Érase una vez en el Viejo Suroeste

erase una vez el viejo suroeste
Ilustración: Iguana. Tv

Por Andrés Álvarez

No recuerdo el nombre de aquel andariego con el que me topé, a principios de diciembre pasado, en la última banca del Rápido Ochoa rumbo a Bolombolo. Saltó a mi mente luego de ver un reportaje de Séptimo Día en el que se pretendía mostrar el drama de los recolectores de café itinerantes, o andariegos como orgullosamente les gusta que les llamen. Su drama, en palabras de la periodista, era la terrible adicción al bazuco y su círculo infernal de trabajar en los cafetales para pagar el vicio que les daba la fuerza para trabajar por la plata para el vicio.

El andariego me contó su vertiginosa historia, pero lo que me llamó fuertemente la atención fue la explicación que me dio de la sencilla trama especulativa del microtráfico, que hace de esta actividad un lucrativo negocio y un muy apetecible botín. Un bareto en Medellín, decía el andariego mientras sacaba de su billetera un cigarro de marihuana envuelto en papel aluminio, como si se tratara de la dosis de un astronauta, me sale en tres mil pesos, pero si lo compro en Ciudad Bolívar, Andes o Jardín, me sale en diez mil. Más del 300% por encima, una cifra astronómica para cualquier terrícola, sea el recolector de café o el dueño de la finca.

Después de tan breve pero contundente explicación del recolector viajero, logré entender la persistencia de los retenes policiales abajó de Camilo C., en la vía de Medellín a Bolombolo. En dos ocasiones fui requisado mientras hacía el recorrido en moto hacia Jardín. En una de ellas le pregunté a uno de los agentes por qué tanta constancia y persistencia en la actividad raqueteril, a lo cual me respondió que estaba pasando mucha maracachafa menudiada, pero en copiosos envíos.

En lo que va del presente año, en Jardín he escuchado de varios asesinatos de manera violenta que, según los comentarios de los pobladores, se asocian con el reacomodo de las plazas de vicio. Todos coinciden en que el Clan del Golfo entró para posicionar su dominio en el municipio y los móviles y circunstancias de los asesinatos obedecen, según los pobladores, a esta circunstancia. Una de las historias que escuché de varios conocidos cuenta que el capo de Jardín fue asesinado después de ser por muchos años el encargado del manejo de la “plaza”. Literalmente, el personaje se mantenía en la plaza, el parque principal de Jardín, sentado apaciblemente, tomando tinto; incluso gozaba de una buena reputación, recordado por sus vecinos como un tipo amable y hasta bonachón.

Otra historia, que logré recoger de manera fragmentada en los comentarios del día posterior al asesinato de este “capo”, habla de un joven de unos 21 años de edad que trabajaba en una barbería del municipio. Por ser la noticia del día, era fácil recaer en el tema y recoger nuevos datos sobre el desafortunado suceso: el joven barbero retornó a Jardín huyendo de un pasado un tanto turbio en Medellín, y, aparte de su actividad de barbero, parece que se dedicaba a vender marihuana por su cuenta.

El 17 de marzo del presente año una amiga del municipio me compartió por wasap un panfleto que circuló en físico y por redes sociales, cuyo título en mayúsculas era: Llegó la hora de la limpieza social. Estaba dirigido a los vendedores de droga, basuqueros, marihuaneros, jaladores de carros, prostitutas y violadores.

En un lenguaje soez e intimidante, se imponía un toque de queda a partir de las 10 de la noche. Los autores pedían perdón por los inocentes que pudieran caer, al tiempo que justificaban sus “medidas” por el crecimiento del negocio de la venta de droga, el cual irían acabando poco a poco. El edicto intimidatorio no llevaba ninguna firma y no se lo atribuyó ninguna organización criminal, pero su aparición coincidió con la serie de asesinatos acaecidos.

Como tratándose de una película del Viejo Oeste, en este caso el Suroeste antioqueño, la ley del revólver ha sido la forma de imponer el orden del monopolio criminal sobre un negocio tan lucrativo como el menudeo de drogas en un pueblo que, como Jardín, representa un gran mercado por ser un destino privilegiado del turismo nacional. La palabra microtráfico, como generalmente se le denomina a este lucrativo negocio, resulta un eufemismo, pues denota algo insignificante y fácil de identificar en la medida en que el infractor se puede “individualizar”, judicializar (o criminalizar) personalizadamente y controlar de forma constante, pero sin una solución real del problema.

La dinámica del monopolio que se evidencia en el negocio de las drogas en Jardín muestra cómo se pretende eliminar cualquier asomo de competencia bajo una campaña moralizadora que recurre a otro eufemismo como el de la “limpieza social”. No resulta extraño que sean los mismos monopolizadores quienes lancen la campaña para tener la excusa de eliminar la competencia de la iniciativa individual de arriesgados emprendedores de la venta al detal de drogas.

De otro lado, la fuerza pública, en su accionar dirigido contra el mencionado tráfico de estupefacientes al detal, se limita a sus intermitentes requisas y así contribuye a valorizar la cotización de la dosis mínima. Su mínima intervención, o por decirlo de una forma más técnica, su microintervención de las macroestructuras, llámese La Oficina o el Clan del Gofo, contribuye a que el monopolio de la venta de droga al menudeo se consolide cada vez más en la provincia. Así, la problemática de violencia de las ciudades por cuenta de la delincuencia organizada, empieza a ser una situación con la que los habitantes de los municipios deben tratar temerosos e inseguros, como ocurría a los habitantes de los pueblos de películas de vaqueros, que se acostumbraban a los forajidos adueñados de las calles, quienes imponían sus armas en las narices del sheriff permisivo.

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