Por Sebastián Rojo E.

Javier Milei y Donald Trump, en Miami el pasado noviembre.@JMilei (2025)
El 14 de noviembre de 2024, en la gala del America First Policy Institute en Mar-a-Lago, Javier Milei recibió un premio a la «libertad» de manos de Donald Trump. La foto se viralizó en todo el continente, un presidente argentino aclamado por Washington como modelo a seguir. La escena, repetida con variaciones en El Salvador, plantea una pregunta que va más allá de la alineación ideológica: ¿hasta qué punto el giro a la derecha en América Latina se debe a la influencia activa de Washington, y no simplemente al debilitamiento de sus propios gobiernos progresistas?
No se trata de negar que la desilusión con la izquierda, la inseguridad y la corrupción hayan allanado el camino, pero este terreno fértil, por sí solo, no explica qué candidatos de extrema derecha surgen y cuáles se desvanecen, es aquí donde Washington, con herramientas mucho más sutiles que las de la Guerra Fría, sigue ejerciendo un poder decisivo.
Este patrón no es nuevo. En 1987, el sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva describió un fenómeno similar al compilar el libro Tiempos Conservadores: América Latina en el Giro a la Derecha de Occidente, escrito a la sombra de las dictaduras militares que, durante la década de 1970, gozaron del apoyo abierto de Washington. La historiadora Clara Nieto, en el 2005, documentó este mismo patrón en detalle en Los Maestros de la Guerra: desde Guatemala hasta Chile, pasando por Nicaragua y El Salvador, Estados Unidos comprendió, durante décadas, que apoyar a los gobiernos de derecha en la región era una cuestión de su propia seguridad nacional. Lo que cambió no fue el objetivo, sino el método: donde antes era necesario un golpe de Estado, hoy basta con un titular, un acuerdo bilateral o una fotografía bien calculada.
¿Cómo opera esta influencia hoy sin necesidad de un golpe de Estado? De al menos tres maneras. La primera es la alineación simbólica: premios como el que Milei recibió en Mar-a-Lago, apariciones conjuntas, elogios mutuos y continuos en redes sociales; todo un lenguaje de gestos que transforma a un presidente latinoamericano en el «aliado favorito» de Washington, con el «favor» político interno que ello conlleva. La segunda es el poder blando en su sentido más amplio: la financiación de medios de comunicación y campañas afines, que moldea el debate público mucho antes de que un candidato aparezca en el tarjetón electoral. La tercera, la más concreta y verificable, es la cooperación material. El acuerdo entre la administración Trump y Nayib Bukele para recibir a los deportados de Estados Unidos en la mega cárcel CECOT no es un gesto simbólico ni una alianza, sino un intercambio de intereses que involucra dinero, logística y política migratoria. Ninguno de estos mecanismos requiere intervención militar ni una orden explícita de la Casa Blanca; simplemente recompensan la alineación y aíslan la disidencia.
El caso argentino ilustra el mecanismo simbólico en su forma más pura. Milei ha viajado a Estados Unidos centenares de veces desde que asumió el cargo, buscando oportunidades para fotos, reuniones y titulares con Trump, a pesar de que los resultados bilaterales concretos —acuerdos comerciales, líneas de crédito, inversiones— han sido notablemente escasos, casi inexistentes. Lo que Milei obtiene de Washington no es, hasta ahora, una ayuda económica, sino algo igualmente valioso en términos políticos: legitimidad internacional y una narrativa para exhibir a nivel nacional, la de un presidente respaldado por «el mundo libre». Es influencia como un espejo. Washington no necesita ofrecer nada material para obtener un aliado ideológico entusiasta.
El caso salvadoreño funciona de manera diferente, y por eso constituye su complemento necesario. Bukele no solo recibe elogios, sino que también recibe a cientos de deportados, alojados en el CECOT mediante un acuerdo directo con la administración estadounidense. Aquí, la influencia ya no es meramente narrativa; es logística y económica. Transforma a El Salvador en un componente operativo de la política migratoria de Estados Unidos. A cambio, Bukele obtiene financiamiento, respaldo político para su propio modelo de seguridad (cuestionado por organizaciones de derechos humanos) y una plataforma para presentarse como líder regional, un estatus que sin ese apoyo probablemente no tendría el mismo alcance.
Es justo reconocer el argumento contrario, ya que cuenta con datos que lo respaldan. Un estudio comparativo de 2024, liderado por el politólogo Cristóbal Rovira Kaltwasser, junto con otros investigadores, muestra que el apoyo a la extrema derecha en Argentina, Brasil y Chile ronda el 30% del electorado, mientras que el rechazo duplica esa cifra. Este hallazgo es relevante, pero dista mucho de indicar una hegemonía irreversible. Y existe algo aún más difícil de atribuir a Washington: una generación de votantes jóvenes, muchos de ellos sin recuerdos de las dictaduras militares, que no comparten la aversión histórica de sus padres hacia la derecha y que, en cambio, han crecido presenciando los escándalos y el estancamiento de varios gobiernos progresistas. Nada de esto fue orquestado por Estados Unidos.
Pero aceptar esto no invalida el argumento central; lo reformula. Washington no crea descontento; lo aprovecha. No inventa a Milei ni a Bukele, pero sí decide a cuál de los líderes “emergentes” de extrema derecha coronar con una sesión de fotos, un acuerdo o un préstamo, y a cuál dejar a su suerte. La influencia estadounidense es la causa de la derechización; es el viento que decide, entre varias velas posibles, cuál izar primero. Esa foto en Mar-a-Lago, años después, ya no es una anécdota, es un síntoma; síntoma que a la actualidad se ve reflejado en la victoria de Keiko Sofía Fujimori Higuchi en el Perú o en la de Abelardo de la Espriella en Colombia.
