Editorial No 12: Democracia para El Colectivo

paloma(Número 12 / Octubre 2016)

La democracia, bien entendida, no es solo una forma de gobierno, es ante todo una forma de vida colectiva. Por eso no se decreta ni se implora, se construye y se conquista. Si los valores y las prácticas democráticas no anidan todavía en nuestros corazones ni en el seno de la comunidad, pedirla de las instituciones sería una pose o, a lo sumo, el resultado de una ilusión: creer que la democracia es un regalo que nos hacen otros, los dirigentes políticos y los estadistas. Esa ilusión significa no percatarse que en un Estado capitalista las instituciones fueron creadas para velar por los intereses de los grandes capitales a costa de la vida y la felicidad de la mayoría de desposeídos. La democracia verdadera es un manjar que se cocina comunitariamente para el deleite y enriquecimiento de la vida del individuo y de la comunidad.

Se aprende la democracia en la cotidianidad de las comunidades, pero solo si se orienta adecuadamente en la vida organizativa de estas. Hija de la solidaridad, la democracia no defiende el interés general, entendido este como el interés de las mayorías. En las “democracias” actuales, que son básicamente mediáticas, la masa es siempre manipulada desde diversas estrategias comunicativas y de propaganda para ponerlas en favor de los intereses de los poderosos. La ignorancia de las masas, que no tiene que ser analfabetismo, es un baluarte fundamental de estas falsas democracias. Así es como este 2 de octubre las masas citadinas le negaron a Colombia la posibilidad de cerrar un capítulo larguísimo de guerra y sangre, movidas por la propaganda y las mentiras que la élite rentista y mafiosa de este país repitieron sin pudor y sin tregua en los medios masivos para salvaguardar su propia impunidad y evitar una apertura hacia la democracia que pusiera en cuestión sus privilegios.

En contraposición, una verdadera democracia, en vez del interés general busca garantizar el acceso de todos a los bienes comunes y construir los escenarios comunitarios para gestionarlos, administrarlos y multiplicarlos colectivamente, no en función de la acumulación sino de la felicidad humana, de la vida buena, que solo es accesible al individuo cuando la teje solidariamente con sus congéneres y demás especies en un territorio determinado. La felicidad o el buen vivir no es un asunto que dependa solo ni primordialmente de los bienes materiales, pero mientras estos se concentren en pocas manos que los derrochen a sus anchas, la felicidad será una quimera para la mayoría, una aspiración vacía e irrealizable.

La democracia tiene que ver con el derecho de las comunidades a decidir, como comunidad, de qué manera quieren vivir en sus territorios y cómo deben administrar los recursos que la naturaleza prodiga. Pero este derecho no lo garantiza un Estado capitalista, que justo se ha establecido para decidir cómo poner toda la riqueza natural y social en manos de los grandes capitalistas y con ello organizan arbitrariamente los territorios y la vida de las comunidades que lo habitan. Por ello el gobierno colombiano se ha ufanado al declarar como asunto de interés general la minería, para despojar a las comunidades rurales de sus territorios y entregárselos a las multinacionales mineras.

Por lo demás, la construcción de una verdadera democracia enraizada en la solidaridad requiere de una formación de un sujeto crítico, capaz de enfrentar con criterios la información y la propaganda con que lo asedian los medios masivos de comunicación, capaz de debatir sus ideas con la comunidad y escuchar las de otros y otras igualmente formados, en función de la vida colectiva y el desarrollo de la individualidad dentro de esta colectividad. Ello quiere decir que dicha formación tendrá que hacer énfasis menos en los contenidos y más en la formación de un nuevo carácter social, donde el individuo tenga cada vez más disposición para la vida activa en comunidad, mayor capacidad de escuchar al otro por respeto y porque de sus ideas confrontadas surge la riqueza de la comunidad como un todo. Pero esta no es una formación que pueda pedírsele o encomendársele a un Estado capitalista, pues ya vimos que la ignorancia y la falta de autonomía individual son los baluartes sobre los que se funda y se sostiene.

Esta podría ser una tarea asumida por la comunidad misma desde sus propias organizaciones. Desde la educación popular experimentada en los barrios populares y territorios rurales se pueden transformar las prácticas educativas, profundamente antidemocráticas, de la educación institucional, basadas en relaciones de dominación originadas supuestamente en la posesión de un saber y el premio o el castigo con la nota y la certificación.

Sería esta una formación de sujeto para la vida y no para el trabajo, donde como principio se reconoce la igualdad de los participantes, cada uno con su propio acumulado, donde se lee críticamente la historia local desde la experiencia individual y colectiva, se buscan soluciones prácticas a los problemas de la comunidad y se intentan articular a propuestas para las comunidades del orbe entero. Pero, sobre todo, será una formación que busca desarrollar y descubrir nuevos valores que nos ayuden a fortalecer la vida comunitaria y a decidir colectivamente otros fines para la vida, distintos a la acumulación de capital y al consumismo. Estos valores se ponen en práctica justo en el trabajo colectivo y comunitario.

También la comunicación popular puede aportar bastante en esta tarea de formación, en tanto les devuelve a las comunidades su propia voz y construye un escenario para que estas se reconozcan como sujetos, como protagonistas de su propia historia. No es solo que la comunicación popular haga contrainformación en una confrontación abierta con los medios masivos; es que en los escenarios abiertos y los instrumentos dispuestos por los procesos de comunicación popular, las comunidades y los individuos pueden construir su propia versión de la historia, aquella que han vivido cotidianamente pero ha sido desconocida sistemáticamente por las instituciones vigentes. Y a través de este reconocimiento las comunidades pueden también avanzar en la construcción de proyectos colectivos que no desconozcan la diversidad que en ellas habita, sino que la estimulen y propicien espacios para desarrollarla, siempre en función del bien común y la felicidad para todos.

Lo importante de la participación no es que podamos votar o se nos tome en cuenta para refrendar las decisiones que los poderosos ya han tomado previamente. Se trata más bien de una participación activa en la construcción de nuestro destino colectivo, que se gesta primeramente en los escenarios comunitarios. Por eso la democracia no es un regalo de los gobernantes. Se construye desde abajo y crece firme como un roble, o como una ceiba que extiende sus ramas para alimentarse de la experiencia internacionalista, o como un guayacán que florece y tapiza de flores y semillas todo el suelo a su alrededor.

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