De la amistad que corre detrás de una pelota

Por Andrés Esteban Acosta

A Alejo, el Mono

Imagen tomada de cuenti.to

El primer recuerdo de la amistad es una pelota. En la reja de la casa de la infancia, los muchachos eran los otros, los envidiados, descamisados que hacían suya la calle. El sol no era impedimento y menos el cemento rugoso. El juego era simple. Consistía en meter la pelota entre dos piedras. Un llamado era la distancia entre pertenecer y estar al margen. Superado el límite de la reja, todas las razones se debían a una pelota.

Dejamos las piedras por las banquitas. Debíamos subir por ellas algunas cuadras, remontando el cerro, y traerlas entre varios, o esperar el juego de los grandes y aprovechar el fin de la tarde. Un día ya no estaban, como siempre, en el granero esquinero donde las reclamábamos. Hicimos las nuestras, en convite, dividiéndonos las tareas de soldadura, pintura y enmallado. La calle seguía siendo nuestra.

Esa es la solidaridad primera que recuerdo. No hay ninguna otra. Me veo en la calle aprendiendo los nombres de Camilo, Toño, Kevin, Wilmar y Jefferson, por los que ofrecíamos una lealtad del barrio. Éramos de una cuadra, de la 57, y el mundo se acababa encima de nosotros, en un cerro verde más imponente que el resto de montañas.

Cada día era el comienzo del ritual. Los golpes decían algo de esa otra sociabilidad, de ese ir sin camisa de árbol en árbol, de solar en solar, persiguiendo grillos, tumbando mangos y guayabas. A esos amigos les debo el combate contra la soledad, todavía sin saberlo, solo por el hecho de llevar siempre la compañía de una pelota. Debíamos inventar la historia, y lo hacíamos, con todas las formas posibles de llevar el tiempo de la mano, inclasificable, tiempo predilecto que tenía nombre de partido o cotejo. Yo tengo de ustedes, amigos, la memoria de las largas conversaciones luego de ganar un desafío o de perder un apostado, la planeación al detalle del partido de cierre de jornada, la subida al cerro a hundirse en los charcos escondidos o probar la tierra seca y amarilla.

La misma razón hizo posible los amigos del colegio: una pelota convencional, o balón de países, o una bola de papel sellada con cinta, o botella de plástico o de lata. Una parte considerable del sentido consistía en esperar cada año para plantar cara en el torneo escolar, con Johan y Miguel, haciendo de ese intervalo del tiempo la razón de ser de la fantasía. Eso, lo que teníamos a la mano, o mejor, al pie, se renovaba año tras año en un interminable pacto por salvar la vida gracias al juego desinteresado.

Luego, los amigos de la selección del municipio, los descamisados de todos los barrios, ya curtidos, viejos para ser niños, pero igual que antes, corriendo detrás de una pelota, sin más destino, o eludiendo por momentos los otros destinos. Para algunos todavía la pelota lo era todo, para otros no, anticipábamos la melancolía del porvenir, el juego proyectado hacia un olvido sereno, reducido a anécdotas grandilocuentes, como esas historias de las rodillas desechas de los veteranos, o la elección entre el juego y el estudio o el trabajo. En ese otro tiempo de la amistad, todavía nos volvíamos barro en esa cancha-potrero, en ocasiones esquivando vacas, salvando los tobillos de los imperfectos del terreno, entendiéndonos a través de paredes, cambios de frente, pelotas precisas al cuerpo o finitas al vacío. Caía la tarde y por esos días el cerro estaba tan cerca que lo podíamos tocar. Los caminos de regreso eran una supuesta virtud en el cansancio. A veces con Cucho, Checho, Calle, otras veces con Chota, Steven y el Mono, seguíamos a pie el camino a casa, sin sospecha alguna de que en esos retornos éramos lo que ahora sabemos por las palabras.

Steven y El Mono seguían. El cerro todavía era visible en la noche.

A la Universidad llegamos el Mono y yo. Desde allí veíamos el cerro, un origen al que instintivamente volvía la mirada. Nos presentamos a la selección de la Universidad e hicimos lo que hace muchos años sabíamos hacer: golpear una pelota, llevarla cortica al pie, pisarla y engañar al rival, y dedicarse un momento a algún lujo. La misma pelota, otras conversaciones y, ahora sí, alguna conciencia sobre la amistad; lo que era intuición pasaba a convertirse en pensamiento: ese momento en el que una vida dimensiona que es mejor por la cercanía de otra vida, y que de verdad podemos hacer algo por esos otros cercanos, algo que también los haga mejores.

Ya sin ánimos, con innumerables dolores, apareció mi promesa de no tocar de nuevo una pelota. Adiós al juego, casi también un adiós torpe al cuerpo; el desprestigio insano de quienes reducen a poco lo que no conocen, porque el privilegio de ir tras una pelota es saber que hay algo que se parece a la amistad en medio de la rivalidad pactada.

Con los años podemos decir mucho de la amistad. Ahora que cada tanto intento recordar qué es tocar una pelota, y me atrevo a no olvidar la sensación de plenitud de tirar bien un caño, o de hacer un pase con borde externo, o la belleza de dársela al compañero servida para que defina, después de esos intentos tengo algo que agradecerle a esa pelota que los amigos de infancia y adolescencia mantuvieron como el único tesoro compartido que podíamos permitirnos.

La amistad, en este caso, pensando en el amigo que ya no puede tomarse ese intervalo del juego, es lo que supimos casi hasta ponerlo en palabras. Las palabras fatigan cuando son excesivas, son innecesarias cuando son deshonestas, pero cuando no se pueden decir, crecen en un silencio injusto, hasta que debemos decirlas, lanzarlas al aire, dejarlas en la memoria para que resuenen en la verdad de la vida.

Quienes persiguen una pelota recuerdan su mundanidad cada vez que cansan su cuerpo contra la tierra, el césped o el asfalto. Surge una exclusividad del tiempo, la concentración absoluta en el juego que no decide nada elemental, pero que, mientras dura, reproduce el deber de ser colectivo o la realización individual que se da solo por la realización del grupo.

La amistad también corre detrás de una pelota, se expresa en la credibilidad que despierta el compañero en su virtuosismo o su limitación.  Hay algo de la amistad que se recuerda y se rehace en un campo de juego. También hay algo de la amistad que se pierde cuando ya no podemos devolverle una pared a ese amigo con quien gastamos tardes calurosas y polvorientas, o tardes de lluvia y barro imaginando el futuro que ahora pesa, y seguirá pesando.

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