Desde el cielo de Gardel

Por Andrés E. Acosta

Monumento a Carlos Gardel., Foto Cedida por la asociación Gardeliana

Carlos Gardel soporta las lluvias repentinas y los soles agobiantes de la indescifrable Medellín. Es por igual rumbo de los buscadores del mito del tango como desprevenido protagonista de una ciudad que no eligió para configurar la otra mitad de su destino. Día y noche permanece en su posición de cantor memorable, ofreciendo su voz a quien está en otros asuntos, en los trámites callejeros de un barrio tan vivo como clásico en la parte oriental de las montañas. Su forma exige el recuerdo de sus guitarristas, el ambiente hipnotizante de un teatro callejero, porque da la impresión de estar cantando sin parar, canta para que su recuerdo se agrande, incluso para quienes ni siquiera saben que canta, y se conforman con saber que ese que ven a la orilla del camino es un personaje importante.

La ciudad sube mucho más, pero ya Gardel está arriba, en la 45. Entre motos que pican y rozan la suerte contra el pavimento, buses del transporte público que se disputan el carril preferencial con otros vehículos y paseantes barriales que deben someterse a la desaparición del espacio público, Gardel es un epicentro del fervor -casi hasta la fe- de los tangueros radicales, lugar de encuentro de los enamorados antes de bajar al centro, ruta turística para quienes persiguen el periplo de la figura más importante de la historia del tango o punto de referencia como alma del barrio o paradero obligado.

A veces, se paran frente a su figura a cantar un verso de Volver o de Por una Cabeza ode Cuesta abajo, atribuyéndole una fuerza envolvente que les saca las lágrimas. Otras veces, algún transeúnte piensa que Gardel es el mismo de la panadería Gardel o de la compraventa Gardel, sin más, sin distinguir una sola línea de sus canciones. También, con el rigor de los encuentros íntimos, para quienes gozan de un repertorio mayor de canciones en la memoria y no entienden la vida sin una frase en su voz, Gardel es un amigo o un maestro o un ídolo o un fin, o todo al mismo tiempo; y entonces tocan la dureza del bronce, o tocan su voz, que es más bello todavía, y se van a algún bar de la ciudad, al Alaska cercano, por ejemplo, o de regreso a casa en la ruta pública repitiendo Mi noche triste o Adiós muchachos o Melodía de arrabal o Sus ojos se cerraron.

A este Gardel no le tocaron los años del tango. Escucha el tango como rumor que se aferra a su nombre para no lamentarse en el pasado que definitivamente pasa. Hay quienes todavía lo nombran para cantar como él, o para traer al presente algo de su grandeza. A sus espaldas o ante su mirada, sin pedir permiso, sin menguar en la disputa de los gustos, se escucha el reggaetón, la música popular, el vallenato o la salsa. Es el precio de sortear los años. Nada puede reprochar el Gardel de los nuevos tiempos, porque sobrevivir es estar lejos del origen, lejos de los días populares del tango, quedarse solo como testimonio de un pasado que se resiste a ser solo minoría, mucho menos olvido.

La ciudad se desprende de la mirada de Gardel. No importa que parte de esa misma ciudad lo pase por alto. El mito es endeble, pero seguro, en alguna esquina, en alguna emisora comercial, en el sonido que sale de alguna puerta abierta de casa de barrio, en la sintonía de un taxi, Gardel aparece y deja sentir su voz, como una ráfaga del buen canto que busca hogar en el corazón, o digan en el alma. Ese Gardel se queda también en el inconsciente; el mito se instala, como este mismo Gardel de bronce, en el cimiento sentimental de los oyentes.

A mí este Gardel me basta como memoria. Lo veo con una sonrisa criteriosa, sin temor a la novedad, afable en una ciudad que no eligió, sereno para cantar de nuevo, como quien atinadamente dijo que cada día cantaba mejor. Sobre su bronce el polvo, la lluvia, las plumas de las palomas seguirán dejando el registro de los años que pasan y obligatoriamente dejan estragos.

Este es el cielo de Gardel, cielo de Manrique, cielo de Medellín, sombra que abriga con el canto la mezcla de sonidos de una ciudad que, en sus paredes, cuadros de bares, discos de colección, listas de canciones en aplicaciones, cantores de tiendas, hace suyo el tango. Gardel mira una ciudad que lo escucha sin escucharlo, quizá pensando que cantó Cambalache, o pensando que nació en Medellín, como dicen algunos que ven su imagen en distintos lugares de la ciudad, o sabiendo que con Mi noche triste refundó la poética de su música y que llegó del sur para asentar su voz para siempre.

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