Brotes

Por Andrés Esteban Acosta

Árbol

a tu pie

teje el olvido

aromas y susurros

Horacio Benavides

Foto: Andrés Esteban Acosta

Las moscas se posan en el banano podrido, lanzado como fruto de descarte del racimo ya maduro que cuelga a la sombra de un entable con tejas de zinc y cortes de carpas de bebidas de gaseosa. Las moscas prefieren el banano antes que el tomate que también se pudre en la tierra. Todo será tierra en este pequeño espacio de vida: el orégano, las hojas del carey y la rila de las gallinas.

No hace tanto, menos de una década, las casas vecinas formaban una seguidilla de solares. La de atrás tenía un árbol frondoso de mango criollo, cuyas ramas cruzaban la frontera de adobe macizo y dejaban racimos maduros de nuestro lado. A uno de los costados de nuestro solar, crecían brevos y un guanábano apestado que nunca dio buenos frutos, al igual que el nuestro: misma semilla, mismo resultado. El otro solar vecino tenía un árbol de manga, condenado a dar frutos de un sabor ácido que eran apetecibles a la vista, pero solo consumibles bañándolos con sal y limón.

Desde el balcón de una de las casas de la otra acera, ese conjunto de solares semejaba un pequeño bosque. Quizá, desde más arriba, se hubiera visto el predominio del verde sobre el naranja de las tejas de barro o, por lo menos, una distribución equitativa y agradable para cualquier observador. Ahora solo sobreviven dos solares en medio de la proliferación de edificios que consume varias cuadras a la redonda; dos solares que son terrenos “desaprovechados” porque no han sido invadidos por la forma prepotente de las construcciones que saturan el paisaje.

Los tres edificios que se tocan con la parte de atrás de nuestro solar configuran una zona de edificios: seis, diez y dieciocho pisos, en ese orden de construcción. Antes, con algo de experticia en los movimientos, se podían observar las montañas que suben al oriente de la parte norte del valle. Incluso, desde el viejo naranjo, veíamos la extensión desde Medellín hasta Copacabana, las formas de las montañas, los barrios apenas sobrepasando el pie de monte y los parches lacerantes de las explotaciones de material que rompían el tono verde opaco de las estribaciones. El muro de adobe, ante el cual chutábamos un balón desgastado que continuamente pasaba al otro solar, es ahora un muro imponente que contradice todos los brotes de vida de este lado. Las hojas del carey se doblan cuando se encuentran contra ese muro, se detienen bruscamente y no tienen, como hasta hace algunos años las ramas del mango criollo, la posibilidad de seguir el muro hasta superarlo; se vuelven sobre sí, se doblan en una posición de vencimiento.

El edificio de veinte-tantos pisos −aunque insisto en contar piso por piso, llego a un punto de desespero que me lleva a olvidar la cuenta− tiene ventanales hacia el lado de nuestro solar. Desde allí, cuando alguien extiende ropa o sale a revisar el celular o a fumarse un cigarrillo o a enterarse del afuera, invade la privacidad de este lado de las casas. Por eso, es imposible orinar como antes en el solar, con la certeza de que solo Dios es testigo de la urgencia. Tampoco hay confianza para salir a caminar en el patio, tender la ropa o sentarse sin camisa a leer un libro. Quizá se impresionan por los cultivos, el pozo de agua y las herramientas de trabajo regadas sin orden después de pulir los caminos y cortar matas secas; quizá lo ven todo en una escala inferior del progreso, en un atrás que no goza de acabados o enchapados, o ventanales desde las alturas.

En otros tiempos, en nuestro solar crecía ahuyama, caña, frijol, cidra, cebolla, tomate, plátano, un aguacate de frutos pequeños y arrugados, y un viejo naranjo sembrado durante la construcción de la casa. En un espacio de más de cincuenta metros cuadrados han convivido aromáticas, enredaderas, frutales, conejos, pollos, gallinas, un armadillo y pájaros visitantes que venían a buscar su ración en el comedero, en especial los azulejos y los mayos llamaban nuestra atención por habituales en temporada.

Un solar no era extraño. Era la normalidad de las casas del barrio que solo se interrumpía por unas pocas construcciones de dos plantas. Afuera, incluso, algunos dejaban crecer árboles para refugiarse bajo su sombra: guayabos, guayacanes, pinos. Otros dejaban crotos bajos que adornaban las fachadas. El mundo cercano era otro, no mejor, pero sí más verde, más diverso, como una condición de vínculo inevitable con la naturaleza. Hoy, cuando las moscas abandonan el banano y se dispersan por la casa, lo que extrañamos es la pérdida de la secuencia visual que desde la tierra nos llevaba al cielo y desde el cielo volvía a la tierra, de los charcos del solar o la gallinaza regada para abonar la tierra, a las formas robusta de las montañas.

Vemos lo que sobrevive del solar. En las hojas del limoncillo se sostiene un grillo marrón. No se mueve ni se inmuta ante las miradas fijas que lo abordan como un extraño del lugar. Lo extraño son las miradas que lo acusan. En la infancia íbamos de jardín en jardín buscando grillos para guardarlos en tarros de café. Ganaba quien atrapara más. Luego los dejábamos caer en el solar a la suerte natural. Al acercarle la palma de la mano el grillo marrón salta hacia el orégano. Los extraños son quienes rompen los ciclos y espantan al que solo permanece.

Del lado de nuestro solar, contra el muro del edificio brota la hierbabuena. Busca caminos que bordean una línea gris de cemento. Pronto esa aromática crecerá y tupirá todo el límite. El gris del cemento ya no se verá y las hojas verdes lucharán por una victoria a mediano plazo imposible. También brota una tomatera de cherry. Contra el adobe están clavadas algunas puntillas para delinear la mata. Hace algunos meses se utilizaron para llevar la trayectoria de una frijolera que no alcanzó a dar buenas vainas. Este solar, a contravía de su alrededor, brota en mínimas formas, encerrado en un destino conocido, árido y sobrepoblado; resiste en su defensa ciega por expandirse en un dominio perdido.

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