La pelota no se mancha, pero el imperio la secuestra: Mundial 2026

Por Ánderson Vélez Ricardo

Irán llega al Mundial con las presiones de la guerra que vive su país. Foto: Imagen generada con inteligencia artificial

Decidí escribir sobre el Mundial de la FIFA 2026 porque soy un auténtico amante del fútbol, sobre todo cuando representa la identidad de los pueblos. Sin embargo, pensar en esta cita me hace entrar en contradicciones muy profundas. El certamen se realiza en una potencia que encarna el imperialismo, la xenofobia institucional y la exclusión. Ver el fútbol en el corazón de este país es doloroso para un verdadero aficionado. Pese a esto, no me podía quedar en silencio; asumo estas líneas como una forma necesaria de demostrar mi descontento. Un descontento que no es con el juego en sí, sino con este «fútbol moderno» plagado de lógica transnacional, publicidad alienante, maltrato y, sobre todo, de un descarado lavado de cara a un presidente que ha demostrado autoritarismo en todo el mundo.

Un ejemplo claro de este entramado político fue el premio de la paz de la FIFA, entregado en diciembre en el marco del sorteo del mundial. Este galardón busca instrumentalizar el deporte para mostrar al presidente de los Estados Unidos como un supuesto embajador de la paz; un lavado de imagen por aparecer como mediador ante el genocidio que sufre la población Palestina en Gaza y en el conflicto entre Tailandia y Camboya. Todo ocurre mientras la Casa Blanca inició un conflicto con Irán por defender a su aliado Israel. Esta hostilidad internacional le ha traído al gobierno estadounidense problemas, cobrándose, además, en su primer día, la vida de 168 niñas en la escuela primaria Shajare Tayebé, en la ciudad de Minab. Para el poder hegemónico, estas vidas de las periferias son invisibilizadas y tratadas como simples daños colaterales.

Este fenómeno de blanqueamiento político a través del deporte (sportwashing) ya había pasado en el mundial de Qatar 2022 con la dinastía Al Thani, que violó sistemáticamente los derechos humanos de los trabajadores migrantes que construían las edificaciones, además de los problemas internos de un país hermético ante la mirada internacional.

Ahora, resulta irónico que uno de los movimientos globales de la FIFA sea el famoso «Football Unites the World» (El fútbol une al mundo), que aparece de forma hipócrita en la publicidad oficial antes de cada partido. Presenciamos un torneo excluyente que bloquea la participación de aficionados de países que Estados Unidos mantiene en sus listas negras bajo el cómodo pretexto paranoico de la “seguridad nacional”. Esto pasó con muchos hinchas que acompañan históricamente a la selección de Senegal. Estos aficionados son característicos por sus formas comunitarias de apoyo, convirtiéndose en auténticos íconos para su pueblo. Sin embargo, no pudieron asistir debido a una negación masiva de visas por motivos geopolíticos, incluso contando con la mediación del Ministerio de Deportes de Senegal. Ndèye Dome Thiouf, asesora de comunicación de dicha cartera, lo resumió con amargura: “Es la primera vez que no enviamos delegación debido a las complicaciones vinculadas a la concesión de visados por parte de Estados Unidos”.

Pero este apartheid fronterizo no es el único caso. Al árbitro Omar Abdulkadir Artan, de nacionalidad somalí, le fue negado el ingreso a Estados Unidos, incluso habiendo sido ratificado por la FIFA para dirigir en el mundial y siendo catalogado como el mejor colegiado africano de la actualidad. El propio árbitro contó que al llegar al aeropuerto de Miami y mostrar la documentación de la FIFA, fue retenido e interrogado hostilmente por 11 horas, cuestionándole una supuesta relación con el terrorismo. Esto muestra claramente que, para el imaginario supremacista del imperio, el terrorismo solo llega desde África, Asia y América Latina. Por esa razón, Omar Artan fue excluido del torneo no por un criterio de la FIFA, sino por el racismo de Estado del país anfitrión. Al regresar a su país, declaró a The New York Times: “Creo que tienen un problema con mi país”.

Tal vez el caso más mediático ha sido el de la selección de Irán, una escuadra cuyo único pecado parece ser jugar al fútbol representando a una nación en tensión abierta con el anfitrión. Este caso es bien particular porque la FIFA suele ser tajante al decir que si un país mezcla la política con el fútbol implica la expulsión de competencias internacionales, como ocurrió con Rusia por la guerra con Ucrania, o con Eritrea por disputas de sus autoridades. Pero ante la superpotencia norteamericana, ¿qué pasa con la FIFA?

El maltrato logístico que sufre la selección de Irán en este mundial es un caso de asedio único en la historia del torneo. Juega sus partidos en Estados Unidos, pero por orden directa del gobierno no puede pernoctar en ese suelo. Les toca concentrar en Tijuana, México, trasladarse en avión el mismo día de cada partido a Estados Unidos y, al acabar el juego, volver directamente a México. Este es un claro caso de interferencia estatal en el rendimiento de una selección que debe hacer el doble de esfuerzo físico por traslados de más de 4 horas en una sola jornada. El jugador iraní, Mohammad Mohebi, denunció: “Yo creo que debimos venir acá dos días antes del partido, pero llegamos ayer; empezamos el viaje en la mañana, luego en la tarde directo al entrenamiento y eso nos cansa”.

Frente a este atropello, el discurso de Gianni Infantino en el vestuario iraní tras su debut fue un monumento a la hipocresía corporativa: “Sé por lo que han pasado, entiendo. Pero ustedes son más fuertes que todo… Y están enviando un duro mensaje al mundo entero”. Lo que Infantino calla es que la supuesta autonomía de la FIFA se arrodilló ante el capital de Wall Street y los caprichos de Donald Trump, habiendo perdido toda injerencia en las decisiones del torneo por priorizar las ganancias millonarias.

Y recuerden este dato: la mayor parte de la logística de los mundiales es sostenida de forma precarizada por el voluntariado, personas de a pie que por vivir la ilusión no cobran un solo peso. Mientras tanto, la FIFA recauda fortunas por la agresiva publicidad que inunda cada partido, mientras excluyen hinchas, persiguen árbitros y maltratan delegaciones enteras. El fútbol de los pueblos ha sido secuestrado por el imperio; lo que hoy presenciamos no es unión, sino la consolidación de un negocio profundamente excluyente y armado a la medida del opresor.

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