Por Álvaro Lopera

Imagen construida con IA por Álvaro Lopera
Cada vez que entramos a un portal o leemos manuscritos de cualquier orden (científico, político, filosófico) el vocablo Inteligencia Artificial (IA) aparece como parte del tema a tratar, pues esta pasó a ser invitada de honor en ensayos críticos y filosóficos, en la investigación científica y en la creación de nuevos contenidos en el mundo de la virtualidad así como arma de guerra, amén de usarse como una herramienta para alimentar la mediocridad académica que reemplazó al viejo copie y pegue aun en tesis doctorales, o simplemente como un referente “intelectual” en las conversaciones para dar a conocer a nuestros contertulios que estamos consumiendo la última mercancía de moda.
La triple burbuja financiera de la IA
Como una mercancía convertida en la nueva vedette tanto por la propaganda que la impulsa como por su desarrollo real, la IA pretende ser una herramienta de atajos que contribuya ágilmente y con resultados rápidos al proceso de acumulación capitalista, pero a estas alturas nos muestra que lleva en su seno crisis y sobresaltos.
De ahí que los estudiosos de la economía política han detectado tres tipos de burbujas que de seguro en los próximos años podrían pulverizar grandes ahorros o inversiones en las bolsas de valores.
La primera la llaman la burbuja de las expectativas. La IA tiene dos momentos: el generativo y el general. El primero es el que estamos viviendo y que consiste en desarrollar “contenidos (textos, videos, audios, imágenes…) utilizando patrones aprendidos automáticamente que le permiten analizar una gran cantidad de datos previamente almacenados”, como lo ha explicado el economista Juan Torres López en su blog. Pero resulta que ese modelo no alcanza el famoso razonamiento abstracto, ni logra autonomía al margen de los datos alimentados que sería lo que pretendidamente se alcanzaría con la IA general; y aún la tecnología está lejos de lograrlo, pero al público le hacen ver que está muy cerca para que se consuma compulsivamente y apoye el derrotero trazado.
La realidad es que con los modelos de la actual fase generativa no está confirmado una disminución de costos en operaciones industriales o similares superior al 10%, o de aumento de ingresos mayor al 5% de acuerdo a un informe de la Universidad de Stanford (https://hai.stanford.edu/ai-index/2025-ai-index-report/economy).
La segunda la llaman la burbuja de inversiones. El capitalismo, en su desorden y esperando que a corto plazo la productividad se dispare con esta herramienta tan publicitada para que coadyuve a salir de la crisis existencial en que se encuentra, aumenta a pasos pantagruélicos la cantidad de datos para entrenarla y por ello requiere una mayor potencia de cálculo. Y eso obliga a realizar billonarias inversiones en producción de chips, en infraestructuras de centros de datos masivos y en generación de una inmensa cantidad de energía que su tratamiento requiere; y de nuevo, esa tasa de retorno de inversión se ralentiza porque, aparte de los enormes costos, los consumos logrados de IA ni se acercan de lejos a los cálculos de los proyectos conllevando a que sean los gobiernos, como el norteamericano, quienes se apersonen de dichas subvenciones en esta etapa de su desarrollo.
La tercera es la burbuja financiera. Como el fracking, que es una burbuja sostenida en la bolsa de valores por la hipnosis del buen negocio y del manejo grosero y tramposo de la contabilidad y de la recompra de acciones, la IA vende bien su imagen por las expectativas a mediano o largo plazo, pues a los ojos del inversor es una herramienta descrestante que se saborea en el resultado tangible del genocidio de Gaza y en la destrucción de decenas de miles de infraestructuras en Irán, así como en las investigaciones, textos, programación informática, e imágenes y videos que se logran en cuestión de minutos o segundos y con instrucciones coherentes y claras.
La falta efectiva de rentabilidad implica que esta tecnología se tiene que financiar en función de expectativas y no de parámetros que reflejen la situación estructural objetiva y real de las empresas desarrolladoras. Y para hacer esto recurren a trampas financieras y contables para mostrar ganancias que no logran. Y eso es la base de una burbuja financiera que podría estallar en cualquier momento tal como sucedió con las subprime a principios de este siglo.
El Tecnofascismo asoma la cabeza
En el marco de esta tecnología que llegó para quedarse, vemos “avances” en lo que respecta a vigilancia, control poblacional, guerras y destrucción de puestos de trabajo, lo cual constituye en sí mismo un éxito capitalista de aplicación sobre el terreno económico y político; pero la crisis económica inherente a su desarrollo tiene que ser toreada y la evitación del crack económico en la etapa de su levantamiento de vuelo lleva a que estos capitales de inversión se fundan con el Estado norteamericano en particular; es decir, de la única manera que pueden sobrevivir en estos tiempos es hacer parte de los aparatos del Estado que, a la vez, necesita la tecnología de más alto perfil en este siglo para mantener la hegemonía mundial. He ahí pues los elementos fundacionales del tecnofascismo, es decir, del populismo neofascista que la nueva élite tecnológica con base en Silicon Valley apoya y financia.
De todas las avanzadillas de la nueva oligarquía tecnológica se destaca Palantir Technologies, una empresa especializada en análisis de datos, estrechamente vinculada al mundo policial y militar. Su principal labor en las recientes guerras y genocidios consiste en convertir información masiva en inteligencia operativa; es decir, hace conexiones entre millones de datos aparentemente inconexos para llevar a efecto acciones militares sin respetar el DIH y los Derechos Humanos. Los algoritmos asociados a la IA en la reciente guerra contra Irán fueron los que permitieron hechos militares imposibles para un ser humano como el disparo de 40 misiles en una hora a objetivos definidos por ella, en donde uno de estos, en los inicios de la agresión, asesinó a 168 niñas y niños en una escuela de Minab, matando además a 15 profesores.
Su CEO, Peter Thiel, aboga por «una convergencia entre la industria tecnológica y las instituciones militares, con el objetivo de defender o restaurar la supremacía occidental en el mundo». Y en su “manifiesto” en X, conocido ampliamente y leído por millones de internautas en la red, hablaba sin tapujos de que hay culturas retrógradas y perjudiciales que no merecen la presencia en este planeta, dejando entrever que Occidente, con estas tecnologías informáticas, tendría las manos desatadas para recuperar el tiempo perdido del supremacismo y de la hegemonía ahora en disputa con potencias menores a las que ve muy distantes de la labor “civilizadora” de Estados Unidos.
Para Thiel, la vida y sus ritmos naturales son cadenas de las que liberarse. Según este, las fronteras de la nueva humanidad estarían constituidas por internet, el espacio interestelar y los océanos. Como señala Irene Doda en una reseña de su libro Onnipotenti: «la libertad de Thiel, en resumen, está representada por un ser humano que se separa de aquello que lo hace humano».
La amenaza está frente a nuestros ojos, de todos depende actuar para neutralizarla.
