Editorial No 31: Contra el mesianismo, la autonomía y autocrítica

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“Sin Título” / GLEO

Cuando se nos vuelve natural seguir al ganador o al poderoso, aun en contra de nuestros intereses reales, es señal de que algo anda definitivamente mal con nosotros: en lo más profundo nos sabemos impotentes, sin criterio, sin razones, sin propósitos. Lo mismo puede decirse, paradójicamente, de aquellos que necesitan sentirse seguidos, venerados, obedecidos. Su seguridad supuesta, su sabiduría y su grandeza no les pertenecen, son apenas una sombra fantasmal proyectada en el extravío de las multitudes sin alma. Por eso, tiene que estar muy mal una sociedad cuyo futuro se sustenta en unos cuantos mesías, que aparecen de tanto en tanto como emanaciones de la propia impotencia colectiva, que busca por doquier a su redentor y lo encuentra en cualquier diletante rabioso o predicador de armonías perfectas.

En esta realidad que hoy se impone en todo el orbe encontramos quizá la primera tarea revolucionaria que deberíamos emprender si asumimos la revolución como el proceso mediante el cual la humanidad se eleva por encima de sus circunstancias. Y es que de poco pueden servir los más nobles proyectos sociales, los mejores planes económicos, las instituciones más perfectas si los individuos, las comunidades y los pueblos no los encarnan y se comprometen con su existencia y mejoramiento permanente. Y no pueden encarnarlos y comprometerse con ellos si no responden a sus necesidades; pero tampoco pueden responder a sus necesidades si no han surgido de sus propias dinámicas, de sus propias luchas, de sus propias experiencias. Nadie puede, aunque quiera, construir un mundo mejor para los demás, y nadie merece un mundo mejor si no está dispuesto a luchar por él. En últimas, nadie puede ser mesías más que de sí mismo, y en ese sentido solo las comunidades organizadas como colectivo pueden cambiar su destino y erigirse como protagonistas conscientes de su historia.

Para que esto ocurra es necesario romper la dinámica de las multitudes que esperan un mesías y de los mesías que buscan un rebaño para apacentar. Una tarea que todos podemos promover en cada espacio es la de estimular el pensamiento y el criterio propios, propósito que tiene mayor efectividad si se hace desde la infancia, con una educación no autoritaria, pero sin ausencia total de autoridad; se trata más bien de propiciar la dialéctica entre la libertad que cada individuo debe conquistar y la conciencia de que no todo está permitido. Eso implica tratar al niño como un igual que, sin embargo, debe reconocer en los más maduros la experiencia que los capacita para guiarlo, a la vez que desarrolla su propia capacidad de análisis que le permita incluso cuestionar con criterio su autoridad.

No existe un único medio para desarrollar este propósito y está en nuestro poder experimentar, inventar, crear nuevos métodos y mecanismos para impulsar en cada individuo la autonomía, la capacidad (y sobre todo el deseo) de pensar por sí mismo, de comprender con sus propios medios (no solo los de la razón, sino también los del sentimiento y las emociones) el entorno en que vivimos y las posibilidades de transformarlo, y, antes que nada, para estimular la creatividad en función un mundo mejor, más humano, incluyente y diverso.

Por supuesto, no es esto lo que promueve la educación tradicional hoy, ni en la casa ni en la guardería ni en el colegio ni en las instituciones de formación profesional. Aunque pudiéramos hablar de la burguesía ilustrada, pues dicha ilustración solo se proyecta para una clase determinada y, por eso, es incompleta y dañina. Pues, al parecer, el individuo ilustrado se ha formado para dominar o legitimar la dominación, así lo haga con mucho tacto. El criterio propio y la capacidad de razonamiento y la creatividad aquí se ponen en función de la manipulación. A pesar de que hoy las familias burguesas y de clase media recurren cada vez más a la estimulación temprana que despierta la sensibilidad y las habilidades de los infantes incluso desde el vientre, la exaltación de una libertad sin cortapisas, que les corresponde supuestamente por su posición de clase, termina formando un carácter caprichoso y autoritario que tiende por distintos medios a imponerse sobre las mayorías.

Desde luego, la libertad de los individuos y las comunidades exige un mínimo de condiciones materiales para que nadie quiera comprar a otro y nadie tenga venderse. Pero exige también ponderar en su justa proporción el lugar que dichas condiciones juegan en el bienestar total, pues la experiencia nos muestra que los más deseosos de comprar las conciencias y la voluntad de otros y, al mismo tiempo, de venderse a sí mismos no son los más pobres sino aquellos que nunca se sienten suficientemente ricos.

Por eso, lo que no se puede perder de vista es el propósito de lograr que el individuo se valga por sus propios medios, materiales y espirituales, y ponga sus mayores esfuerzos en superarse a sí mismo, en ser cada vez mejor persona, mejor amigo, mejor esposo u esposa, mejor maestro, etc., en proponerse fines y metas que lo acerquen cada vez más a la realización de la humanidad que encarna como potencia.

Esto, desde luego, no lo alcanza un individuo aislado. De lo que se trata, de hecho, es de construir un mundo mejor, una mejor sociedad, una vida comunitaria más rica y propicia para nuestros sueños. Pero la sociedad está constituida de individuos y solo es una gran sociedad cuando está integrada por grandes individuos; el mejoramiento de toda sociedad tiene como propósito el mejoramiento de las condiciones materiales y espirituales de los individuos. Se trata, entonces, de desarrollar no solo la capacidad de razonar, de construir y defender muy buenos argumentos, sino, sobre todo, de desarrollar la capacidad de escuchar con el corazón, y no solo a los demás seres humanos sino al universo entero, que en cada pequeño detalle tiene tanto que enseñarnos y a la vez nos ofrece todas las posibilidades, modelos y ejemplos para construir verdaderos vínculos de solidaridad, para movernos como individuos conscientes y autónomos en medio de una totalidad que nos rebasa pero no nos somete.

Nuestra capacidad de juicio, de análisis y de reflexión, nuestra disposición a la crítica y a la autocrítica, pilares indispensables para construir y merecer un mundo mejor, no legitiman ni la soberbia ni la prepotencia que hasta ahora nos ha caracterizado; al contrario, la conciencia que promueven debería hacernos cada vez más humildes, para confrontar desde esta humildad consciente todas las formas de servidumbre y toda esperanza mesiánica.

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“Soledad Girl”/Stinkfish

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