
Foto: Tatiana Machado González
A mediados de junio se realizaron en Mutatá, Antioquia, las fiestas tradicionales del Municipio. El nuevo paseo peatonal se dispuso para las fotografías; las luces, la música, los desfiles y las publicaciones en redes sociales mostraron un municipio orgulloso de sí mismo, orgulloso de su diversidad y de la riqueza cultural que habita este rincón del Urabá.
Hace poco caminé por ese espacio renovado. Los árboles que ofrecieron su sombra ya no están. En su lugar aparecieron adoquines, cemento y un paisaje cuidadosamente diseñado para recibir visitantes y servir de escenario para las publicaciones de redes sociales, que como no, buscaban atraer más turistas. Entre los nuevos elementos del paseo peatonal llaman la atención dos figuras: un hombre afrodescendiente y una mujer indígena que observan el paso de quienes recorren el lugar.
No sé quiénes son, en realidad nadie lo sabe. No tienen nombre. No representan a ninguna persona concreta que haya vivido en este territorio. No son líderes comunitarios, ni sabedores ancestrales, ni mujeres indígenas que hayan luchado por sus comunidades, ni hombres afrodescendientes que hayan ayudado a construir la historia de Mutatá. Son simplemente una mujer indígena y un hombre afrodescendiente cargados de estereotipos.
Sin embargo, allí están, ocupando un lugar privilegiado en el paisaje que se prepara para las fiestas.
La escena me hizo pensar en algo que ocurre con frecuencia en Colombia. Nos gusta la diversidad como elemento de goce estético, nos gusta cuando cabe en una fotografía, cuando sirve para decorar una plaza, cuando aparece en los discursos eufóricos sobre la belleza de nuestra nación multiétnica y pluricultural.
Durante años hemos aprendido a hablar el lenguaje de la inclusión; ya casi nadie se atrevería a defender públicamente ideas racistas. Por el contrario, nos gusta presentarnos como una sociedad abierta, respetuosa y multicultural: «¿Racista yo? Pero si tengo amigos negros. ¿Soy racista? Pero si mis hijos estudian con indígenas. ¿Racista yo? Pero si en las fiestas del pueblo incluimos candidatas indígenas y afrodescendientes en el reinado».
Y es verdad. En Mutatá las candidatas indígenas y afrodescendientes participan en los reinados y también es verdad que el actual alcalde es afrodescendiente. También es cierto que existen monumentos que representan la diversidad cultural del municipio, incluso en el escudo del municipio están representados…
Pero ninguna de esas cosas responde la pregunta fundamental: ¿qué lugar ocupan realmente esas comunidades en la vida política y en las relaciones económicas del municipio? Porque una cosa es aparecer en la fotografía y otra muy distinta es participar en igualdad de condiciones en la vida social, económica y política del territorio. La inclusión simbólica tiene un brillo que deslumbra: permite sentir que el problema está resuelto sin tener que transformar demasiado la realidad, una estatua cuesta menos que garantizar condiciones dignas de vida. Una fotografía exige menos esfuerzo que una política pública efectiva, un discurso sobre diversidad es mucho más sencillo que enfrentar las desigualdades que viven las comunidades todos los días.
Trabajo en un territorio donde las comunidades indígenas forman parte de la vida cotidiana. Las veo llegar a la escuela, a los centros de salud, a las oficinas públicas y escucho historias de familias que recorren largas distancias para acceder a servicios básicos. Así mismo conozco docentes que intentan construir puentes culturales y funcionarios que enfrentan situaciones complejas para las cuales muchas veces no existen respuestas suficientes.
Y también he aprendido que buena parte de nuestra relación con los pueblos indígenas sigue marcada por una profunda incomprensión. Nos encanta visitar sus territorios, admiramos sus artesanías, compramos sus productos, hablamos de la riqueza de sus tradiciones. Pero cuando se trata de comprender y transformar las condiciones concretas en las que viven, el entusiasmo desaparece.
Hace poco conversaba con un compañero de universidad sobre algunos de los problemas que afectan a las comunidades indígenas de la región. Mientras hablábamos, apareció una idea que escucho con frecuencia: que debemos respetar las dinámicas culturales propias y evitar juzgarlas desde perspectivas externas occidentalizadas, y, por supuesto, que debemos hacerlo.
Pero también me pregunto cuántas veces esa idea termina convirtiéndose en una excusa para mirar hacia otro lado frente al sufrimiento humano. Porque detrás de las discusiones académicas existen niñas y niños reales, existen personas que padecen hambre, enfermedades evitables, violencia y abandono. Existen comunidades que muchas veces reciben respuestas institucionales insuficientes, tardías o incapaces de comprender plenamente sus contextos: funcionarios de Bienestar Familiar de un municipio vecino retiran niños y niñas de sus hogares por vivir en tambos, pues “no son condiciones dignas de vida”, pero cuando se habla de la violencia que ocurre al interior de las comunidades (abuso, violencia intrafamiliar) no saben qué hacer: “Es que eso es cultural”, dicen.
Mientras todo eso ocurre, nosotros seguimos celebrando la diversidad. Quizá por eso las estatuas del paseo peatonal me resultan tan inquietantes. No porque representen a una mujer indígena y a un hombre afrodescendiente, todo lo contrario, me alegra que esos rostros ocupen un lugar visible en el espacio público. Lo que me inquieta es que sean personajes sin historia.
A pocos metros de allí, en el lugar privilegiado del parque principal, aparecen los nombres y figuras de los llamados “fundadores” del municipio, dos hombres blancos apellidados White, ellos sí existen, sí tienen identidad, sí tienen un lugar asegurado dentro de la memoria colectiva y la historia. Las figuras indígena y afrodescendiente, en cambio, representan a todos y a nadie al mismo tiempo, pues son una presencia sin biografía. Una diversidad sin nombres y una memoria sin seres humanos.
Esa es, para mí, una de las expresiones más sofisticadas del racismo contemporáneo. Ya no consiste necesariamente en expulsar a alguien de la fotografía. A veces consiste en permitirle aparecer en ella, pero sin reconocerle plenamente como nuestro semejante. En esas fiestas tradicionales, cientos de personas se tomaron fotografías junto a esas esculturas, las imágenes circularon por Facebook, Instagram y WhatsApp, dieron cuenta del orgullo de ser mutatense y, mientras tanto, los pueblos indígenas y afros, los de carne y hueso siguen enfrentando sus propias luchas cotidianas, lejos de las cámaras, de los discursos oficiales, muy pero muy lejos de la alegría de las fiestas. Morirán sin homenajes, sin monumentos, sin placas con sus nombres. Sobre todo, sin un lugar en nuestras memorias.
Ahora la paradoja aparece completada: en Mutatá permanecen de pie las esculturas de indígenas y afrodescendientes que nunca existieron, mientras quienes sí existen, quienes caminan estas calles, trabajan esta tierra, crían a sus hijos con amor y sostienen sus comunidades, corren el riesgo de desaparecer y sin darnos cuenta. Probablemente, si esto sucede, nuestro duelo, nuestro dolor también se quedará en la superficialidad… Perdimos parte de nuestra historia, tal vez digamos, en lugar de reconocer que abandonamos a su suerte a nuestros hermanos y hermanas que no volverán sobre esta tierra.
