Por Leidy Vanessa Canizales Quintero

Imagen tomada de indepaz
El silencio antes de la ruptura
El receso vacacional suele traer consigo un silencio necesario: una tregua en la que las rutinas se suspenden, las obligaciones académicas pierden por unos días su urgencia y la distancia permite respirar. Sin embargo, aquel descanso universitario no terminó siendo una pausa tranquila. En medio de la aparente calma, una discusión política atravesó las pantallas de nuestros teléfonos y abrió una grieta inesperada en un grupo de amigos que, hasta entonces, había logrado convivir con sus diferencias.
Ese equilibrio se alteró después de las elecciones presidenciales de 2026. La victoria de Abelardo de la Espriella intensificó las conversaciones políticas y convirtió a Antioquia, donde obtuvo una votación ampliamente mayoritaria, en objeto de comentarios, señalamientos y generalizaciones en las redes sociales. Algunas publicaciones redujeron a toda una región a etiquetas ofensivas y absolutas. Para quien vive en Medellín y siente arraigo por la ciudad, leer ese tipo de mensajes podía producir indignación. Defender el lugar que se habita es comprensible; convertir esa defensa en desprecio hacia quienes piensan distinto, no lo es.
La verdad fragmentada de un chat
El estallido me llegó de manera indirecta, aunque con una contundencia imposible de ignorar. Todo comenzó con un mensaje de Valeria, una de las integrantes del grupo. Me escribió con el desconcierto de quien acaba de presenciar la ruptura de un pacto que creía firme. Luego compartió conmigo la conversación que había sostenido con Camila. A medida que avanzaba por las capturas de pantalla, entendí que no se trataba de una discusión acalorada cualquiera.
El intercambio había comenzado alrededor de los fantasmas habituales de la retórica electoral: el comunismo, la izquierda, la oposición y la idea de que el país se encontraba amenazado por quienes no apoyaban al nuevo gobierno. Valeria intentó llevar la conversación a un terreno conceptual y recordó que Colombia se define constitucionalmente como un Estado social de derecho. Su intención no era imponer una postura, sino señalar un límite básico: ninguna diferencia política autoriza a desconocer los derechos, la vida o la dignidad de los demás.
La respuesta de Camila no fue argumentativa. Llegó como una ráfaga de mensajes enviados en mitad de la tarde, cargados de una hostilidad que contrastaba con la cercanía que habíamos compartido. En aquellas líneas, la izquierda dejaba de aparecer como una corriente política susceptible de crítica y se convertía en un objeto de desprecio absoluto. Los mensajes sugerían que las personas muertas en contextos de protesta habían recibido un destino merecido y que el país necesitaba una «limpieza social» para eliminar a quienes, desde su perspectiva, eran responsables del odio y del deterioro nacional.
Cuando el desacuerdo se vuelve expulsión
La indignación inicial se convirtió en alarma poco después, cuando Mateo, otro amigo cercano del grupo y originario de Bogotá, me escribió para contarme lo que le había sucedido. Camila lo había contactado casi al mismo tiempo y había repetido el discurso de intolerancia política, pero añadió un ataque directo contra su procedencia. Ya no cuestionaba solamente sus ideas: cuestionaba su derecho a habitar la ciudad y a expresar una opinión sobre ella.
Con un regionalismo hostil, le dijo que regresara a Bogotá si tanto le incomodaba estar en Medellín y afirmó que el entorno local era superior. La frase operaba como un ultimátum: para ser aceptado, Mateo debía callar, adaptarse o marcharse. La ciudad, presentada hasta entonces como un espacio compartido, se transformaba en una frontera simbólica custodiada por una sola manera de pensar.
Lo más doloroso no fue constatar que Camila defendía una opción política distinta. La diferencia ya existía y nunca había impedido la convivencia. Lo perturbador fue descubrir que, en su mirada, esa diferencia podía anular el valor humano del otro. Valeria y Mateo dejaron de ser amigos para convertirse, por unos instantes, en representantes de todo aquello que ella decía combatir.
Los límites que protegen lo humano
La agresividad de los mensajes y el rechazo a la procedencia de Mateo evidenciaron que, para Camila, la elección había dejado de ser un ejercicio democrático y se había convertido en una guerra personal. En esa lógica, quien no celebra el triunfo es visto como enemigo; quien critica debe marcharse; quien protesta merece el castigo; quien pertenece a otra región debe guardar silencio. La democracia, sin embargo, no consiste en eliminar la diferencia, sino en aprender a tramitarla sin destruir al contradictor.
El espejo de la intolerancia cotidiana
Las redes sociales hicieron más veloz la confrontación. La pantalla permitió escribir, en pocos segundos, frases que quizá no se habrían pronunciado frente a frente. Sin embargo, el teléfono no fue la causa de la ruptura, sino el medio por el cual quedaron expuestos prejuicios que ya existían. Cada mensaje implicó una decisión: insistir en la agresión o detenerse antes de herir.
El panorama político cambió con la elección de un nuevo presidente, pero la derrota más amarga de aquella jornada no se midió en votos ni en puestos electorales. Ocurrió en la intimidad de nuestros canales de comunicación, cuando la obsesión ideológica desplazó el respeto básico y convirtió la amistad en territorio enemigo. Fue allí, entre mensajes breves y frases irreparables, donde comprendimos que la violencia pública también se alimenta de pequeñas renuncias cotidianas a reconocer al otro.
Después de aquella tarde, el silencio de las vacaciones ya no fue el mismo. No era la pausa reparadora del comienzo, sino el silencio que queda cuando algo se rompe y todavía no sabemos si puede reconstruirse. Las palabras habían levantado una trinchera entre nosotros. Y aunque una elección define quién ocupará el gobierno durante algunos años, la forma en que tratamos a quienes piensan distinto define, de manera mucho más profunda, la clase de sociedad que estamos construyendo.
