Editorial No 14: Contra la estupidez (opinión) pública

editorial(Número 14 / Diciembre 2016)

Este año se hizo evidente lo que hace rato ya era realidad: la farándula y el espectáculo comandan hoy el mundo en función del enmascaramiento de la realidad y la preservación de un poder mundial económico y político caracterizado por el despotismo y el cinismo. Esto nos recuerda el estado de las masas europeas en el periodo de entreguerras, cuando ascendió el fascismo con el apoyo de las masas, manipuladas pasionalmente desde la propaganda descarada. No podemos desconocer, sin embargo, que esto es resultado de una estrategia planificada por el gran capital, a través de las instituciones educativas y los medios masivos de información, para construir una masa desorganizada y atomizada de consumidores y productores, sumisa a los dictámenes del poder.

Lo que pasó recientemente en Colombia con el plebiscito para refrendar los acuerdos de paz, y en Estados Unidos con la elección de Trump debería convocar la reflexión sobre el estado de conciencia de las masas. Dos figuras (Trump y Uribe) caracterizadas por su vulgaridad, atrabiliarias y cínicas, parecen obtener el favor de la masa, lo cual sería imposible sin la configuración del mundo a la medida del capital, donde lo que no puede valorarse como mercancía pierde toda dignidad. Hasta el espíritu mismo ha sido convertido en mercancía a través del sistema educativo y la industria cultural.

Todo esto nos lleva a considerar de nuevo la educación ética y política de las masas, en función del mejoramiento de la vida individual y colectiva. En territorios latinoamericanos justamente germinó una concepción y una práctica educativa en función de la liberación de los pueblos. Se trata de la educación popular, nacida de las necesidades y las potencialidades de las comunidades e inmersa en sus propias prácticas cotidianas.

La educación popular vivió su momento de gloria en América Latina en los años 60 y 70 del siglo pasado y algunos momentos luminosos todavía en la década de los ochenta. Y no es casualidad que esto haya coincidido con uno de los periodos de auge revolucionario en Nuestra América y un fortalecimiento sin precedentes de los procesos organizativos. La educación popular fue el resultado y a la vez el motor de esta dinámica.

En Colombia la educación popular fue impulsada por las comunidades eclesiales de base bajo los principios de la teología de la liberación y alimentó procesos como los de la ANUC, A Luchar, el movimiento indígena del Cauca y diversos procesos barriales y comunitarios que convirtieron al pueblo en protagonista de su liberación.

Pero la derecha reaccionó a su manera. Primero con los ejércitos paramilitares que desarticularon a plomo los procesos organizativos de las comunidades, después a través de reformas económicas y sociales que condenaron a los sectores populares a la mera lucha por la subsistencia en condiciones cada vez más precarias. Poco a poco, la educación popular se convirtió en una añoranza, apropiada incluso por la institucionalidad como educación ciudadana.

No obstante, en la educación popular siguen estando las claves de la liberación del pueblo y los individuos, la recuperación de su conciencia crítica y de su posicionamiento como sujeto político. En ella está la clave para cambiar la correlación de fuerzas por la que hoy el capital en su prepotencia desprecia la vida y la humanidad. Para ello urge recuperar sus principios más proclives a la emancipación y descolonización del pensamiento, de los cuerpos y los territorios.

La educación popular no dispone para conquistar la libertad; es ella misma práctica liberadora: transforma los escenarios y las relaciones de poder que naturalizan la dominación en los sistemas educativos tradicionales. Parte del principio de que todos somos sujetos de experiencia y aprehendemos el mundo de diversas maneras según nuestra propia historia. Así, reconoce que nadie lo sabe todo ni existe alguien que no sepa nada. Por eso se entiende como una práctica de intercambio de saberes y experiencias.

Además, la educación popular saca la formación de las aulas de clase y la inserta en los espacios propios de la comunidad: la huerta, las reuniones comunitarias, la cocina, las fiestas tradicionales, las movilizaciones populares. De esta manera se hace transversal a la vida comunitaria; atraviesa todos sus espacios y experiencias y vincula a toda la comunidad sin distingos de raza, género, edad, preferencia sexual, etc. Y lo más importante, en tanto práctica liberadora y de resistencia tiene una vocación política y de clase, su intención es erigir en sujeto al individuo y a la comunidad, romper la dinámica de atomización para que los individuos organizados puedan identificar los mecanismos de opresión y hacerles frente mediante la movilización y construcción colectivas.

Esto es compatible con la idea de que todo conocimiento real parte de la experiencia y sin ella ningún diálogo tiene sentido. En los sectores populares esta experiencia es esencialmente de opresión y resistencia. Asume la relación dialéctica entre el ser y el hacer, aprender y enseñar; de hecho, ningún facilitador que no esté abierto a la historia del otro, que no reconozca su saber y no se disponga a aprender de él puede ser un educador popular.

La misma idea de educador popular es ajena a este proceso y debe abandonarse poco a poco, pues nadie educa a nadie sino que todos aprendemos juntos, en un proceso de descubrimiento del mundo y autodescubrimiento que surge en el momento mismo de pensar y transformar nuestro contexto vital y a nosotros mismos.

La idea es que las comunidades organizadas proponen objetivos para su proceso formativo, según las problemáticas que enfrentan y los procesos en que están inmersas. Esto modifica también la idea de evaluación, que se subordina a los mismos procesos en función de las transformaciones prácticas, individuales y colectivas. La perspectiva es la transformación del mundo en un proceso dialéctico que construye nuevas subjetividades individuales y colectivas. Esa es la apuesta que nos queremos jugar con El Colectivo, a la cual invitamos a todos y todas las que se atreven a viajar al país de la utopía. La idea es revertir el proceso de empobrecimiento moral que nos ha impuesto el capital y sus agentes, y erigirnos en sujetos capaces de construir un mundo a la medida de nuestros sueños, alimentados por el deseo apremiante de humanidad que nos mueve.

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