospina, quien llegó hasta allá en tiempos de la Guerra de los Mil Días y estableció, en los terrenos de la hacienda Marta Magdalena, en el valle del San Jorge, un próspero negocio de ganadería que inició la masiva emigración de antioqueños a tierras cordobesas. Aunque no se tenga muchas veces conciencia de ello, la colonización antioqueña no fue únicamente un proceso que se dio hacia el sur, hacia el Viejo Caldas. De manera diferente, también se dirigió hacia el norte: hacia los territorios recién anexados del Urabá y el Bajo Cauca y de ahí hacia el Sinú y el San Jorge.
El sueño de un ferrocarril que uniera a Antioquia con Bolívar floreció en la época de las vacas gordas cuando, por la pérdida de Panamá, Colombia fue indemnizada por el gobierno estadounidense. Aunque este ferrocarril nunca llegó a concretarse, favoreció también la movilidad de obreros antioqueños hacia las tierras cordobesas, lo mismo que la apertura de caminos para unir Ituango con las tierras allende el nudo de Paramillo provocó el establecimiento de caseríos paisas en la serranía de Abibe y el Urabá cordobés. Como también muchos sinuanos pasaron al Urabá de Antioquia para trabajar en empresas madereras o bananeras y tumbaron monte, organizaron fincas y fundaron pueblos (Arboletes o San Pedro, por ejemplo), se puede decir que, mezclada con la local, forjaron una identidad propia. Fueron llamados despectivamente, chilapos, identidad que hoy se reivindica con alegría.
La llegada de unos y otros no reprodujo, como en el Viejo Caldas, la identidad surantioqueña, sino que creó una síntesis diferenciada con la cultura local en la que lo chilapo y lo cachaco siguieron conviviendo con lo vernáculo influyéndolo y seduciéndolo, pero conservando una especificidad: dinamizando la vida campesina o comercial y creando una relación de intercambio permanente e ininterrumpido que va más allá de la simple vecindad. Unos y otros, todos los mencionados, cuando no se prestaron para la injusticia ni fueron como aquel Jesús Espitia (potentado cruel) imaginado por Manuel Zapata Olivella, encontraron en Córdoba, junto a sus ríos, la utopía de la vida tranquila que sigue sin darse del todo y que sus gentes siguen aún persiguiendo.
