
Portada: Encuentros (2013) – Maurio Medina
Abelardo de la Espriella lleva menos de un mes como presidente de Colombia y ya se pavonea como si su cargo fuera vitalicio; gobierna como si hubiera ganado las elecciones por una ventaja absoluta, como si no tuviera oposición en el universo entero. En realidad, no gobierna como presidente democráticamente elegido, sino como dictadorzuelo que no tiene que rendirle cuentas a nadie. Y en eso cuenta con la descomposición histórica de las instituciones en Colombia, desde el Congreso hasta las altas Cortes y los Organismos de Control, tomados desde hace décadas por una élite política mafiosa y fascista.
Su pose no se sustenta simplemente en un error de cálculo; es sobre todo una estrategia de intimidación. Y no debemos creer que la estrategia nace de la imaginación y creatividad de De la Espriella, sino que ha sido diseñada desde la misma campaña electoral por un sector político con mucho poder económico, arraigado en una cultura traqueta y mafiosa y con fuertes vínculos con el fascismo internacional.
De la Espriella no es nadie, o no era nadie antes de estas elecciones; ahora es un títere de un proyecto de ultraderecha mundial que, sin embargo, disfruta su función como un verdadero payaso, convencido, en su narcicismo, de que es un genio y goza de una popularidad genuina emanada de su propia persona. Pero el payaso no es el problema realmente, sino los magnates que mueven los hilos del títere y lo elevan a la condición de dictador mientras le dictan las acciones políticas que debe realizar al pie de la letra, las reformas que debe promover en función de sus intereses y las que debe bloquear porque amenazan su poder económico y político. Para estos magnates, De la Espriella es un peón que se puede quemar, igual que quemaron a Uribe, cuando ya no pueda gestionar exitosamente sus intereses. Por eso es un error concentrarse en las payasadas y excentricidades de De la Espriella, lo que desvía la atención del proyecto que avanza y de sus verdaderos artífices, que siguen posando de gente de bien.
Todos sabemos, también Abelardo y los magnates que lo han convertido en su títere, que la popularidad del tigre ha sido artificialmente diseñada, construida y proyectada desde los poderes mediáticos, nacionales e internacionales. También sabemos no solo que ganó por un estrecho margen de doscientos mil votos, lo que es evidente en las cifras, sino gracias a un fraude a manos llenas que pretenden mantener en las sombras. También sabemos que su pose de dictador en estos tiempos y en Colombia no puede ser sostenida largo rato, por más que cuente con la complicidad de buena parte de la institucionalidad. Pero la estrategia es bien clara y pretende hacer confuso este convencimiento.
Como nadie se esperaba que ganara las elecciones, ni siquiera el mismo Abelardo, el suceso tomó por sorpresa a buena parte de la izquierda y sembró en ella el desconcierto y el temor. La estrategia de gobierno en este momento consiste en una terapia de choque que le impida al pueblo salir de este desconcierto y que eleve el miedo permanentemente. Por eso la actividad febril de derogar en un mes todas las conquistas en seguridad social y bienestar que había logrado el gobierno anterior para los sectores populares, las víctimas del conflicto armado, de violencia sexual y crímenes de odio, etc. Es una política cínicamente orientada a la concentración del poder económico, político y cultural de la élite mafiosa, que parecía entrar en crisis con el declive del uribismo y cree poder renacer con este nuevo invento de ventrílocuo. También es, abiertamente, una declaratoria de guerra contra los sectores populares y los oprimidos en general que pretende medir a las primeras de cambio nuestra capacidad de respuesta para saber en qué dirección puede seguir.
Debemos asegurarnos que esa respuesta no siga siendo el miedo y el desconcierto. Después del “triunfo” de De la Espriella en las elecciones, muchos se han hecho la pregunta de cómo fue posible. Y esa pregunta, por supuesto, es necesaria para comprender la situación y saber entonces cómo enfrentarla. Pero las respuestas han sido, la mayoría de las veces, superficiales: El fraude, por supuesto, en primer lugar; la utilización poco ética de la Inteligencia artificial por parte del candidato ganador y la mala campaña realizada por el Pacto Histórico que, por un lado, desdeñó la figura del candidato de ultraderecha y, por el otro, se creyó ganadora desde el principio y, por tanto, no necesitada de renovarse y sumar fuerzas a su proyecto.
Todas estas razones son verdaderas, pero no son las de fondo. Desdeñan el poder de la cultura traqueta y mafiosa incrustada desde hace décadas en la gente de a pie y, con mayor arraigo, por supuesto, en las grandes figuras políticas, incluidas las de la izquierda. Tampoco presta atención a la crisis organizativa, y consecuentemente de formación política, de los sectores populares. Todo esto se reporta en una incapacidad de la izquierda para disputar la hegemonía moral y cultural en la sociedad ante el ascenso de la cultura traqueta y mafiosa promovida por la élite política formada desde hace décadas en la dinámica del narcotráfico y el paramilitarismo.
La lucha entonces que nos plante el proyecto mafioso que hoy representa De la Espriella en el gobierno no puede limitarse a la reconquista de la Casa de Nariño (considerando, además, que el progresismo siempre fue minoría en el Congreso, que ni se ha asomado a las altas cortes y mucho menos a los órganos de control político). Realmente Abelardo de La Espriella, sin saberlo bien, nos ha mostrado en qué terreno es ha de llevarse la guerra que les ha declarado a los pobres y oprimidos de este país.
No hay que aterrarse de que plantee una batalla cultural, sino prepararnos para enfrentarla. Seguramente él y los magnates que lo sostienen usarán para ello todas las instituciones y los medios corporativos y públicos. Nuestro escenario, en cambio, habrá de ser principalmente la calle, el hogar, el vecindario y todos nuestros espacios de trabajo y estudio. La batalla cultural debe orientarse a la formación de un nuevo sujeto; en el caso del proyecto de ultraderecha ese sujeto es aquel a la medida del neoliberalismo, que abrace el dinero como a Dios y se convierta a la religión del consumismo ciego. Nosotros pretendemos la formación de un sujeto que aspire conscientemente a su emancipación, que cambie su relación de dominación con la naturaleza y se ponga en función del cuidado de los más vulnerables en vez de aprovechar dicha vulnerabilidad en su beneficio.
Y la formación de dicho sujeto demanda la transformación de las instituciones que lo bloquean. Se hace imperativo construir una nueva institucionalidad que promueva la emergencia de ese nuevo sujeto y se avenga con su libertad y la realización de sus más altas potencialidades. No es solo De la Espriella el que debe salir de la presidencia por ilegítimo; casi toda la institucionalidad de este país, controlada por esa élite mafiosa, es ilegítima y actúa contra el pueblo. Su salida en pleno debe ser un propósito central de la toma de las calles en los próximos meses. Pero la meta es más elevada: el control y transformación de la institucionalidad no es el fin sino uno de los medios más poderosos, hoy por hoy, para avanzar en la construcción de una nueva hegemonía moral y cultural que permita la emergencia de un nuevo sujeto y una nueva sociedad donde la libertad, la felicidad y las justicia sean posibles para todos y todas y no pueda pisotearlas cualquier tigre advenedizo.

Contraportada: Everlasting life (2022) – Bob Incorvaja
