Editorial No 34: Contra el desarrollismo

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“Sin Título”/Julie Dow

A finales de la primera mitad del siglo pasado, Lebow, un asesor del gobierno de los Estados Unidos, hacía una propuesta para mantener los niveles de productividad y acumulación de la economía de ese país. Según él, dicho propósito demandaba “que hagamos del consumo nuestro modo de vida, que la compra y uso de bienes se conviertan en rito, que busquemos nuestra satisfacción espiritual y del ego en el consumo. Necesitamos que las cosas se consuman, se quemen, se reemplacen y se desechen con una velocidad siempre mayor”. Por muy irracional que pareciera esta idea, encantó al gobierno y a los empresarios porque les hablaba en sus mismos términos y bajo su misma racionalidad, pero sin tapujos.

Lo que hacía en este caso Lebow era darle continuidad al discurso de posesión del presidente Harry Truman en 1949, en el que definía la forma de vida de su país como el modelo de una sociedad desarrollada, como ideal a alcanzar. Acababa de salir de la segunda guerra mundial, con su aparato productivo intacto y con la necesidad de canalizar las fuerzas de esa productividad hacia la acumulación de capital.

Desde ese momento, el nuestro, como casi todos los países de América Latina y del mundo, es un país subdesarrollado o, dicho en términos positivos, uno en vías de desarrollo, que debía seguir el modelo norteamericano. Desarrollo era, a la luz de este discurso, producir muchos bienes, aunque fueran fútiles, innecesarios o hasta dañinos, que pudieran convertirse en dinero para los empresarios y por tanto en capital. Es eso lo que hemos venido persiguiendo desde entonces, aunque siempre a la saga, al servicio del interés de las potencias supuestamente desarrolladas. Y se hace evidente hoy con los tratados de libre comercio y, sobre todo, con el regreso ciego a una económica extractivista que responde, sobre todo, a las necesidades de materias primas en los países industrializados.

Este, además, fue solo un paso más en el camino que nos impusieron los poderosos europeos hace más de quinientos años, tras la invasión que ellos llamaron descubrimiento y conquista. Al llegar a estos territorios y enfrentarse con culturas desconocidas y formas de vida que los desconcertaron, los del viejo continente resolvieron que la suya era una vida civilizada comparada con la de los nativos que era una vida bárbara. Igual hicieron con los negros que trajeron de África a quienes esclavizaron, primero con el argumento de que no eran seres humanos, después que no tenían alma y, finalmente, que eran bárbaros como los nativos americanos. Entonces se arrogaron la tarea de civilizar a los negros y a los indígenas, borrando a la fuerza toda su cultura e instalando en estos territorios lo que para el europeo era una vida civilizada.

Esa supuesta vida civilizada ha normalizado la barbarie en la vida cotidiana y ha producido verdaderas vergüenzas para la humanidad: empezando por el exterminio o exclavización de los pueblos aborígenes en América, la primera y segunda guerra mundiales, el holocausto nazi y las dos bombas atómicas lanzadas sobre dos ciudades inermes. Entre tanto, su avance hacia el progreso, hoy llamado desarrollo, que era su estandarte de superioridad, no se ve por ningún lado. Esto porque dicho progreso pretende agenciarse mediante una forma de producción que no respeta la vida humana ni a la naturaleza. El llamado de Lebow, acogido tan felizmente por los poderosos del mundo, al incentivar un consumo irracional ha conducido a una mayor explotación y humillación de los trabajadores, a su alienación casi completa en el consumo, al mismo tiempo que ha saqueado de forma inmisericorde la naturaleza. Ha llenado la tierra de basura, al convertirlo todo en desechable, incluso al mismo ser humano, en la medida en que todo debe servir solo al incremento del capital y esto exige, como decía Lebow, desechar, quemar, tirar lo que se produce. Producir para tirar.

Los antiguos pueblos americanos y africanos no eran perfectos, ni mucho menos, pero no estaban presos de esta fiebre de acumulación irracional que nos ha llevado a convertir al mismo hombre en instrumento de producción para producir una riqueza privada que se sostiene en la pobreza social y colectiva, pero sobre todo en una pobreza espiritual que parece no conocer límites. Si exploramos un poco, en la misma Europa en tiempos antiguos podemos encontrar pueblos cuyas energías vitales estaban puestas en la espiritualidad, a su manera, y en la producción colectiva y solidaria para la subsistencia. Eran pueblos más propensos a la vida sencilla, más respetuosos y atentos con la naturaleza, más dispuestos a escuchar el espíritu de sus antepasados, que era también el espíritu del pueblo que se enriquecía con cada generación. Ninguno de ellos se dejó seducir por un embeleco parecido al ideal de progreso o al desarrollo, su sencillez los protegía de tales eufemismos.

Así podemos comprobar que, si queremos vislumbrar alternativas a esta civilización que está en una crisis sin regreso y que se empeña en promover un desarrollo tan destructivo, solo necesitamos mirar hacia atrás. En las formas de vida, en las formas de producción, en las formas de relacionarse con la naturaleza, en las diversas maneras de practicar el arte popular destruidas por el capitalismo en su desarrollo encontramos impulsos poderosos que nos abren otros caminos. No se trata de copiar una u otra cultura; ninguna era perfecta y la copia siempre termina por ser acrítica e irracional; pero de cada una podemos explorar e implementar aquello que nos permita realizar la vida que soñamos, un mundo donde ningún proyecto tenga que erigirse aniquilando a los otros, donde la diversidad sea la posibilidad de enriquecer nuestras formas de vida, donde la felicidad sea posible para todos sin necesidad de homogeneizarla, un mundo donde la naturaleza cuenta por sí misma y no solo como reservorio de recursos para nuestras necesidades, en fin, un mundo orientado por valores como la solidaridad, el amor, la justicia, la libertad, la vida comunitaria, donde las energías humanas y naturales no se confronten ni se autodestruyan.

Pero nuestros dirigentes políticos han sido formados en esta civilización moribunda y son sus agentes. Por eso no debemos esperar de ellos un compromiso con otras alternativas. Habrá que reconstruir con mucha paciencia el tejido social que ellos han destruido, recuperar la confianza entre los seres humanos, entre las comunidades para asumir de manera experimental y práctica, desde abajo y con pocos recursos materiales, pero con mucho ingenio, la construcción de ese nuevo mundo. Resistiendo cuando haya que resistir, luchando cuando haya que luchar.

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“América Morena”/Miguel Hachen

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